Columna
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Si la OTAN no existiera

Putin encabeza la mayor reacción autoritaria y conservadora que hemos visto en Europa en el siglo XXI

Soldados alemanes y holandeses, en unas maniobras de la OTAN en abril.
Soldados alemanes y holandeses, en unas maniobras de la OTAN en abril.Europa Press

Algunos piensan que si la OTAN no existiera la guerra de Ucrania no se hubiera producido. Llevan razón. Se hubieran producido otras circunstancias, probablemente peores. Por ejemplo, el regreso de las repúblicas bálticas y de Polonia al redil imperial del Kremlin. Y quizás otras guerras.

Si fuera por cierta izquierda, la OTAN ya no existiría, Estados Unidos podría lavarse las manos del destino de Europa y el Kremlin tendría barra libre para aplicar en el continente europeo la versión rusa de la Doctrina Monroe: Europa para los europeos, es decir, para los rusos, vista nuestra incapacidad para construir la unidad europea, una política exterior y una seguridad común. Esa izquierda hace feliz a cierta derecha, a Donald Trump sin ir más lejos.

La Alianza Atlántica no es una imposición del militarismo imperialista, como supone el fetichismo izquierdista, ni una conspiración para cortar las alas de la Santa Rusia, como asegura Putin. Su origen está en las playas de Normandía, donde dejaron muchos muertos los soldados aliados, que liberaron a media Europa del nazismo y no tuvieron más remedio que dejar a la otra media bajo la bota soviética, cuando a todas luces todos aquellos países hubieran preferido encontrar refugio bajo el paraguas de la OTAN.

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No hubo opción en las cumbres de Yalta y Potsdam, cuando Estados Unidos y Rusia se repartieron el mundo en áreas de influencia en 1945. Nadie defendió allí la soberanía de los países atrapados en el bloque soviético, limitada a partir de entonces por los tanques que los habían liberado de Hitler solo para someterlos a Stalin. Allí no hubo derecho a decidir entonces ni nunca hasta 1989, como demuestran las revueltas ahogadas en sangre, especialmente en Budapest (1956) y Praga (1968).

En cuanto cayó el muro de Berlín, todos se precipitaron hacia la ventanilla de la OTAN. La ampliación de la Alianza y de la UE hacia el Este se convirtió en una fábrica de democracia, de paz y de estabilidad, lo mejor que ha conocido la historia de Europa. Y en una amenaza declarada por quien desde el Kremlin quiso regresar a la autocracia, mediante la guerra permanente y gracias a la inestabilidad mundial, como es el caso de Putin desde hace 22 años.

No es la paz lo que propugnan quienes señalan a la OTAN como causa de la guerra. Es la rendición sin condiciones, la desaparición de Ucrania como nación libre y soberana y el sometimiento del resto de Europa, espacio de libertad y de democracia, al derecho de veto de Putin, el adalid de la mayor reacción autoritaria y conservadora que hemos presenciado en Europa en el siglo XXI.

Todo estaría en orden si fueran Vox y la extrema derecha trumpista quienes se manifestaran contra la OTAN. Pero no es así. Al parecer hay una cierta izquierda que solo mantiene de tal el nombre, pero actúa y piensa como la extrema derecha.


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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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