editorial
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Síntomas de rebeldía en China

Las movilizaciones en el país asiático contra la política covid cero desafían la autoridad de Xi Jingping por primera vez en años

Manifestación en Pekín en protesta por las víctimas en el incendio de un edificio confinado.
Manifestación en Pekín en protesta por las víctimas en el incendio de un edificio confinado.THOMAS PETER (REUTERS)

Apenas un mes después del XX Congreso del Partido Comunista que ha otorgado a Xi Jinping un tercer mandato presidencial, China atraviesa su mayor convulsión política desde la primavera de 1989. Entonces los jóvenes estudiantes ocuparon la plaza de Tiananmen en demanda de democracia y obtuvieron como respuesta una brutal intervención militar. Estos últimos días miles de manifestantes, al menos en diez grandes ciudades, sin distinción de profesiones y clases, se están lanzando a las calles para denunciar los estrictos confinamientos impuestos por la llamada política de covid cero, claramente identificada con Xi Jinping. Con folios en blanco en las manos contra la censura digital o protegiendo sus móviles de la persecución de la policía, los manifestantes exhiben por primera vez una rebelión contra Xi Jinping que combina el rechazo a las medidas anticovid con la denuncia del control policial de un régimen autocrático.

El actual movimiento de desobediencia civil critica los métodos con los que se aplica la política sanitaria, la ausencia de cualquier transparencia y la falta de libertades, de democracia y de rendimiento de cuentas por parte de las autoridades. También las nefastas consecuencias económicas de unos confinamientos radicales que han provocado estallidos populares en diversas fábricas e industrias duramente reprimidos. El exceso de confianza en sus poderes autoritarios y la severidad de las medidas contra la covid, han convertido esta política de Xi Jinping en la bandera aglutinadora de un naciente movimiento que expresa en las calles y a través de vídeos de rapidísima circulación la insumisón casi siempre de jóvenes contra el monopolio del Partido Comunista.

Es significativa la chispa que provocó el estallido social. Diez personas que se hallaban confinadas murieron en el incendio de un edificio de Urumqi, la capital del Xingjiang. Todas las víctimas pertenecían a la etnia uigur, hasta hace poco mayoritaria en la región, sometida por el régimen a una política de asimilación, a una lenta sustitución por la población de etnia han ahora ya mayoritaria y a unos internamientos masivos para modificar sus comportamientos religiosos, lingüísticos e incluso de costumbres, que algunos gobiernos y parlamentos occidentales han considerado como un caso de genocidio.

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La experiencia represiva del régimen chino y sobre todo el recuerdo de la matanza de Tiananmen hace 33 años, justo cuando en Europa los regímenes hermanos del comunista chino se negaban a utilizar las armas contra las reivindicaciones democráticas, hace temer ahora lo peor. Será difícil que Xi Jinping encaje un fracaso que es suyo, de su presidencia vitalicia y de sus pretensiones de superioridad del sistema autocrático tanto en la gestión de la economía como de la salud pública.

Las protestas en fábricas y edificios confinados por brotes de covid tienen cada vez más una causa económica junto al cansancio de la población sometida a cribados aleatorios sistemáticos y continuas pruebas de PCR. La reciente visita de Xi Jinping a Indonesia para asistir al G-20 y la difusión de imágenes de un mundo cada vez menos sometido al control de la pandemia —como en el Mundial de Qatar— han alimentado movilizaciones que refuerzan la desconfianza en el método oficial para frenar la epidemia y cuestionan sin disimulo sus peores consecuencias. La temible represión policial ha empezado ya.







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