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Tribuna
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“Noiz por Noiz”

EL PAÍS publica una nueva entrega sobre el proceso constituyente en Chile bajo la mirada de expertas de toda la región

Una mujer protesta por las subidas de la gasolina en Río de Janeiro, Brasil, el pasado 4 de agosto.
Una mujer protesta por las subidas de la gasolina en Río de Janeiro, Brasil, el pasado 4 de agosto.BRUNA PRADO (AP)

He cantado el rap por unos buenos años en mi juventud, y esa es una de las mayores alegrías de mi vida. Todo comenzó en una exposición cultural que se llevó a cabo en el Centro Federal de Educación Tecnológica de Minas Gerais (Cefet-MG) en 2001, donde cursaba la secundaria. Allí conocí a mis hermanos del grupo Dejavuh (más tarde Liricaos), quienes al año siguiente me invitaron a caminar con ellos. Fue un período sensacional en mi vida: grabamos canciones, lanzamos videoclips, caminamos por muchos barrios de la periferia urbana, las “quebradas”. En 2003 participé en la fundación del Colectivo hip hop Chama, que reunió a jóvenes activistas de la cultura hip hop de la Región Metropolitana de Belo Horizonte. Nuestra organización era autogestionada, noiz por noiz —jerga de la periferia que significa nosotros, con reuniones periódicas en el Centro Cultural de la Universidad Federal de Minas Gerais.

En nuestros encuentros hablábamos de las realidades y de la lucha por los derechos de las juventudes en la periferia urbana: relaciones de género, sexualidad, reducción de daños, democracia, participación, ciudadanía y políticas públicas. El colectivo se mantuvo activo hasta 2008, contribuyendo a la formación de liderazgos de la escena hip hop local y al fortalecimiento de su acción política en Minas Gerais. Ese fue un momento efervescente en la cultura hip hop en Belo Horizonte y, no por casualidad, esta fue mi primera escuela política. En la calle, con mis “hermanas y hermanos de fe”, me reconocí feminista, llegué a los movimientos negros y me involucré en la resistencia de la juventud negra y de la periferia urbana. Estas luchas me llevaron a muchas otras y también le dieron sentido a mi formación como cientista social y educadora popular. El hip hop me ha permitido probar la importancia de la colectividad, de la representatividad y de la apuesta en la diversidad como herramienta de transformación y de posible superación de una realidad muchas veces insoportable.

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Fue, por tanto, en una movilización colectiva, representativa y diversa llamada Muitas —en español significa muchas—, que me encontré con el camino para ocupar la institucionalidad y ejercer otras formas de hacer política, en la práctica. Fui elegida concejala de Belo Horizonte en 2016, a raíz de la primavera feminista, de la efervescencia de los movimientos municipalistas-internacionales. Ese año fueron también electas Marielle Franco, en Río de Janeiro, Talíria Petrone, en Niterói, Cida Falabella, mi compañera en el mandato colectivo Gabinetona (el cual he integrado de 2017 hasta 2020), y muchas otras.

Los años anteriores, con los gobiernos populares del PT, nos fue permitido aspirar a más que apenas sobrevivir, nos permitieron organizarnos con más estructura para salir adelante, y eso fue lo que hicimos. La potencia de la llegada de mujeres, mujeres negras, indígenas, quilombolas, trans y otros grupos que forman las mayorías sociales en los parlamentos brasileños, movieron las estructuras de poder. Con nuestros cuerpos políticos, llevamos el noiz por noiz a las cámaras legislativas.

Somos representantes de personas que no están más dispuestas a estar subrepresentadas o a tener sus voces silenciadas. Representamos a quienes quieren ocupar la política para ser la voz de demandas populares, confrontar a los dueños del poder, despersonalizar la acción política a través de una apuesta radical por las construcciones colectivas y proponer herramientas verdaderamente transformadoras, propuestas reales de reparto del poder.

Nosotras ahí somos como una infiltración, una pequeña ruptura que puede significar una vida mejor para muchos de nosotros. Por eso ellos, temerosos de perder sus privilegios, han respondido con una escalada inimaginable de violencia política, basada en el golpe misógino contra Dilma Rousseff y en el proyecto internacional fascista, supremacista y ultraliberal que representa Bolsonaro en Brasil.

Hoy vivimos en el país la mayor amenaza a la democracia, la vida y la dignidad de la población desde el período posterior a la dictadura militar. Asesinaron a Marielle en un crimen que consideramos feminicidio político; Jean Wyllys, Debora Diniz y Marcia Tiburi tuvieron que exiliarse; Talíria Petrone y otros parlamentarios negros y transgénero de todo el país están siendo acosados y amenazados. Desde otros países de América Latina, sin embargo, soplan vientos de esperanza democrática. Por eso, sigo con entusiasmo a la Asamblea Constituyente chilena, que surgió de la insurgencia popular y feminista contra el neoliberalismo y los escombros autoritarios de los años de la dictadura. La Asamblea Constitucional chilena, con paridad de género y presencia de representantes indígenas, siembra en nosotros grandes expectativas, especialmente en cuanto al aporte de las mujeres a la redacción de la nueva constitución. Chile, como señala la politóloga y profesora Marlise Matos, puede ser el primer país del mundo en superar la desigualdad histórica de representación.

Una Convención Constitucional con una perspectiva noiz por noiz tiene ante sí la oportunidad de garantizar y ampliar derechos y brindar herramientas importantes no solo para el acceso, sino también para la posibilidad de mantener mayorías sociales en los espacios de poder. Los tradicionales dueños del poder siempre van a reaccionar, no lo olvidemos. Intentarán, a través de la violencia explícita y las negociaciones políticas, hacernos retroceder en los logros y crear obstáculos a las transformaciones democráticas.

La política es este territorio múltiple y las soluciones siempre van a ser parciales, provisionales, incompletas, pero hay una urgencia impulsada por nuestra indignación de enfrentar el orden actual, en el que la riqueza y la prosperidad son para unos pocos, mientras la miseria y la enfermedad son el destino fijado para la mayoría. Soy una mujer negra, de izquierda, madre, con trayectoria en la cultura periférica y creo que la transformación solo vendrá del encuentro de las luchas por la justicia y de un proyecto colectivo que tenga en la democracia un horizonte de buen vivir para todas las personas y criaturas. Mi esperanza se renueva con los vientos que llegan hoy desde Chile.

Áurea Carolina es diputada federal por el PSOL, en el estado de Minas Gerais, en Brasil.

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