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El duelo y sus formas

No sé qué hacer con las pérdidas de seres queridos que se van sucediendo. En mi cultura adoptiva se impone la contención, la razón que domestica las emociones espontáneas

El ataúd de Arouna Coulibaly, un inmigrante que murió en su travesía hacia Canarias, en Arona (Tenerife), en junio de 2021.
El ataúd de Arouna Coulibaly, un inmigrante que murió en su travesía hacia Canarias, en Arona (Tenerife), en junio de 2021.Miguel Velasco Almendral

Vi a una prima tirarse por el suelo del patio como quien se arroja a una pira funeraria al morir su padre. En el trajín que supone recibir las visitas cuando hay un difunto en casa, mientras se lava el cuerpo y se le cose la mortaja encima (de ahí la superstición que prohibía coser cualquier ropa que lleváramos puesta, algo que solo se les hace a los muertos), con el cuscús humeante y las lágrimas presentes, nadie esperaba aquel repentino arrebato. Pero se tiró sobre el suelo desnudo y soltó su larga y negra melena, emitiendo conmovedores gritos y alaridos que parecían contener el dolor de todos los que la rodeábamos. Fue criticada porque aquello era un exceso, ya no eran tiempos de plañideras mesándose el pelo y arañándose la cara. Quizás a mi prima hoy, aquí, la habrían llamado histérica.

Tengo grabadas en la memoria las defunciones de parientes cercanos durante la infancia. Entre otras cosas, porque su desaparición iba siempre seguida de unas pautas de conducta fijas, unos rituales con los que todo el mundo cumplía. No se escondían la tristeza ni el dolor y algunas mujeres tenían un talento narrador innato que emergía incluso cuando nadie estaba de humor para historias. Su voz y sus palabras transformaban el sentir colectivo y servían a los demás para digerir la pérdida. El duelo se pasaba en familia, era una parte de la vida que a nadie se le ocurría negar y que fuera encauzado en los límites de las costumbres permitía darle el espacio necesario sin que lo inundara todo.

A día de hoy, y desde una ciudad y una existencia aceleradas, yo no sé qué hacer con las pérdidas de seres queridos que se van sucediendo. En mi cultura adoptiva se impone la contención, la razón que domestica las emociones espontáneas. No lloramos ni ante los amigos porque queremos ahorrarles nuestros dramas. Como si la vida intentara copiar el mundo feliz de Instagram. Llorar, además, es signo de debilidad, ya no solo para hombres, también para las mujeres y más si tienen una dimensión pública. Los únicos que se pueden permitir derramar todas las lágrimas que quieran ante millones de personas son los de hombría demostrada: los futbolistas.

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También ocurre que el trabajo se impone a la vida, no hay que parar ni cuando nos atenaza el dolor punzante de lo que supone la muerte de alguien amado. Parece que hasta en esto nos ha ganado el capitalismo.

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