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Columna
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La gran estafa

Al frente de la manifestación se ha exhibido un ecologismo ficticio para asegurarse de que no lleva a ninguna parte

Imagen de una protesta en Glasgow con motivo de la COP26
Imagen de una protesta en Glasgow con motivo de la COP26PAUL ELLIS (AFP)
Lluís Bassets

Primero se rechazaba la idea misma del cambio climático. Luego que tuviera que ver con la actividad humana y con la industrialización. Interesaba desculpabilizar a los extractores de combustibles fósiles. A la vista de los hechos comprobados, más tarde se trató de combatir las políticas medioambientales: o eran erróneas o demasiado caras, más costosas que los perjuicios que pudiera producir el aumento de temperatura del planeta. Ante la doble evidencia científica, sobre el incremento de temperaturas y sobre la capacidad para frenarlo, todo se centra ahora en evitar las medidas drásticas que pudieran dañar los enormes intereses, especialmente de los productores de petróleo, gas y carbón. O al menos aplazarlas, para sacar provecho de las reservas existentes. Hasta agotarlas si es posible, de forma que el cambio de modelo energético sea entonces obligado y aceptable.

Mientras tanto, hay que defender las actuales subvenciones, sostener los precios de los combustibles, aprovechar las oportunidades de negocios de la era descarbonizada —placas solares, nucleares, coche eléctrico, explotación del Ártico— y prevenir las demandas indemnizatorias que puedan surgir, cuando se compruebe que han obstaculizado las políticas de mitigación del cambio climático para defender sus intereses más cortoplacistas, como hicieron las tabaqueras en su día. La mayor delegación de Glasgow era la formada por los grupos de presión de los productores de combustibles fósiles, más de 500 personas. Observadores perspicaces han señalado el cambio de perfil de los asistentes: si en París en 2015 eran sobre todo ministros, científicos y militantes, en Glasgow son líderes empresariales, financieros y banqueros centrales.

El aumento insostenible de la temperatura del planeta se da ya por descontado. Ahora solo se trata de negocios. De los que proporcione el cambio de época, mientras se exprime el limón de la época que termina. De lo que den de sí las transferencias de los países ricos que ya han consumido su cuota de emisiones a los pobres que todavía necesitan crecer. Y de evitar las indemnizaciones exigibles a los contaminantes que han engañado y aplazado decisiones con su negacionismo doloso.

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Así es como en Glasgow se ha exhibido un ecologismo ficticio, abriéndose el paso a codazos hasta el frente de la manifestación para asegurarse de que no lleva a ninguna parte. Es el greenwashing, en el que de una forma u otra todos participan, empezando por China y Estados Unidos cuando aseguran con todo el aplomo que trabajarán para que la temperatura del planeta no aumente más allá de dos grados, sin entrar en obligaciones concretas de reducción de emisiones. Acuerdos no vinculantes, objetivos indeterminados, datos falsificados y opacos, calendarios a largo plazo que posponen la medición y el control de los resultados, vagos compromisos financieros, todo esto forma parte del perverso lavado de cara verde, de la gran estafa.


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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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