Ir al contenido
_
_
_
_
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Llegar bien

Una de las primeras cosas que se aprende de la vejez es la impresionante terquedad

Un par de amigos míos trabajan como guías turísticos. Hace años, uno de ellos me mandó un mensaje para decirme que había una anciana en su excursión empeñada en que Orson Welles se había suicidado arrojándose al mar en A Lanzada, la playa que comparten Sanxenxo y O Grove. Mi amigo lidió con ella media tarde hasta que la señora pareció convencerse y se hundió en su sillón del autocar. Al cabo de una hora, cuando rompió a llover y se oscureció el cielo, la escuchó al fondo diciéndole a su compañera de asiento: “Con este tiempo no me extraña que Orson Welles se acabara suicidando”.

Una de las primeras cosas que se aprende de la vejez (ahora que nos aproximamos como trenes de mercancías no por ver quién llega antes sino por ver si llega alguno) es la impresionante terquedad: hay tan poco tiempo que a cuento de qué va Orson Welles a morir en otro sitio que no sea el que tienes delante. A otro amigo, este médico del pueblo, se lo tuvieron que recordar cuando estaba por la calle un domingo al amanecer: “Mire, el médico del pueblo puede salir, pero no puede ser el que más salga del pueblo”.

Hay que envejecer como Ana María Matute. A esta no se le hubiera muerto Orson Welles en A Lanzada. La última vez que vino a Galicia la entrevisté para Diario de Pontevedra. En mitad de una respuesta se puso a gritar sin venir a cuento: “¡Fuera la Ley del Tabaco! ¡Es una persecución! Los fumadores serán como leprosos, que en la Edad Media tenían que ir con campanilla por ahí para avisar”. A cierta edad es cuando se puede luchar mejor por causas estrictamente mortales. A la pregunta de si le darían el Premio Nobel respondió: “Los que me lo querían dar ya están todos muertos”.

Pocos resumen mejor el tránsito a la permeable vejez como el maduro Enrique Pastor en La que se avecina cuando la jovencita Judith le dice que no quiere jugar con sus sentimientos: “¡Juega, juega! Si yo ya no los quiero para nada”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Manuel Jabois
Es de Sanxenxo (Pontevedra) y aprendió el oficio de escribir en el periodismo local gracias a Diario de Pontevedra. Ha trabajado en El Mundo y Onda Cero. Colabora a diario en la Cadena Ser. Su última novela es 'Mirafiori' (2023). En EL PAÍS firma reportajes, crónicas, entrevistas y columnas.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_