Rivalidad cachonda (o el misterio de ‘Más que rivales’)
Cuántos hombres nunca sabrán por qué solo lloran viendo su deporte favorito

Scotty Bowers, granjero antes que paracaidista, combatió en Iwo Jima siendo apenas un adolescente. Cuando acabó la II Guerra Mundial, abandonado a su suerte como tantos veteranos, se mudó a California para ganarse la vida como gigoló en Hollywood. Antes de morir, dio muchas entrevistas por su participación en un libro picantón sobre la evidente carga homoerótica de los álbumes de fotos de los soldados de aquella época. Bowers me explicó que el ejército de Estados Unidos siempre ha sabido que el apego entre hombres es una energía muy poderosa. Por eso manda a sus marines a luchar en parejas, porque sabe que, una vez te encariñes con tu compañero, harás lo imposible por salvarle y viceversa. Cuando le pregunté qué había sido de su buddy de Iwo Jima, se echó a llorar.
Aquel indiscutible patriota siempre negó ser homosexual. Sabía que sus vecinos le iban a mirar mucho peor si contaba que le gustaban los penes que si explicaba con detalle cómo había matado a decenas de chavales de su misma edad en una isla japonesa. Y, aun así, se atrevía a decir que después de haberse arrastrado durante meses por el barro bajo las bombas sin saber si la próxima onda expansiva se lo llevaría por delante, arrodillarse con fines eróticos frente a otro hombre no le parecía tan terrible. Su camarote, eso sí, estaba forrado de fotos de señoritas.
Nadie tiene derecho a juzgar las imágenes que nos hacen soñar. ¿Cuál es la orientación sexual de los cientos de miles de mujeres que en las últimas semanas, mientras las noticias ya hablaban de bombardeos, han vibrado con la serie Más que rivales (en inglés Heated rivalry), la historia de dos jugadores de hockey que, a pesar de ser contrincantes y muy machos, se enamoran con ternura, pero se frotan como dos titanes griegos? Cuántos hombres nunca sabrán por qué solo lloran viendo ganar a su jugador favorito. Cuántas mujeres jamás comprenderán por qué sigue teniendo mucho más prestigio la guerra que el amor.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.





























































