Enésimo lamento
Combatir los incendios obligaba a unir esfuerzos entre los distintos poderes del Estado, pero se impuso la bronca partidista


Está terminando agosto y los incendios siguen vivos. Ha sido la tragedia del verano, cada día empezaba con la noticia de un nuevo foco, con los testimonios de dolor por los montes quemados, alguna vez por el terrible golpe de pérdidas humanas, y siempre con el grito de impotencia ante el poder devastador de unos fuegos caprichosos y feroces que devoran cuanto encuentran en su camino. Cada día, también, se supo de la persistencia y el valor de cuantos se han volcado en una lucha llena de sacrificios y que lo han dado todo y lo siguen dando por derrotar a un enemigo que tiene la facultad de resucitar cuando se lo consideraba ya vencido.
Con estos incendios de sexta generación, que actúan con una voracidad implacable, los sistemas de protección y de combate contra las llamas se ven desbordados y las tareas de extinción están en buena medida condenadas al fracaso. El cambio climático, las altas temperaturas, un campo cada vez más abandonado por unas gentes que van a buscarse la vida en otras partes, la falta de recursos económicos para prepararse ante cualquier imprevisto, el desinterés por establecer rutinas de cuidado de los bosques que atiendan al largo plazo: cada elemento que se toma en consideración ante esta catástrofe ambiental parece cargado de malos augurios, y lo que ha ocurrido es que las cosas en materia de prevención, o no se hicieron o se hicieron mal. De ahí ese lamento inconsolable por las más de 400.000 hectáreas quemadas, y la necesidad de esclarecer responsabilidades para poder prepararse mejor para la próxima.
Son de tal envergadura las amenazas de estas llamas devastadoras, que la urgencia y necesidad de combatirlas pasa por concertar esfuerzos y buscar sinergias entre todas las administraciones de un Estado complejo como el español. Unir esfuerzos, ese era el desafío, pero lo que ha habido ha sido sobre todo bronca. El asfixiante modelo político que viene imponiéndose desde hace tiempo en este país parece dictar que, ante cualquier crisis, lo importante es tomar posiciones cuanto antes frente al adversario para descalificarlo. Así que desde el minuto uno hubo gestos displicentes, acusaciones, chanzas, y así, poco a poco, hasta llegar al insulto chabacano y grotesco. Para los populares cualquier cosa que haga el Gobierno es un desastre inapelable, un paso más hacia el apocalipsis, y no hay manera de que rompan alguna vez esa cantinela machacona y que solo conduce a una especie de melancolía rabiosa e impotente. La izquierda, por su parte, ha desarrollado un olfato finísimo para detectar en cada gesto de la derecha el veneno de la ultraderecha. No hay, pues, manera de cruzar la línea y buscar acuerdos, aunque sean coyunturales. Lo que se impone es cavar trincheras.
Ahora los politólogos explican que la polarización es algo inherente a las dinámicas partidistas de una democracia, y que no hay que alarmarse. Así que habrá que archivar este enésimo lamento por no existir otra cosa que el ruido permanente y las peleas de gallos. Lo que podría llegar a producir tanta polarización es, sin embargo, una suerte de parálisis permanente, una lamentable ausencia de proyectos compartidos y ambiciosos, y que la política no sea más que salir del paso de cualquier manera, y punto. Es el estado que añoran y que procuran cultivar los aprendices de autócratas. Así pueden decir que las democracias no funcionan, que no saben dar respuesta a los problemas, y que hace falta mano dura. La de un dictador. ¿No les suena este discurso?
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