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Columna

Irán, EE UU, España

La guerra en Oriente Próximo es muy compleja y exige más que símbolos, simulacros y peroratas

Pedro Sánchez anuncia la posición del Gobierno de España sobre el ataque a Irán en una declaración sin preguntas en La Moncloa, el miércoles por la mañana.Borja Puig de la Bellacasa (EFE)

Uno. En Sin conexión en Teherán, un testimonio de la brutal represión en Irán durante las protestas de enero publicado en Letras Libres, la autora muestra su asombro cuando personas muy distintas preguntan “cuándo viene Trumpy”. Eso no va acompañado de simpatía por Trump ni por Estados Unidos, sino por el rechazo a un régimen tiránico y la desesperanza porque parece que nada puede desalojarlo. Sorprende ver, allí y en otras regiones, una especie de aceptación: el orden liberal no funcionaba o era solo una pantalla para camuflar intereses y edulcorar la ley del más fuerte; si impera el planteamiento abierto de la ley del más fuerte, hay que aprovecharlo cuando perjudica a mi adversario. En realidad, piensan algunos, el mundo había cambiado hace tiempo, y, nos guste o no, debemos reconocerlo. Por supuesto, el realismo es una de las máscaras del autoengaño. Otra es asumir que el mundo que hemos conocido es el estado natural de las cosas y que el cambio solo es un incómodo paréntesis.

Dos. “Estados Unidos posee una capacidad extraordinaria para destruir desde el aire un poder estatal centralizado, pero no tiene capacidad para gestionar lo que viene después”, ha escrito Stephen Holmes. Ni las armas de precisión ni los mapas por satélite ni la IA (las intervenciones sirven de ensayo y anuncio) son efectivos contra los vacíos de poder: unos vacíos peligrosísimos. Cuando Trump dice que solucionará las cosas rápidamente, habla más de su capacidad de atención que de otra cosa, sostiene Holmes. La seriedad del asunto se intuye cuando le preguntan a Trump por posibles líderes y el presidente responde que habían pensado en algunos pero los mataron, y quizá hayan matado a otros también, quién sabe. El objetivo para Israel, cuya existencia amenaza el régimen iraní, es claro; también los motivos de otros vecinos. Para Estados Unidos el motivo es que el adversario estaba débil; el objetivo no se enuncia claramente, quizá para no reconocer un fracaso. Puede que su mejor escenario, escribe Martin Wolf, sea puro cinismo: un liderazgo surgido del régimen que no amenace a los vecinos y ofrezca acceso al petróleo.

Tres. En España no hay política exterior: todo es interior. Todo son símbolos, simulacros y peroratas cuya sutileza hace que un discurso de agradecimiento en los Goya parezca escrito por Kissinger, pero tienen consecuencias prácticas. El presidente del Gobierno debería haber hablado con el líder de la oposición, debería aceptar las preguntas de los periodistas y, como estamos en una democracia parlamentaria, debería haber explicado su postura en el Congreso.

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