Quijotismo
Las cosas han cambiado mucho en el argumento de la novela que vivimos; ahora son los encantadores quienes actúan como locos

Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible, se dijo Don Quijote al contemplar el fracaso de sus ilusiones. Los impulsos a la hora de desfacer entuertos solían jugarle malas pasadas. Estaba condenado a enredarse con sus locuras y sus entuertos. Los nobles ideales de la justicia y el afán por defender a los débiles ante los malandrines quedaban escondidos bajo los molinos de viento. Eran los excesos disparatados del caballero de lanza en ristre, adarga antigua y rocín flaco. Las cosas han cambiado mucho en el argumento de la novela que vivimos. Ahora son los encantadores quienes actúan como locos, mientras el quijotismo se encarna en el sentido común y en la gente que va de su corazón a sus asuntos sin molestar a nadie. Hay que ser quijotes para reafirmarse en la defensa de los derechos, la libertad, la igualdad y la fraternidad, aspiraciones muy mediocres en este vendaval de amenazas que anima los foros nacionales e internacionales. Quijotes, pero de un heroísmo poco ruidoso, porque las furias están con los que han renunciado a cualquier ideal que no sea el arrebato de su propio individualismo. Y no basta con la sensatez de Sancho; hay que ser verdaderos quijotes para seguir manteniendo el respeto a una convivencia democrática.
El quijotismo llegó a sentirse en la cultura del siglo XX como una seña de identidad del patriotismo y la psicología española. Frente a toda apariencia, quizá sea posible seguir haciendo de España una tierra de quijotes. Ya no se trata de armar escándalos en nombre de las leyes de caballería. Para enfrentarse a los balidos de las ovejas, basta con el sosiego de defender los valores que han fundado la Modernidad en nombre del progreso y del respeto humano. El quijotismo es ahora una simple voluntad de resistencia ante los que invaden las llanuras y cruzan los mares para proclamar nuevas formas de esclavitud.
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