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columna

Equipo respeto

Un estadio casi al completo cantando a pleno pulmón cánticos racistas en un partido de la selección provoca casi tanta tristeza como repelús

Las pantallas recuerdan que la legislación prohíbe comportamientos racistas durante el partido España-Egipto celebrado el pasado 31 de marzo en Cornellá de Llobregat. Albert Gea (REUTERS)

Entrábamos en esta Semana Santa, soleada, corta en noticias y llena de las efímeras imágenes habituales, con una escena bochornosa. Un estadio casi al completo cantando a pleno pulmón cánticos racistas en un partido de la selección provoca casi tanta tristeza como repelús. ¡Y eso que era amistoso! Cierto es que lo que empezó siendo casi general, acabó limitado a un grupo a medida que las pantallas recordaban que la legislación prohíbe y sanciona los comportamientos racistas. Incluso en un momento de testosterónica comunión colectiva en los que uno se deja llevar por la euforia general, la racionalidad o el miedo aparecen para enfriar las cabezas e imponer el espíritu práctico. Que una cosa es hacer la gracia grosera y otra arriesgarse a multas y sanciones que sacudan los bolsillos y te impidan volver a un estadio. Eso queda para los cafres totales y los profesionales de la provocación, a los que una dosis de martirio nunca viene mal para su épica de chichinabo. Que entre los cánticos racistas asomaran algunos “me gusta la fruta” dedicados a Sánchez sirve para ver que la mala educación y el racismo suelen venir de la mano y del mismo lado.

Mención aparte merece el cartelito hecho por IA compartido por Revuelta, organización juvenil de Vox, en redes. Un Pelayo guaperas espada en mano y una leyenda: “Si don Pelayo hubiera estado vivo, habría botado en el estadio. Y si nosotros hubiéramos vivido entonces, habríamos combatido con él”. Si no fuera por su racismo y por las acusaciones de recaudar fondos para la dana y quedárselos, su grandilocuencia de pacotilla hasta resultaría tierna.

Ante situaciones así, se agradece la contundencia del seleccionador, Luis de la Fuente, y su “total y absoluta repulsa a cualquier actitud racista, xenófoba y de falta de respeto” y a estos cánticos “intolerables”. También su recordatorio de que “el fútbol no es violento”, sino un espacio del que se aprovechan los violentos.

Como futbolera y celtista, mi corazoncito no puede evitar contraponer a esta vergüenza uno de los episodios más bonitos del deporte de los últimos meses. La afición del Celta en pleno, hombres y mujeres, mayores y peques, acudiendo a Balaídos con las uñas pintadas, secundando la llamada de la directiva para apoyar a Borja Iglesias después de una nueva racha de ataques homófobos, de las que los intolerantes le suelen dedicar. “El respeto no se negocia. El odio no tiene cabida en el fútbol”.

Porque en el fútbol, como en la vida, también se puede escoger equipo.

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