Tribuna
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Los juicios de Managua

La farsa procesal contra los presos políticos nicaragüenses orquestada por el régimen de Daniel Ortega recuerda vivamente a las purgas estalinistas de Moscú en los años treinta

El líder estudiantil nicaragüense Lesther Alemán, en una imagen de mayo de 2018 en Managua. Alemán, quien aquel mes pidió publicamente la renuncia de Ortega, fue condenado el día 10 a 13 años de cárcel.
El líder estudiantil nicaragüense Lesther Alemán, en una imagen de mayo de 2018 en Managua. Alemán, quien aquel mes pidió publicamente la renuncia de Ortega, fue condenado el día 10 a 13 años de cárcel.Alfredo Zuniga (AP)

En Managua se están celebrando juicios para condenar a los prisioneros políticos encarcelados desde mayo del año pasado, cuando el régimen quiso eliminar cualquier riesgo en contra del fraude electoral que ya estaba montando y que culminó con la cuarta reelección de Daniel Ortega en noviembre.

Los juicios de Managua recuerdan en muchos sentidos a los juicios de Moscú, que se celebraron entre 1936 y 1938 en contra de figuras políticas relevantes que representaban algún tipo de amenaza para el poder de Stalin; unos juicios que le sirvieron también para imponer el terror entre aquellos que abrigaran algún mal pensamiento y quisieran de alguna manera rebelarse. Mejor el silencio que el tiro en la nuca.

Se parecen en cuanto al siniestro catálogo de delitos. El famoso artículo 58 del Código Penal de Stalin estaba diseñado para eliminar adversarios, disidentes y potenciales enemigos y sacarlos del juego. Traición a la patria, traición a la revolución, atentados contra la soberanía nacional, colaboración con potencias extranjeras; un artículo que se iba reformando de acuerdo a las necesidades de la represión.

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Parecidos delitos están contenidos en las leyes que fueron dictadas en Nicaragua de manera expresa antes de que comenzaran las redadas de prisioneros; solo que ahora, además de la traición y el menoscabo de la soberanía, esas leyes contemplan los ciberdelitos, y se castigan los chats que contengan palabras ofensivas contra la familia en el poder y hasta los memes; ya no se diga la difusión de noticias “que promuevan el odio y la disensión social”.

En los juicios de Moscú, los prisioneros comparecían delante del tribunal con el ánimo quebrado tras largas sesiones de tortura, la luz siempre ardiendo en sus celdas, sacados constantemente a medianoche para ser interrogados. En los juicios de Managua hay prisioneros que, tras meses sin ver la luz del sol, y sin saber si es de día o de noche, han empezado a perder la memoria y a olvidar el nombre de sus hijos; a otros se les está cayendo la dentadura o se han convertido en esqueletos de tanto peso que han perdido, y también son levantados a cualquier hora de la madrugada para llevarlos a interrogatorio y preguntarles siempre lo mismo.

Pero a ninguno han logrado doblegar. Ana Margarita Vijil, a quien se le impidió hablar durante el juicio, solo tenía derecho a poner su firma al pie del acta de condena. Y debajo de la firma escribió: “Prisionera política”. Fue sentenciada a 10 años de prisión por “conspirar para cometer menoscabo a la integridad nacional”.

Y si los juicios de Moscú se celebraban en una sala de la Corte Suprema de muchos dorados y cortinajes, en cambio, los juicios de Managua tienen lugar en secreto dentro de la propia prisión, sin acceso de la prensa. Y los reos no tienen derecho a la palabra, que escasamente se concede a sus abogados.

Pero en ambos casos se trata de condenas dictadas de antemano. Jueces y fiscales no son más que comparsas de una puesta en escena. Y si los juicios de Moscú podían durar semanas, con desfile de testigos y confesiones públicas de los acusados, los juicios de Managua no duran más de dos o tres horas, y no hay más testigos que los propios policías. Y los jueces tampoco deciden las penas. Eso ya está resuelto desde más arriba de sus cabezas.

Tampoco los prisioneros que sufren enfermedades graves, o los de edad avanzada, de los que hay varios, son apartados de los rigores del régimen carcelario, que tiene mucho de crueldad vengativa. El comandante Hugo Torres, héroe de la lucha guerrillera contra Somoza, acaba de morir a los 73 años, víctima de una enfermedad terminal a la que sus carceleros hicieron poco caso. Aun muerto, en las redes oficialistas siguen llamándolo traidor. En diciembre de 1974, había sido parte del comando armado que tomó en Managua la casa de un alto funcionario de Somoza mientras se celebraba una fiesta, y el comando logró canjear a los invitados por los presos políticos, que pudieron volar hacia Cuba, entre ellos Daniel Ortega. Triste y terrible. Habiendo liberado a Ortega de la prisión, ahora Hugo Torres ha muerto en una prisión de Ortega.

Y, al tiempo que se celebran los juicios de Managua, decenas de organizaciones no gubernamentales están siendo ilegalizadas, entre ellas universidades privadas que sufren el despojo de sus instalaciones, y miles de estudiantes son dejados a la deriva. Universidades obedientes, o nada.

Cuando los juicios de Moscú se celebraron, en el mundo hubo poco eco de aquel bárbaro montaje. La opinión pública y los periódicos tenían entonces cosas distintas de qué ocuparse: la amenaza del nazismo, el cerco de Madrid.

Hoy también, cuando se llevan a cabo los juicios de Managua, el mundo tiene otras cosas de que ocuparse: la impávida cara de jugador de póker de Vladímir Putin negando que quiera invadir Ucrania, y el presidente Joe Biden insistiendo en que la invasión es inminente.

Mientras tanto, el martillo de los comparsas de Ortega disfrazados de jueces, que golpea al dictarse una condena tras otra dentro de los muros de la cárcel convertida en tribunal, no se escucha. Nadie lo escucha.


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