análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Política ‘noir’

El debate sueco da pistas de por dónde avanza la narrativa de las democracias europeas: el mínimo común polarizador es la inmigración

Desde la izquierda, la líder de los socialdemócratas, Magdalena Andersson; Ulf Kristersson, líder de los Moderados, y Jimmie Akesson, líder de los Demócratas de Suecia, en un debate electoral el pasado 9 de septiembre.
Desde la izquierda, la líder de los socialdemócratas, Magdalena Andersson; Ulf Kristersson, líder de los Moderados, y Jimmie Akesson, líder de los Demócratas de Suecia, en un debate electoral el pasado 9 de septiembre.JONATHAN NACKSTRAND (AFP)

El ejemplo más tétrico de profecía autocumplida es la novela negra sueca. Cuando autores como Henning Mankell, Camila Läckberg o Stieg Larsson empezaban a popularizar sus series de asesinatos sangrientos y truculentos, Suecia era uno de los países más plácidos del mundo. Pero, en pocos años, la nación nórdica ha pasado de exhibir una de las tasas de homicidio más bajas de Europa a una de las más altas. Y se mata con pistola. Mientras en Europa de media mueren a balazos 1,6 personas por cada millón de habitantes, en Suecia son cuatro. Muchas por el narcotráfico. Como en el noir nórdico.

Los culpables del aumento de la criminalidad no son los escritores, pero tampoco los inmigrantes y, sin embargo, ese es el mensaje que la formación de extrema derecha de los Demócratas de Suecia (DS) lanza. Y con un éxito indudable, pues en las elecciones del pasado domingo cosecharon uno de cada cinco votos, convirtiéndose en la segunda fuerza, y superando al partido conservador. En el contexto sueco, Vox ha sorpassado al PP.

Los siniestros resultados electorales siguen a la campaña más tenebrosa que se recuerda. El miedo presidió unos debates entre candidatos que tradicionalmente se caracterizaban por discusiones compartimentalizadas sobre disyuntivas concretas. Educación: ¿permitimos que las escuelas concertadas paguen beneficios a sus accionistas? Sanidad: ¿recentralización o en manos de las regiones? Esta vez, cada bloque temático era un altavoz para las emociones atávicas: miedo a la crisis energética y la inflación, a la guerra en Ucrania y la entrada en la OTAN, al aumento del crimen y la segregación social. En el embarrado terreno de la angustia y el temor, la ultraderecha jugaba en casa y deslizó su mensaje antiinmigración y nacionalista en cualquier campo. Según su líder, Jimmie Åkesson, la responsabilidad de todos los problemas de Suecia reside, primero, en una clase política del establishment que, plegada a los intereses globalistas, se ha empeñado en salvar al mundo, dando ingentes cantidades de dinero en ayuda al desarrollo, comprometiéndose más que cualquier otro país con el cambio climático y acogiendo a refugiados sin pedirles nada a cambio; y, en segundo lugar, y más importante, en los inmigrantes. Para Åkesson, hasta los problemas en educación, con los resultados mediocres que obtiene Suecia en las pruebas PISA, son culpa suya: si quitáramos a los inmigrantes, los estudiantes suecos lo harían bien.

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El debate sueco da pistas de por dónde avanza la narrativa de las democracias europeas: el mínimo común polarizador es la inmigración. Las sociedades del continente nos estamos dividiendo por cómo recibimos a los de fuera, pero lo hacemos de forma asimétrica. Frente al mensaje de la ultraderecha, los partidos de la derecha tradicional, como democristianos y conservadores en Suecia, entran en una pelea de gallos para ver quién propone reducir más el número de inmigrantes y es más duro con los que no se “adaptan”. El resultado de esa agitación, con políticos golpeándose el pecho, es que el más radical se lleva el gato al agua. La extrema derecha se come a los conservadores de toda la vida, como sucedió en Francia, acaba de suceder en Suecia y probablemente sucederá en Italia.

El efecto es el contrario en la izquierda. Tras años negando la existencia de un problema de integración, las formaciones progresistas suecas han tenido que rendirse a la evidencia. En todo el país hay unos 60 barrios crecientemente desconectados laboral, cultural y lingüísticamente del resto de la sociedad. Pero, una vez asumido que hay que combatir la segregación, los partidos de izquierdas compiten por quién propone las medidas con más expectativas de éxito, como aumentar el gasto público por estudiante en esas zonas, condicionar más las ayudas al aprendizaje del sueco, fijar porcentajes máximos de residentes inmigrantes, o reducir los flujos de entrada.

La consecuencia de esta dinámica es que, mientras en la derecha ganan los más radicales, como DS, en la izquierda triunfan los más pragmáticos, como los socialdemócratas suecos, que consiguieron casi uno de cada tres votos, siendo claramente la primera fuerza. La política se vuelve pues centrífuga en la derecha y centrípeta en la izquierda. Para la derecha, las campañas electorales son cada vez más cómodas, pero la gestión del día a día más compleja. Vencen, pero no convencen.

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