Ofensiva de Rusia en Ucrania
Columna
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El dilema del dictador

Los costes de compensar económicamente a la oligarquía que le da apoyo a Putin y de reprimir a la población serán cada vez más altos, generándole problemas internos, aunque la situación bélica marcará lo intenso y duradero de esta necesidad

Una mujer sostiene una foto del presidente ruso, Vladímir Putin, durante una manifestación contra la guerra en Liubliana, Eslovenia, el pasado 25 de febrero.
Una mujer sostiene una foto del presidente ruso, Vladímir Putin, durante una manifestación contra la guerra en Liubliana, Eslovenia, el pasado 25 de febrero.BORUT ZIVULOVIC (REUTERS)

Sistemas autoritarios hay de muchos tipos. No son igual las petromonarquías de Arabia Saudí o Emiratos Árabes que el régimen militar del general Al Sisi en Egipto o de Kim Jon Un en Corea del Norte. Las instituciones y coaliciones que apoyan al gobernante son diferentes. Además, incluso dentro de un mismo sistema puede haber distintos grados de centralización del poder. Por ejemplo, no es lo mismo la China comunista bajo Xi Jinping, que concentra toda la autoridad, que durante el mandato de Jiang Zemin, más colegiada. Entender esta taxonomía es relevante. Muchos estudios apuntan que los sistemas más personalizados son particularmente vulnerables a la pérdida de ingresos exteriores porque estos regímenes requieren flujos sostenidos de recursos para financiar sus redes de cooptación interna. De ahí que importe entender bien el régimen de Putin para saber si las sanciones económicas pueden tener un efecto desestabilizador de su poder. Es verdad, es poco probable que lo haya a corto plazo, pero en el medio suponen un shock adicional a la fortuna militar que tenga la ocupación de Ucrania. El sistema político ruso es una variante del “presidencialismo de patronazgo”, donde Vladímir Putin controla redes clientelares en torno a una poderosa oligarquía. Personalizando el poder como Boris Yeltsin solo pudo soñar, en este proceso han jugado un papel fundamental los ingresos estatales de la energía, empleados para premiar a los colaboradores afectos y difuminando la diferencia entre lo público y lo privado. A diferencia de otras repúblicas postsoviéticas donde la familia o la etnia del sátrapa juegan con ventaja, en Rusia dicha red es más informal, pero siempre bajo el control directo de Putin. La combinación de clientelismo, fraude electoral y represión es lo que asegura la posición dominante del autócrata personalista.

Por definición, entender lo que ocurre en un sistema autoritario es complicado dada la “falsificación de las preferencias”: nadie revela de manera sincera lo que piensa sobre el dirigente por temor al castigo. Además, esto afecta tanto a la población como a la elite, que podría ser más hostil al dictador de lo que parece, pero que tiene difícil articularse para desalojarlo. Ahora bien, esto puede ser más sencillo si las protestas contra la guerra de Ucrania se convierten en el punto focal para una crítica que se extienda al conjunto del régimen, de ahí que el tirano trate de cortarlas de raíz con contundencia.

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Por tanto, el aislamiento comercial de Rusia podría afectar a la propia supervivencia de Putin a medio plazo. Los costes de compensar económicamente a la oligarquía que le da apoyo y de reprimir a la población serán cada vez más altos, generándole problemas internos, aunque la situación bélica marcará lo intenso y duradero de esta necesidad. Y sí, Europa también asume un coste con estas sanciones, pero quien no esté dispuesto a pagar un precio por sus principios es que solo tiene intereses.

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Sobre la firma

Pablo Simón

(Arnedo, 1985) es profesor de ciencias políticas de la Universidad Carlos III de Madrid. Doctor por la Universitat Pompeu Fabra, ha sido investigador postdoctoral en la Universidad Libre de Bruselas. Está especializado en sistemas de partidos, sistemas electorales, descentralización y participación política de los jóvenes.

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