Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Asimetría moral

La disparidad entre las sociedades abiertas y las dictaduras que ofrece la actual globalización averiada no se limita a China

La tenista Peng Shuai durante partido celebrado en 2008.
La tenista Peng Shuai durante partido celebrado en 2008.Toby Melville (Reuters)

La globalización feliz acaba de topar con un nuevo límite gracias a la valentía de una mujer y deportista, la tenista y campeona mundial de dobles Peng Shuai, de 35 años, que acusó de violación a Zhang Gaoli, de 79, cuando este era viceprimer ministro de China y miembro del máximo organismo gobernante, el todopoderoso comité permanente del Comité Central del Partido Comunista, formado por siete hombres —nunca ha habido una mujer en la cúpula colegiada del poder chino— y auténtico soberano por encima de la ley y fuera de cualquier control o división de poderes. Desde su denuncia el 2 de noviembre en las redes sociales, Peng ha desaparecido de la vida pública, ha cerrado sus cuentas y ha realizado intervenciones grabadas o por videoconferencia, presumiblemente bajo control policial y sin ninguna credibilidad en cuanto a su condición de ciudadana en plena libertad.

La Asociación Mundial de Tenis Femenino ha suspendido sus torneos en China, mientras Peng no pueda comunicarse abiertamente ni desplazarse libremente y el Gobierno de Pekín no investigue el comportamiento de Zang. Contrasta con la habitual complacencia del Comité Olímpico Internacional, cuyo presidente, el alemán Thomas Bach, accedió a mantener una conversación audiovisual con la tenista para blanquear la actuación del Gobierno chino. El régimen comunista está acostumbrado a responder a las críticas, o incluso a las acusaciones de corrupción contra sus dirigentes y sus familias, mediante la amenaza y la intimidación, gracias especialmente a la palanca de los intereses económicos y a la acción de una diplomacia que ha merecido el calificativo de guerrera y lobuna por su agresividad.

La acusación de violación contra un jerarca del régimen es un nuevo obstáculo para el éxito de los Juegos Olímpicos de Invierno, a celebrar en febrero en Pekín. En mitad de una pandemia y con la necesidad de fabricar prácticamente toda la nieve en una región sin apenas precipitaciones, estos Juegos son para el régimen un momento propagandístico que exige costes incontrolados y explica su especial preocupación ante los escándalos políticos. La asimetría entre las sociedades abiertas y las dictaduras que ofrece la actual globalización averiada no se limita a China. Idénticos escándalos han sido protagonizados en los últimos años por las autocracias árabes, como Emiratos Árabes Unidos, Qatar o Arabia Saudí y, por supuesto, por Rusia, aunque nunca había aparecido hasta ahora una mujer valiente como Peng, y una asociación deportiva sin miedo al chantaje como la de tenis femenino, con la exigencia de un rasero moral tan universal como lo son las relaciones comerciales y económicas. No caben dos códigos tan distanciados en cuestiones de igualdad, respeto a los derechos humanos y control de los abusos de los poderosos, y menos cabe todavía la hipocresía de admitir en China y en la península Arábiga lo que suscita la mayor repulsa en Europa y en Estados Unidos.

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