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Tribuna
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¿Filosofía para filósofos?

Hay que deslindar el aprendizaje de competencias intelectuales, que requiere esfuerzo y continuidad, de la cultura neoliberal, que solo produce falsa autonomía y violencia simbólica

Pier Paolo Pasolini, frente a la tumba de Antonio Gramsci, en 1970.
Pier Paolo Pasolini, frente a la tumba de Antonio Gramsci, en 1970.

Hace casi 100 años el pensador marxista italiano Antonio Gramsci exhortaba a revisar cómo se conforma el canon filosófico, enfocando las constantes intersecciones entre el pensamiento de las “grandes masas”, el de “los intelectuales” y el de “los filósofos”. Este autor disuadía de encerrar a la filosofía en corsés ensimismados, inconscientes del afuera social y vital que la nutre al tiempo que la espolonea. Gramsci insistía en que la filosofía democrática iba más allá del cultivo de la propia autoría y comprendía su función en términos de diálogo e ilustración colectiva.

La filosofía española emprendió en la década de 1980 el proyecto de revitalizar tediosos planes de estudio con autores hasta entonces vetados como Marx, Nietzsche, Freud, Sartre, Beauvoir, Foucault, Deleuze y Derrida. Es asimismo obligado mencionar el impulso de una teoría feminista que transformó sustancialmente en un corto arco temporal los enfoques sobre la historia de la filosofía, la epistemología y la racionalidad práctica. Sin embargo, esta ampliación de las fuentes no se vio acompañada por un examen suficiente de las prácticas vigentes. Por el contrario, una inquietante vigilancia de fronteras epistémicas se ha ido normalizando en nuestro espacio intelectual, pretendiendo quitar legitimidad filosófica a líneas de reflexión emparentadas con la filosofía social, la teoría de la literatura, los estudios culturales o las humanidades ambientales y médicas. En consonancia con ello, pareciera que contenidos tan dispares como el pensamiento posmoderno, la justicia global o la metafísica analítica han encontrado cierto acomodo en los mapas conceptuales canónicos siempre al precio de no amenazar el marco teórico de partida. Este está atravesado —antes y ahora— por prácticas interrelacionadas, materializadas en el clásico comentario escolástico de textos y en el uso de un filósofo como mano de santo para reflexionar sobre todas las cuestiones posibles. Los escasos grupos que trabajan con métodos científicos suelen hacerlo con paquetes estadísticos típicos de las ciencias experimentales. Los acercamientos cualitativos, de los que España cuenta con el original ejemplo de la escuela fundada por el sociólogo Jesús Ibáñez, no merecen apenas atención ni respaldo, por ser mucho menos rentables para la publicación de papers en revistas de impacto.

En este contexto, temáticas como la sociología de la filosofía, la democratización de las relaciones laborales, la epistemología política, la filosofía del cuerpo, la ciudadanía sexual o los feminismos no institucionales tienen difícil ubicación en la cartografía dominante que delimita la filosofía actual en España. Esta situación revela una lógica de poder que financia ante todo desarrollos que no ponen en riesgo los modelos conceptuales dominantes, por más que estos consistan en comentarios sempiternos sobre autores intocables o, cuando se trata de modelos innovadores, en aplicaciones discutibles de la ciencia industrial a la filosofía.

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El discurso filosófico debe comprometerse con la distribución de herramientas epistémicas entre la ciudadanía. Ofrecer contenidos filosóficos en condiciones de ser comprendidos por una población sin formación específica previa es una función cultural deseable, que no debe menoscabar que la teoría logre sintonizar también con el malestar y angustias cotidianos de la gente común. Frente a la orientación usual de los espacios de divulgación, concentrados en ofrecer al público signos de distinción cultural y social, consideramos que la transferencia del conocimiento filosófico debe dirigirse esencialmente a personas que precisan de instrumentos que les ayuden a decidir en el campo de las relaciones afectivas, laborales o políticas. Transferir conocimiento implica comprometerse con la transformación efectiva de los marcos vitales de sujetos subalternos, precarizados y sistemáticamente despreciados por no responder al perfil del consumidor de “alta cultura”.

Los procesos de evaluación de la calidad de la investigación filosófica en España están atravesados asimismo por una lógica tradicional. Los criterios vigentes alejan a los jóvenes de lo que Ortega calificó como matriz del estudio. En efecto, se les hurta adquirir un vínculo emocional con cuestiones cuya dilucidación se estima urgente para la sociedad actual, pues la cultura científica estandariza las investigaciones bajo el imperativo de la innovación y de un impostado énfasis en el “impacto” de publicaciones con escasa relevancia más allá de la acreditación académica. Se trata de una tormenta perfecta que explica el aislamiento competitivo de los investigadores, sometidos a la amenaza permanente de ser expulsados del sistema si no se adaptan a este implacable ritmo productivo. En medio de una intensa precarización y explotación, se propician cuadros de clientelismo ansioso ejercido por mandarinatos 5.0 y de conservadurismo metodológico, a menudo disfrazado de radicalismo verbal. No extraña tampoco que, entre tanta arrogancia inflada y conflicto sin debate, la salud mental de los investigadores e investigadoras en formación se vea especialmente dañada, renunciando muchos de ellos a emprender una carrera académica bajo estas perspectivas.

Necesitamos pues otra práctica de la filosofía. Para ello hay que empezar por deslindar el aprendizaje de competencias intelectuales —que requiere esfuerzo y continuidad— de la cultura neoliberal —que solo produce falsa autonomía y violencia simbólica—. No lo conseguiremos sin configurar una agenda de investigación socialmente más rica y otra cultura de la deliberación y de mentoría de las nuevas vocaciones. El modelo gramsciano de filósofo y filósofa democráticos perfila nuestra tarea más urgente a nivel nacional.

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