¡A censurar, carajo!
Una vez llegados al poder, los que se envolvían en el falso lema de una mayor libertad no han tardado en revelarse como defensores de la represión


El grito de “Libertad, carajo”, se hizo popular en el ascenso neoconservador. Convenía para mejorar las expectativas electorales abrazarse a un aroma de contestación antisistema, que le quedaba grande a la izquierda puritana, y funcionó. Se trataba de una apropiación indebida, porque hasta ese momento libertad había sido una reclamación evidente contra el poder y los poderosos. Pero es asombroso ver que Trump ha logrado el éxito popular jugando a ser rebelde y millonario, guardián de la clase trabajadora y golfista cada fin de semana. La otra apropiación indebida era la de ese juramento, carajo, que con tanto tino utilizan los mexicanos, pero que suena siempre a impostado y falso si no sale de su boca. Pero ahí quedó. Lo previsible es que una vez llegados al poder, los que se envolvían en ese lema no han tardado demasiado en revelarse como verdaderos defensores de otra opción que les cuadra mucho mejor: ¡A censurar, carajo! La lista es larga y aumenta cada día.
Los últimos episodios han tenido que ver con la catarata de despidos tras el vil asesinato del influencer Charlie Kirk. Una víctima que ha sido utilizada, y aquí la maquinaria es tan antigua como la propia disputa política, para atacar a quienes no pensaban como él y discrepaban de su defensa de la venta indiscriminada de armamento y otras apuestas radicales de su discurso. Por desgracia, las víctimas se pueden contar entre los dos espectros ideológicos en un país en el que el odio y la crispación entre sus ciudadanos no hace más que aumentar sin que las organizaciones partidistas acierten a rebajar la amenaza. Incluso presentadores de televisión han perdido sus trabajos por la extorsión empresarial a sus cadenas dirigida desde las instituciones reguladoras, que son las que pueden dar y quitar licencias y, sobre todo, limitar fusiones y negocios comerciales. La presión sobre los periodistas ha aumentado y es triste ver cómo se vetan a los medios en las comparecencias informativas y se discrimina el acceso a la Casa Blanca o la Casa Rosada en función de las líneas editoriales, connaturales al periodismo. Anda maniobrando Trump para intentar demandar a The New York Times por otra cifra astronómica porque, según su escrito de acusación, lleva años criticándole a él y sus negocios.
Ha bastado también que una enorme parte de la sociedad occidental haya percibido, por fin, que Israel había quebrado todos los límites admisibles en su venganza contra los palestinos para que comiencen los procesos de censura descarados. Primero tildar las manifestaciones de kale borroka, luego ordenar retirar banderas, pancartas de apoyo, cerrar los canales de discusión en universidades y escuelas, amenazar a quienes osan pronunciarse en contra de un ataque desmesurado que asesina a diario a niños, mujeres, ancianos, médicos y cooperantes señalados como terroristas sin el menor escrúpulo. Tildar de antisemitismo lo que es una crítica pertinente al Gobierno de Netanyahu se suma a ese ejercicio grosero de censura. Si alguien creía ingenuamente que habían llegado los valientes libertarios conservadores a salvaguardar los derechos de opinión en redes sociales y proteger a la conversación pública del corsé ñoño de lo políticamente correcto, se ha debido llevar un chasco morrocotudo. Los que tenían un poco de experiencia vital ya supongo que sospechaban que tras ese lema de “Libertad, carajo” no podía esconderse nada bueno. Porque si algo caracteriza a la libertad es la moderación, el respeto a los demás y la repulsión ante el insulto, la descalificación y la agresividad.
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