Que Siria vuelva a ser un sitio aburrido
El país necesita ayuda para salir de décadas de dictadura y guerra; quien no quiera ayudar, al menos que no estorbe

Hace tiempo que Siria dejó de ser ese país del que nada se sabía, que no generaba titulares ni ocupaba portadas. “El reino del silencio”: así lo describía el reconocido líder comunista Riad Turk, que pasó la mayor parte de su vida en las prisiones del régimen de los Asad. Del terror que se ocultaba tras aquel silencio solo los sirios eran conscientes.
Esta dualidad entre la apariencia y la realidad de Siria la explicó muy bien el escritor sirio-alemán Rafik Schami, a través de la metáfora del “piso de dos plantas”: quien visitaba el país como turista solía quedarse impresionado por su belleza, la seguridad de sus calles, la diversidad de sus gentes, su paz aparente. Ese visitante permanecía en la planta superior de Siria.
Pero existía una planta inferior, un subterráneo invisible para los turistas que no aguzasen el oído. Ese subterráneo bullía de horrores, torturas y humillaciones a las que se sometía a cualquiera que se atreviese a levantar la voz. Ese subterráneo era “Asad para siempre”, “Asad o quemamos el país”, los lemas que resonaron en los oídos de los sirios durante años, hasta que los propios sirios los hicieron estallar. Primero con la revolución de 2011, después con el derrocamiento del régimen en diciembre de 2024. Se vaciaron cárceles como la de Sednaya, el “matadero humano donde se torturaba a escala industrial”, y un nuevo período se abrió para el país.
Nadie puede echar de menos aquel terror, ni la paz aparente que albergaba exterminios, orfandades y un sinfín de injusticias cotidianas. Nadie puede extrañar la corrupción sistémica, el clasismo, la crueldad, la falta total de libertades. Pero a veces es tentador extrañar el silencio, incluso el de los cementerios. Recordar con nostalgia aquella ingenuidad de quienes se asomaban al país sin grandes conocimientos, pero también sin grandes expectativas. Desde una visión orientalista, pero bien intencionada. Ese gesto de extrañamiento cuando nos preguntaban “¿De dónde es tu familia?”, ese “¿De Soria?”, esos “Ah, ¡qué interesante!”. Poca gente ubicaba Siria en un mapa y menos gente todavía vertía sus prejuicios sobre un país vecino pero desconocido. Silencioso, aburrido quizás.
Hoy, quienes conocemos Siria, quienes intentamos explicar su complejidad a la vez que la vivimos o incluso la encarnamos, recibimos a diario todo tipo de preguntas, comentarios, solicitudes, requerimientos. Algunos provienen de personajes insospechados de los que sorprende su repentino interés por el país: youtubers de ideología nazi, podcasters negacionistas de la pandemia o las vacunas, conductores de programas especializado en ovnis y fenómenos paranormales... A menudo muy insistentes, más llenos de respuestas y lecciones que de preguntas o de una curiosidad genuina.
También hay insultos, agresiones y amenazas. Acusaciones de personas no sirias de ideologías variopintas, desde ultracatólicos “preocupados por el yihadismo” hasta personas de la órbita estalinista (sea lo que sea que eso signifique hoy en día) que acusan a los sirios de ser “siervos del imperio”. ¿De cuál? Al parecer solo existe uno. Quizás esto último sea cierto, quizás tras la reciente alianza entre los Estados Unidos de Trump y la Rusia de Putin nos encaminemos realmente a la existencia de un solo imperio. Uno frente a los pueblos, más solos y desamparados que nunca.
Pese a todo, el pueblo sirio continúa dando pasos, reconstruyendo lo destruido durante décadas. Cooperativas de mujeres, semilleros, iniciativas locales para revitalizar la producción agrícola y artesanal. Una nueva declaración constitucional, nuevos ministros, iniciativas estudiantiles para analizar el borrador constitucional y proponer modificaciones. Avances en justicia transicional para investigar crímenes contra la humanidad, juzgar a los responsables y reparar a las víctimas, informados por el trabajo de años de grupos como el Foro de las familias por la libertad o la Asociación de familias César. También protestas en las calles para demandar más esfuerzos, más coordinación, más inclusión, más respuestas para las familias de los desaparecidos, protestas que tampoco habrían sido impensables hace solo unos meses.
A la vez, una maraña de intereses rodean el país y lo atenazan a cada paso. Amanecemos con maniobras del régimen iraní y su brazo armado en la región, Hezbolá, incitando al odio contra todo lo que no se alinee con el eje chií. Nos dejan sin aliento las noticias de masacres en la costa, cientos de personas asesinadas, un nuevo duelo sobre infinidad de duelos. Anochecemos con una conversación entre Israel y Estados Unidos sobre lo estratégico de “desestabilizar” Siria, pese a que la Siria de hoy no ha lanzado una sola agresión, ni siquiera una sola amenaza al Estado que anuncia sin tapujos sus planes de reconfigurar toda la región. El nuevo día trae bombardeos turcos en el norte, bombardeos israelíes en el sur. Amigos que llaman aterrorizados, un edificio hecho trizas, cuatro civiles asesinados en Deraa. ¿Por qué? No hacen falta razones, el río está revuelto y la impunidad es absoluta.
Una cosa es cierta: los sirios estamos agotados. Por décadas de totalitarismo, por años de una guerra que sepultó una revolución legítima, por injerencias que no cesan. Tal vez, más que silencio, lo que los sirios necesitemos en este punto sea algo de aburrimiento. Poder aburrirnos, durante unos días al menos. Que se abra camino una normalidad perezosa, sin sobresaltos. Que no ocurra nada.
Para que Siria vuelva a ser “un país aburrido”, necesitamos que cesen los intentos de sabotearlo. Quien realmente quiera ayudar debe saber que hay mucho por hacer. Se necesita apoyo en innumerables ámbitos: desde la justicia transicional, con urgencias críticas en cuestiones como identificación forense, hasta el desarrollo de energías renovables o tareas de desminado, porque las minas herencia del régimen de los Asad siguen causando víctimas a diario. En todos estos ámbitos, España en particular dispone de amplia experiencia y de una oportunidad única para contribuir a la estabilidad y la paz de un país vecino.
Quienes no deseen ayudar, bastaría con que no estorbasen. Que nos dejen caminar sin más, sin zancadillas, sin bombardeos, sin consignas de desestabilizarnos. Sin que unos y otros proyecten sus planes —o sus fantasías, o sus prejuicios— sobre un país que intenta con todas sus fuerzas, después de todo y pese a todos, avanzar. Que se nos permita el lujo de aburrirnos, aunque sea un poco.
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