Llegar bien
Una de las primeras cosas que se aprende de la vejez es la impresionante terquedad


Un par de amigos míos trabajan como guías turísticos. Hace años, uno de ellos me mandó un mensaje para decirme que había una anciana en su excursión empeñada en que Orson Welles se había suicidado arrojándose al mar en A Lanzada, la playa que comparten Sanxenxo y O Grove. Mi amigo lidió con ella media tarde hasta que la señora pareció convencerse y se hundió en su sillón del autocar. Al cabo de una hora, cuando rompió a llover y se oscureció el cielo, la escuchó al fondo diciéndole a su compañera de asiento: “Con este tiempo no me extraña que Orson Welles se acabara suicidando”.
Una de las primeras cosas que se aprende de la vejez (ahora que nos aproximamos como trenes de mercancías no por ver quién llega antes sino por ver si llega alguno) es la impresionante terquedad: hay tan poco tiempo que a cuento de qué va Orson Welles a morir en otro sitio que no sea el que tienes delante. A otro amigo, este médico del pueblo, se lo tuvieron que recordar cuando estaba por la calle un domingo al amanecer: “Mire, el médico del pueblo puede salir, pero no puede ser el que más salga del pueblo”.
Hay que envejecer como Ana María Matute. A esta no se le hubiera muerto Orson Welles en A Lanzada. La última vez que vino a Galicia la entrevisté para Diario de Pontevedra. En mitad de una respuesta se puso a gritar sin venir a cuento: “¡Fuera la Ley del Tabaco! ¡Es una persecución! Los fumadores serán como leprosos, que en la Edad Media tenían que ir con campanilla por ahí para avisar”. A cierta edad es cuando se puede luchar mejor por causas estrictamente mortales. A la pregunta de si le darían el Premio Nobel respondió: “Los que me lo querían dar ya están todos muertos”.
Pocos resumen mejor el tránsito a la permeable vejez como el maduro Enrique Pastor en La que se avecina cuando la jovencita Judith le dice que no quiere jugar con sus sentimientos: “¡Juega, juega! Si yo ya no los quiero para nada”.
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