Ofensiva de Rusia en Ucrania
Columna
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Dios, en el bando equivocado

Ocupada en salvar almas de la supuesta degradación occidental, la Iglesia ortodoxa rusa no está ahora por la labor de contribuir a salvar vidas

El patriarca Kiril de Moscú, con el presidente ruso, Vladímir Putin, en una fotografía de octubre de 2019.
El patriarca Kiril de Moscú, con el presidente ruso, Vladímir Putin, en una fotografía de octubre de 2019.Sasha Mordovets

La flamante catedral de las Fuerzas Armadas de Moscú es el símbolo perfecto de la esquizofrénica Rusia de Putin. El tercer mayor templo ortodoxo del mundo, inaugurado en 2020, conmemora las grandes gestas militares rusas ―incluidas Georgia, Siria y Crimea―. En su exaltación nacionalista, un mosaico retrataba a Stalin ―implacable represor de la Iglesia―; otro al propio Putin. La polémica hizo que hubiera que retirarlos. La simbiosis entre Dios y las armas, habitual a lo largo de la historia, es completamente anacrónica en pleno siglo XXI.

Además de devolverle el orgullo perdido, Vladímir Putin devolvió al pueblo ruso su religión. De paso, sumó a la Iglesia ortodoxa rusa a sus aspiraciones imperiales y su cruzada conservadora. El patriarca Kiril de Moscú es un estrecho aliado del presidente. Al empezar la invasión, pidió una resolución rápida y la protección de la población civil, pero poco antes había descrito la posición rusa hacia Ucrania como una guerra por defender la civilización ortodoxa de la corrupción occidental, de la que las marchas del orgullo gay son el signo más evidente. Hoy sigue sin condenar los ataques.

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Kiril libra además su propio cisma: con la Iglesia ortodoxa de Ucrania, independiente de la de Rusia desde 2019 ―toda una afrenta cuando el cristianismo ruso tiene sus raíces en Kiev—; con Bartolomé, patriarca de Constantinopla, que permitió tal escisión, y con una parte de los suyos. Hace unos días, unos 300 sacerdotes rusos firmaron una carta pidiendo el fin de la guerra, arriesgándose a duras represalias. Fuera del país, la Iglesia ortodoxa rusa de Ámsterdam ha anunciado su separación de Moscú. El deán de la de Madrid ha criticado abiertamente al líder ruso y presume de contar con feligreses tanto rusos como ucranios.

El papa Francisco ha intentado devolver a Dios lo que es de Dios y que las Iglesias medien para terminar el conflicto. Sin éxito. Ya harto, el domingo abandonó la mesura verbal y condenó esta “guerra repugnante”, pidiendo a la comunidad internacional que haga todo lo posible por detenerla.

La historia, incluida la reciente, está llena de ejemplos en los que Dios se ha puesto del lado equivocado. Las religiones han jugado siempre con su poder espiritual para hacerse también con el terrenal, aunque ello implicara aliarse con tiranos y asesinos. En las últimas décadas, la separación Iglesia-Estado ha sufrido serios retrocesos, tanto en el mundo musulmán, donde prácticamente se ha desvanecido, como en sociedades democráticas. Baste recordar el papel de los evangélicos en Estados Unidos bajo la presidencia de Trump o en el Brasil de Bolsonaro.

En Rusia, la instrumentalización ha sido mutua: Putin ha usado a la Iglesia en su batalla moral contra Occidente y la Iglesia ha recuperado su influencia en la era pos-soviética, aunque en el camino ha perdido su esencia cristiana. Ocupada en salvar almas de la supuesta degradación occidental, no está ahora por la labor de contribuir a salvar vidas.

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