Columna
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La degradación de la libertad

No hay que imaginar mucho para saber cuánto divertiría a Javier Krahe asistir a la demostración de estulticia y desfachatez de la política que se arroga ser la defensora de la libertad

Cartel electoral de la candidatura de Isabel Díaz Ayuso en Madrid.
Cartel electoral de la candidatura de Isabel Díaz Ayuso en Madrid.Víctor Sainz
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Caminando hacia la librería en la que presentaría la biografía del músico Javier Krahe de Federico de Haro (Javier Krahe. Ni feo, ni católico, ni sentimental. Reservoir Books), iba yo viendo los autobuses y los carteles de propaganda que han llenado Madrid con la palabra Libertad y pensaba en qué diría Krahe de seguir vivo, él que fue una de las escasas personas que yo he conocido libres de verdad: libre de ambición profesional y económica, de pensamiento, de obra, hasta de compromiso con la sociedad. ¿Qué habría dicho Javier Krahe de la mujer que se autodefine con la palabra que tanto le definió a él sin que nunca la utilizara en sus canciones, que, sin embargo, eran libres por definición: “Gracias a mi conducta vagamente antisocial/ temo no verme nunca encaramado a un pedestal/ No alegrará mi efigie el censo de monumentos,/ no vendrán las palomas a rociarme de excrementos/ Y es una pena, la verdad…”?

Javier Krahe ya no está, sí sus canciones, pero tampoco hay que imaginar mucho para saber cuánto le divertiría asistir a la demostración de estulticia y desfachatez que la política que se ha arrogado ser la defensora única de la libertad de los madrileños (y de los españoles, y de los europeos, si se lo permiten) nos regala cada día en un ejercicio de autosuperación que está dejando en ridículo a todos los filósofos del siglo XXI y anteriores que han hecho de la libertad su objeto de estudio ¿Hay algo más profundo que identificar la libertad con una cerveza, idea más incuestionable que reducir la de la libertad a la improbabilidad de encontrarte por la calle con un exnovio o exnovia gracias a la cantidad de gente que vive en la misma ciudad que tú? ¿Puede alguien rebatir a esa mujer que, cuando se viene arriba y eso sucede a menudo, resume su pensamiento diciendo que la libertad es hacer lo que te da la gana, eso sí, “a la madrileña”? ¿Que qué es “a la madrileña”? La pregunta ofende: con chulería. Por eso digo que Javier Krahe hasta encontraría divertida a la autora de esas manifestaciones, que consideraría grandes hallazgos filosóficos, a la altura de los de Wittgenstein o Heidegger, incluso les pondría música y los cantaría. Puestos a ser libres, mejor tomarse a cachondeo las tonterías de los políticos que dolerse con ellas y por ellas.

Hannah Arendt, otra de las pensadoras de cabecera de la presidenta de la Comunidad de Madrid imagino, habló de la banalización del mal para referirse al nazismo, pero no seré yo quien compare esa definición de Arendt con las que de la libertad lleva haciendo tiempo la presidenta de Madrid para intentar seguir siéndolo, pues parece que los madrileños le dan la razón según las encuestas. Si la mitad de mis vecinos están de acuerdo con ella en que la libertad es poder tomar una caña en una terraza con los amigos al acabar el trabajo o pasear por la calle sin miedo a encontrarte a tu expareja es que el equivocado soy yo y lo mejor que puedo hacer es callarme. O eso o lo que haría Javier Krahe, que es apoyarse en la barra del bar y, con un whisky en la mano, recitar a Don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre…”.

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