Las cosas de Fernando Esteso
Daba pena verlo en los últimos tiempos, exhibido en los platós como quien exhibe al ‘Homo antecessor’ y dejándose querer, aunque fuera a hostias


Recuerdo como si fuera ayer mismo la primera vez que escuché La Ramona, de Fernando Esteso, el verano de 1976, en la playa de El Postiguet de Alicante. A mis 10 añitos, era ya una niña lo suficientemente vieja e insufrible como para estar de morros con el mundo cuando mis padres nos metían a sus cuatro criaturas en el Renault 12 amarillo pollo y ponían rumbo a cualquier sitio fuera de casa para que los pequeños dejaran de subirse por las paredes y la mayor, o sea, servidora, levantara un rato los ojos de los tebeos que le iban a comer la vista. Total, que allí estábamos todos, en horror y compañía, cuando empezó a sonar tamaña oda al amor amor romántico —“La Ramona es pechugona, tié dos cántaros por pechos. Ramona, te quiero”— y, simultáneamente, a brotarme ronchas purulentas por todo el cuerpo. La odié instantáneamente. Por grosera, vulgar y machista, sin saber aún lo que eran la grosería, la vulgaridad ni el machismo, sí. Pero, sobre todo, porque les gustó a los mayores. Y quizá por eso, porque les chiflaban a mis viejos, me horrorizarían luego las películas de Esteso, solo o en compañía de Andrés Pajares, en las que no se sabía dónde acababa el sátiro y dónde empezaba la sátira ni viceversa. Qué estrecha era.
Tuvieron que pasar décadas y bajárseme los humos a fuerza de incendios íntimos para que me permitiera liberarme del cómodo abrigo de los prejuicios y apreciar que, bajo de toda esa caspa, había un cómico de raza y un hombre dolido que no se resignaba a la irrelevancia a la que se lo condenó cuando llegó la modernidad y lo apartó inmisericordemente del foco.
Daba pena verlo los últimos años, ahogadito vivo por la bronquitis mal curada que se lo iba a llevar por delante, bienintencionadamente exhibido en los platós como quien exhibe al Homo antecessor, y a él dejándose querer, aunque fuera a hostias. Un hombre amable a la manera antigua, piropeador de señoras y compadreador de caballeros, carne de meme con su metro y medio de altura y sus otras tantas arrobas de panza, sometido a juicio sumarísimo por un jurado de sabiondos que le perdonaban la vida por un pasado que no entendían como él, quizá, no entendía el presente. Da igual. Dentro de medio siglo, cuando todos estemos calvos y nadie recuerde a los niñatos de cuarenta y tantos que le dieron lecciones de humor moderno, quedarán sus películas como retrato de una época y de un país que existió, aunque algunos no se acuerden o no quieran acordarse. Gloria a Fernando Esteso, el padre de La Ramona. Hizo reír a multitudes y no hizo mal a nadie.
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