Editorial
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Evitar una guerra fría con China

Frente a Pekín, Occidente debe reforzar su coordinación y su autonomía en algunos sectores estratégicos

Un hombre fotografía una pantalla que muestra un discurso de Xi Jinping en Pekín.
Un hombre fotografía una pantalla que muestra un discurso de Xi Jinping en Pekín.STR / EFE

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Un amplio frente de potencias occidentales ha señalado de forma conjunta a China esta semana por una grave campaña de ciberespionaje. El episodio da pie a algunas consideraciones acerca de la compleja relación entre el gigante asiático y las democracias liberales, afectada por tensiones que amenazan con configurar una nueva guerra fría. La inusual amplitud de la respuesta coordinada, que incluyó a EE UU, UE, OTAN, Reino Unido, Canadá, Japón y Australia, evidencia un creciente sentimiento de necesidad de unión ante una China cada vez más asertiva en la dimensión interna —represión sin contemplaciones en Hong Kong y Xinjiang— y en su proyección internacional.

El notable esfuerzo de unión, sin embargo, también muestra las grandes dificultades para fijar una posición común de Occidente. Los comunicados de denuncia exhibían formulaciones muy distintas —algunas con acusaciones muy directas a Pekín, otras más prudentes—; y no hubo ninguna reacción coordinada en términos de sanciones. Incluso con estos límites, la acción conjunta es un episodio positivo, porque está claro que en múltiples circunstancias será oportuno sumar el peso conjunto de las democracias occidentales para que ciertos mensajes lleguen más claros a Pekín. No es necesaria una uniformidad absoluta; la UE hará bien en cultivar una posición propia; pero hay que prepararse para defender ciertas líneas rojas de forma coordinada.

El pulso entre Occidente y China es diferente del que se libró con la URSS. En primer lugar, porque hay un nivel de imbricación entre ambos polos —por inversiones y comercio— mucho mayor; después, porque China parece lanzada a adquirir un nivel de potencia superior al que alcanzó la URSS. En estas circunstancias, no parece lógico mantener una actitud confrontacional o buscar un amplio desacople y el aislamiento de China. Pero sí lo es aumentar la autonomía en sectores estratégicos, frenar la adquisición de empresas en algunas áreas y, en ciertas circunstancias, hacer un esfuerzo —renunciando a ciertos matices— para que Pekín note las filas muy cerradas.

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