tribuna
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‘Willkommen, Bienvenue, Welcome’

El sustituto de Angela Merkel en la cancillería tendrá que centrarse en tres cuestiones: cómo se ve la sociedad alemana a sí misma; cuál debe ser la relación con EE UU y cómo impulsar la UE

Enrique Flores

“Dejen sus problemas afuera. Aquí la vida es divina”. Así resonaba la célebre invocación a disfrutar los encantos nocturnos del Berlín de entreguerras. Una frase con significado especial más allá del musical porque la capital alemana fue durante mucho tiempo, de 1933 a 1989, el epicentro mundial del tipo de problemas que justo resulta imposible dejar afuera. Desde que cayó el Muro la ciudad ha cambiado radicalmente y ha vuelto a ser frenética de noche y de día. En la vida social, profesional y artística berlinesa caben los excesos, el entretenimiento o lo inesperado. Sin embargo, como legado del aprendizaje que conllevó la doble infamia totalitaria, la vida política mantiene un carácter sobrio y relativamente previsible. La Alemania actual no solo sale bastante favorecida con respecto a su pasado, sino que también lo hace cuando se compara con la mayor parte de democracias avanzadas, hoy caracterizadas por la polarización, el fuerte apoyo a líderes extremistas o incluso el gusto por el vodevil.

En teoría, esa pauta de consenso, seriedad y moderación debería facilitar el análisis sobre lo que le espera al sustituto de Angela Merkel. Al mismo tiempo, los condicionantes que imponen el entramado institucional y la cultura política de la República Federal complican la labor de pronóstico. Para empezar, y con independencia de que las elecciones del domingo no dejan claro si la coalición la presidirá Olaf Scholz o Armin Laschetse, se abre ahora un proceso para definir los contenidos del programa del nuevo Ejecutivo. En Alemania, la agenda de gobierno viene determinada por acuerdos poselectorales muy detallados cuya negociación puede llevar meses.

El nuevo canciller no solo estará condicionado al cumplimiento estricto del pacto que al final se alcance, sino que su margen de libertad a la hora de tomar decisiones críticas o de interpelar a la ciudadanía es significativamente inferior a la de otros líderes de referencia. Piénsese que, por ejemplo, los sistemas políticos de Francia y el Reino Unido están diseñados para concentrar el poder en, respectivamente, el Elíseo y Downing Street, o que el presidente de Estados Unidos, pese a contar con equilibrios y contrapesos, tiene un dominio reservado amplísimo que es sobre todo relevante en política exterior. El jefe de Gobierno en Alemania, en cambio, ha de dirigir un Ejecutivo multipartidista —que muy probablemente suponga que otras fuerzas políticas nombren al vicecanciller y a los ministros de Finanzas o Exteriores—, debe saber encajar que la opinión pública de su país sea muy reacia a los hiperliderazgos, no puede ni siquiera presumir el control de su propio partido, tiene que incluir por supuesto en toda ecuación la pertenencia a la Unión Europea y, finalmente, ha de lidiar con importantísimos vetos constitucionales: los 16 länder, un bicameralismo fuerte, el Bundesbank, el Tribunal Constitucional, etcétera.

Gestionar esa combinación extraordinaria de contrapoderes y restricciones no resulta nada fácil y a menudo incentiva preferir la inercia del pasado, el mínimo común denominador o el seguidismo con respecto a las encuestas; que fueron, por cierto, los tres males que caracterizaron los primeros años de Merkel. Pero, cuando el canciller logra asentar su posición, algo que favorece la prolongada duración en el cargo (nueve años como media desde 1949) y, sobre todo, el gran peso objetivo que tiene el país en el continente y la globalización, entonces tiene muchas posibilidades de ser el líder político occidental capaz de imprimir acciones más sólidas y perdurables; algo que justo explica el balance positivo de Merkel en su etapa final. A pesar de esos elogios, su sustituto no se encuentra con un panorama plácido y tendrá que abordar enormes retos en tres niveles que, siguiendo el orden de idiomas en el que saludaba el maestro de ceremonias de Cabaret, miran a la propia Alemania, a Francia y a EE UU.

Con vistas al interior, el principal reto es superar el pesimismo con respecto al futuro que hoy domina en amplios sectores de la sociedad y que se refleja en las sombrías proyecciones demográficas o en las dificultades para preservar la convivencia en un país llamado forzosamente a ser multicultural. Hoy Alemania supone la excepción en un continente marcado por el auge de los populismos antiinmigración o los cantos de sirena proteccionistas, pero es bien sabido que no existe ninguna garantía de resistencia contra esas tentaciones. Además, y en contra de los lugares comunes que dominan fuera, el país no ha logrado alcanzar una posición sólida en los dos grandes dosieres que marcan las reformas en Europa: la agenda tecnológica —lastrada por una muy deficiente infraestructura digital— y la transición energética —todavía condicionada por el fin de las nucleares y la controvertida dependencia hacia el gas ruso—.

El nuevo canciller tendrá que atender en segundo lugar a la UE y desplegar rápidamente una complicidad constructiva con Francia que es condición sine qua non para que avance el proceso de integración tras la pandemia e, idealmente, consolidar el esquema de financiación inaugurado por el Next Generation. El eje París-Berlín sigue siendo clave, incluso cuando no funciona o, peor aún, cuando imprime a toda la UE un enfoque intelectual y político errado, tal y como ocurrió entre 2010 y 2012. Por suerte, Emmanuel Macron y Ursula von der Leyen son mejores socios que los falsos amigos de la austeridad que había hace 10 años. También lo son el actual BCE o el Gobierno de Roma (pieza fundamental para la credibilidad del Sur), pero la buena salud de la que goza el euroescepticismo en Francia o Italia y las dificultades para conciliar indefinidamente las prioridades contrapuestas de los dos bancos centrales que conviven en Fráncfort auguran un complejo frente europeo.

Queda, por último, el gran desafío de posicionar al país en el nuevo orden internacional y, con ello, determinar el futuro de la relación transatlántica en el contexto de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Joe Biden quiso en enero pasado que su primera llamada desde la Casa Blanca fuese a Merkel, pero, significativamente, ella prefirió no ser molestada en su descanso de fin de semana. El silencio absoluto sobre la agenda exterior durante los distintos debates electorales y la ausencia de papel alemán en el conflicto sobre los submarinos que ha enfrentado a Francia con los anglosajones son dos grandes elefantes en la habitación que ocupará el canciller en cuanto sea elegido. No es posible seguir esquivando por más tiempo la responsabilidad que forzosamente debe jugar en la definición de una política exterior y de seguridad común europea que merezca ese nombre.

¿Y España? ¿Qué se juega en este proceso? Basta leer los tres párrafos anteriores para constatar que no existe hoy ningún país que pueda condicionar tanto como Alemania el programa y estilos llamados a dominar en el interior de nuestra democracia, nuestra posición más o menos cómoda como Estado miembro relevante de la UE y un protagonismo mayor en el mundo a través de ésta. Así que, también en español, demos la bienvenida al nuevo líder europeo. Todas las mañanas se las dará la escultura de Chillida que adorna la entrada de la Cancillería Federal.

Ignacio Molina es profesor de la UAM, investigador en el Real Instituto Elcano y editor de Agenda Pública.

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