Editorial
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Primera y pírrica victoria

Tras la toma de Mariupol por las tropas rusas, es primordial que la comunidad internacional ejerza una estrecha vigilancia sobre el trato a los prisioneros

Un carro con una bandera de Ucraina junto a un camion lanzacohetes circulan por una carretera cercana a Lissitxansk.
Un carro con una bandera de Ucraina junto a un camion lanzacohetes circulan por una carretera cercana a Lissitxansk.Albert Garcia (EL PAÍS)

Tres meses ha necesitado Vladímir Putin para culminar la batalla de Mariupol, la ciudad portuaria del mar de Azov que comunica la cuenca de Donbás y la península de Crimea, ambas en manos de Rusia. Ha sido su primera victoria militar tras el fracaso ya en los primeros días de la ofensiva para descabezar al Gobierno ucranio y sustituirlo por un Gabinete títere. Cada conquista territorial rusa va precedida por bombardeos contra la población civil, edificios de viviendas e infraestructuras. Pero Mariupol tiene también un doble valor estratégico. Además de enlazar Crimea con la región ya controlada por Rusia, completa el dominio marítimo de Moscú a todo el mar de Azov. Solo la costa y el puerto de Odesa garantizan a partir de ahora la salida de Ucrania al mar, por lo que no sería de extrañar que empezara una nueva ofensiva para cerrar el mar Negro. Mariupol tiene también un valor simbólico: en la primera guerra de Donbás de 2014 el centro de la ciudad llegó a estar bajo control de los rebeldes prorrusos, pero fue recuperada por las milicias obreras de la planta siderúrgica, el Ejército ucranio y el Batallón Azov, inicialmente compuesto por militantes nacionalistas de extrema derecha. Esta agrupación militarizada sirvió a Putin para tachar de nazi a Ucrania entera y a su Gobierno, de forma que puede presentar la liquidación de la resistencia de Mariupol como parte del proceso de desnazificación que adujo al emprender su guerra.

La salida de la población civil refugiada en la planta y de numerosos heridos, así como la entrega de los militares desarmados —declarados héroes de Ucrania por Zelenski—, ha sido gestionada por la Cruz Roja Internacional. Tiene a su cargo la vigilancia del cumplimiento ruso de las normas establecidas por las convenciones de guerra de Ginebra con el enorme número de prisioneros ucranios. Es dudoso que el Kremlin tenga una gran preocupación por la legislación internacional, más todavía cuando en la Duma rusa han aparecido iniciativas que pretenden imputar colectivamente a los prisioneros por terrorismo e incluso aplicarles la pena de muerte. Contrastan estas propuestas con el primer juicio por crímenes de guerra a un soldado ruso que asesinó a un civil en Bucha y con la pena de cadena perpetua impuesta.

Es primordial que la comunidad internacional y los organismos multilaterales ejerzan una estrecha vigilancia sobre el trato a los prisioneros para evitar nuevas atrocidades, malos tratos, torturas y ejecuciones sumarias como ya se han visto en estos tres meses. Después de la entrega de los últimos resistentes de Mariupol, su liberación puede lograrse a través del intercambio de prisioneros. En mitad de una escalada militar que no cesa, son más necesarios que nunca los signos de distensión y de humanidad que van en sentido contrario.

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