Columna
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Boris, Brexit, ‘procés’

Al primer ministro le ha desvencijado un virus letal: su continuo atentado contra la primacía de la norma, fraguado en su batalla contra la UE

Boris Johnson, durante su campaña a favor del Brexit en el referéndum de 2016.
Boris Johnson, durante su campaña a favor del Brexit en el referéndum de 2016.Stefan Rousseau (AP)

Pues claro que el colapso de Boris Johnson lo ha desencadenado el estado de juerga permanente (al menos, muy frecuente) en Downing Street, 10, mientras sus conciudadanos estaban confinados. La causa mediata radica en que el malestar social y de la dirigencia alcanzó así la regla de un no escrito NICA (Nivel de Indignación Ciudadana Asumible) al fusionarse con otros problemas: la economía pospandémica en la fase hipertrofiada de la guerra, la debacle del unionismo norirlandés, la reedición del desafío escocés.

Así que la amalgama de todo eso propició un súbito (para un líder tan jaleado) despertar, empezando por el de los sumisos parlamentarios del partido tory temerosos de su futuro individual en sus circunscripciones personales. Y acabando por la censura al jefe de un ministro de reemplazo, designado apenas 24 horas antes, esa crueldad tan teatral.

Pero el factor último del sobresalto sí viene modulado por la asunción de un corte tajante con la Europa comunitaria, tras casi medio siglo de pertenecer a ella. El Brexit fue al cabo impuesto en su versión radical, la propalada por Boris Johnson incluso antes de alcanzar el cetro. Se presentaba como el bálsamo que aliviaría los males del reino: la inmigración presuntamente galopante y extranjerizante, la contribución presupuestaria supuestamente excesiva, la alteridad legislativa, la licuefacción de la soberanía nacional. Males enteramente imputados a la Unión Europea.

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De repente, el futuro se presentaba luminoso. Lo que hubiesen aportado tantas décadas (esenciales) a la modernización de la isla se sustituiría por una reedición de tratados con la apolillada Commonwealth. La soberanía recuperada conllevaría riqueza y bienestar. Y una voz determinante en el mundo. En la vida real todo eso se desplomó. En las estanterías de los supermercados de Belfast desaparecieron las sausages y el breakfast soberano se desvanecía.

Boris ya no era rebeldía graciosa, apariencia revoltosa, o revolucionarismo retrógrado entre bailoteos torpes. Le ha desvencijado un virus letal: su continuo atentado contra la primacía de la norma, fraguado en su batalla contra la UE: fuese la ley, los tratados ya firmados, los compromisos de Estado, el respeto al control del Parlamento. Como en el procés, el proceso del secesionismo (de Europa) ha llevado a sus impulsores a un cul de sac. Se ha zampado a tres primeros ministros. Ha erosionado la concordia social y la cohesión política. Y no ha mejorado la vida siquiera un penique.

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