Columna
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Bailarina

Nos golpean los rigores de estar en el lado chungo de las brechas de desigualdad y echamos el bofe para suturarlas. Menos mal que no somos negras

Una urna con unas zapatillas rojas durante el casting de 'Las zapatillas rojas' en un teatro de Madrid en 2011.
Una urna con unas zapatillas rojas durante el casting de 'Las zapatillas rojas' en un teatro de Madrid en 2011.

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En estas columnas salomónicas —por su condición curvilínea y sus significados retruécano— hemos comentado los cuentos de Andersen. Un, dos tres, responda otra vez, La sirenita, La reina de las nieves, Pulgarcita, más aventurera huyendo de los sapos, pero que termina casándose con un príncipe. Historias que colocan a las mujeres en situaciones tan terribles que a veces se experimenta la tentación de leerlas como contraejemplo y denuncia de la alienación sentimental; la crueldad aprendida; el arte como tabú para mujeres que, por querer volar o bailar o amar, son brutalmente penalizadas. Hans Christian nunca habría sospechado que Las zapatillas rojas pudiera interpretarse como profecía de los golpes asestados a las mujeres por el capitalismo. Alkibla publicó una bella réplica revolucionaria del relato firmada por Belén Gopegui. Yo quiero contar el cuento de otra forma porque el texto de Andersen se cruza con otros textos y otras realidades.

El destiempo es un modo de acción política. Estas declaraciones, que la compositora Clara Peya realizó para El País Semanal hace semanas, describen su relación patológica con el trabajo: “No me veo bajando el ritmo de producción, porque estoy en crisis de edad y pienso que, si ahora lo bajo, luego seré mayor y no me querrán en los escenarios. Además, cuando no tengo el ritmo alto me siento vacía. En el fondo, soy una réplica del sistema”. Ritmo de producción, crisis de edad, imposibilidad de decir no. Miedo contra el sistema desde muy dentro del sistema. Recreamos la validez de la metáfora de los caballos de Troya, pero somos yeguas. Engordamos a la bestia y hacemos autocrítica. Peya tiene 35 años. A los 50 sentirá lo mismo con más temblor: me identifico con esa voracidad por la ocupación del espacio que genera fatiga y ansiedad, y a la vez, cuando el movimiento cese, hace que vuelva el hambre. El movimiento perpetuo que te mata da sentido a tu vida. No sabemos ser ascéticas: el calambre se justifica por el miedo a la invisibilidad y la consiguiente precariedad vital y económica. Yo también me siento una réplica del sistema en mis conatos de disidencia. Me salen ampollas en los pies y la hiperactividad se multiplica porque, al igual que Peya, no soy hombre blanco ni jefe de la tribu. Mi feminidad es normativa, la de Peya no, pero nos golpean los rigores de estar en el lado chungo de las brechas de desigualdad y echamos el bofe para suturarlas. Menos mal que no somos negras y nos hemos desclasado a través de la cultura y tenemos garantizado cierto nivel de subsistencia que, dañinamente, nos tapa la boca a la hora de quejarnos. Por mí y por todas mis compañeras. No podemos perder comba. Nunca seremos lo suficientemente mayores y pronto seremos demasiado viejas. Los relojes funcionan vertiginosamente y el olvido, no ya de los rostros —todos son el rostro de mi amo—, depositará una capa de polvo sobre lo que fuimos capaces de construir: es necesario satisfacer la glotonería de la maquinaria de producción y consumo que reduce a moda cualquier pretensión cultural. Simone Biles está ahí —en el modo ultraacelerado de la alta competición— y está ahí, pero peor, la camarera temporal con sus 500 euros y su darse de alta en autónomos. Están ahí igual y de una forma diferente a nosotras que seguiremos danzando, malditas y en puntas, con las zapatillas rojas apretándonos los pies.

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