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Maldito verano

Cuando por fin nos quitemos el bozal que tanto nos ha aislado en pandemia, no olvidemos que, para muchos, ha cubierto también inseguridades físicas

Dos jóvenes pasean con la mascarilla puesta por la orilla de la playa de La Antilla (Huelva).
Dos jóvenes pasean con la mascarilla puesta por la orilla de la playa de La Antilla (Huelva).Julián Pérez / EFE

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Hoy he amanecido a las cinco sudando a chorro. Me había levantado a las tres, harta de dar vueltas muerta de calor en la cama, me había forrado de crema ultrarreductora efecto frío, que reducir no reduce una micra los muslos de pollo, pero te deja la carne de gallina sus casi 10 minutos, y se ve que había cogido el sueño cuando me despertó una sofoquina que ríete tú del Timanfaya de la menopausia. Pero no, no era hormonal el siroco, sino la calefacción a todo trapo. No era la primera vez que pasaba. Por lo visto, me dijo el técnico el año pasado, cuando aprietan los primeros calores, la caldera fibrila, infiere que se precisan sus servicios urgentes y se pone a todo gas ella solita. Me da que con las casas pasa igual que con los cuerpos y las enfermedades autoinmunes. Cuando estás hasta arriba del cortisol del estresazo, el organismo interpreta que te están atacando y se defiende inflamándote la úvea, las articulaciones, o las gónadas, si hace falta. Pues con la casa sucede lo mismo. De algún modo intuye la desazón de sus moradores y se rebela atascando cisternas, bloqueando puertas, fundiendo bombillas, o todo al mismo tiempo, reclamando a la fuerza el caso que no le haces.

No es casual que el motín estalle justo al empezar el verano. Ese estío de ombligos al aire y cervezas en la playa de los anuncios de la tele parece pensado para quien vive a gusto en su piel y en su alma. Para demasiados, sin embargo, el calor significa tener que quitarse capas y enfrentarse al mundo con el mismo cuerpo que les incomoda. Cuando por fin nos quitemos el bozal que tanto nos ha aislado en pandemia, no olvidemos que, para muchos, ha cubierto también vergüenzas e inseguridades físicas. Dientes regañados, granos reventones, vellos rebeldes, zonas devastadas. Por no hablar de las emocionales: anda que no ha hecho una pucheros de incógnito bajo la mascarilla de pato. Todo eso me dio por pensar anoche, asada viva y desvelada ya sin remedio. Por ahora, voy a pillar un palé de anticelulítica polar extrema. La caldera se apaga, se enciende y se resetea sola. Lo otro, me temo, es más complejo.

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