editorial
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La distancia de Portugal

Las intensas relaciones entre España y Portugal exigen una mejora sustancial de la interconexión ferroviaria

Parada del tren Lusitania en la frontera entre Fuentes de Oñoro (Salamanca) y Vilar Formoso (Portugal), en agosto de 2019.
Parada del tren Lusitania en la frontera entre Fuentes de Oñoro (Salamanca) y Vilar Formoso (Portugal), en agosto de 2019.Carlos Garcia (EFE)

El Plan Ferroviario Nacional que acaba de presentar el primer ministro de Portugal, António Costa, aspira a transformar sus conexiones domésticas con el fin de reducir drásticamente tanto los vuelos internos como el tráfico de coches, en sintonía con las demandas de Bruselas en relación con la emergencia climática. Pero el plan dibuja también sus apuestas de futuro para mejorar la conexión con España a través de corredores de alta velocidad. Los dos países atraviesan un momento de particular cordialidad social y política, traducida este año en la defensa de intereses comunes en Bruselas, con logros como el mecanismo ibérico para limitar el precio del gas o el acuerdo con Francia sobre conexiones energéticas.

Todo ello ocurre, sin embargo, en un momento en el que las líneas ferroviarias entre Madrid y Lisboa siguen atascadas: no existe un tren directo desde que se suspendió hace tres años, algo que solo había ocurrido durante la guerra. La única conexión internacional operativa es una locomotora contaminante y lenta entre Oporto y Vigo. El diagnóstico lo comparten ambos Gobiernos sin que haya habido hasta hoy pasos significativos para resolver la situación.

Para Portugal son tan vitales sus conexiones interiores como su engarce con España, su única vía terrestre hacia Europa y con la que aspira a tener cuatro líneas transfronterizas. Geográficamente, Portugal es tan rehén de España como España de Francia. Si los españoles no acompañan las inversiones ferroviarias lusas, el país será una isla dependiente para sus salidas de aviones y coches, que son los dos medios de transporte que Bruselas quiere reducir para distancias cortas y medias por su alto impacto contaminante.

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Más allá de las razones climáticas, las relaciones intensas entre ambos países justifican el impulso a esta conexión ya demasiado tiempo aplazada. Más de 15.000 empresas españolas exportan sus productos a Portugal, que tiene a España como su principal abastecedor y su mejor cliente. El tráfico de mercancías podría beneficiarse de los dos nuevos corredores internacionales que propone el Gobierno luso en el norte y el sur de la frontera. Entre Lisboa y Madrid se realizan una veintena de vuelos diarios, un puente aéreo similar al Barcelona-Madrid, y en 2019 se movieron entre España y Portugal casi nueve millones de turistas. Si España es el destino internacional predilecto de los lusos, hace dos años que Portugal desbancó a Francia como el favorito de los españoles. Ni turistas ni viajeros de negocios ni expatriados disponen hoy de una alternativa al avión o al coche para desplazarse entre ciudades de ambos países. No solo resulta una anomalía a escala europea, sino que hace patente la necesidad de resolver la actual desconexión de forma urgente. La última ocasión perdida fue la cumbre ibérica en Viana do Castelo, donde nada se concretó para mejorar los enlaces transfronterizos. Si Portugal es reacio a permitir un tren entre Lisboa y Madrid por Badajoz, como propone la española Renfe para operar mientras no llega la alta velocidad, España parece a su vez desinteresada en mejorar la conexión entre Oporto y Vigo.

A largo plazo, las visiones sobre la alta velocidad de ambos países divergen todavía. A España parece bastarle el modelo radial de Madrid-Badajoz-Lisboa, mientras que Portugal necesita vertebrar su país en el eje atlántico (Lisboa-Oporto-Vigo y Oporto-Aveiro-Salamanca-Madrid) con beneficios también para la zona española afectada. Son intereses complementarios y no incompatibles que piden sobre todo voluntad política para hacerse realidad y terminar con una situación atípica y empobrecedora.

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