Tribuna
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La Italia de Draghi

En plena depresión pandémica el nuevo Gobierno ha reavivado el optimismo de la inteligencia

El primer ministro de Italia, Mario Draghi.
El primer ministro de Italia, Mario Draghi.GUGLIELMO MANGIAPANE (AFP)

Vivimos tiempos extraños, en Italia y en Europa. En invierno esperábamos con fervor la primavera, su promesa de renacimiento. El cambio de estación llegó antes de lo previsto en el calendario, a finales de febrero, y descubrimos que se trataba de una primavera falsa. En marzo, el número de contagios volvió a subir, el termómetro bajó y empeoró nuestro estado de ánimo. Cuando se cumple un año exacto del primer confinamiento, tenemos la impresión de haber regresado a la casilla de salida de esta odisea sin gloria, de estar como en una de esas pesadillas en las que nos falta voz para gritar y piernas para correr, y de la que no conseguimos despertar.

En marzo de 2020 reaccionamos a la amenaza fantasma del virus con un vigor alarmado, rechazamos el peligro mortal con un repliegue adrenalínico, una actitud combativa, que incluso se traducía en momentos de calurosa conmoción colectiva (los cantos en los balcones, los aplausos para darnos ánimo, las bellas banderas al viento). Hoy, en cambio, de nuevo en el punto de partida, sufrimos un bajo nivel de energía y motivación, poca autoestima, dificultad para tomar decisiones, poca capacidad para disfrutar de la vida cotidiana. Trabajamos, pero nos resulta difícil llevar a cabo nuestras obligaciones; nos obligamos a ver a los amigos al aire libre para un saludo rápido, pero las relaciones sociales, francamente, nos resultan dolorosas; todo nos cuesta mucho esfuerzo, incluso las cosas más normales; nos sentimos desmoralizados, tristes, vacíos, desesperanzados, preocupados, indefensos, culpables, irritados y ofendidos.

Lo que acaban de leer es, palabra por palabra, la descripción científica de la distimia, un trastorno del estado de ánimo similar a la depresión, de menor gravedad pero con tendencia a hacerse crónica. Pues bien, muchos, demasiados, nos reconoceríamos en este cuadro clínico. Un año ininterrumpido de esperanzas defraudadas, de ver una y otra vez cómo se frustran las expectativas sobre el fin de la pandemia, han generado en todos un estado depresivo de baja intensidad. El miedo a que la epidemia pueda volverse endémica repercute en un estado de postración mental crónica. El golpe definitivo a nuestras esperanzas lo ha asestado la tambaleante campaña de vacunación. Por unos instantes, el extraordinario éxito de las investigaciones científicas nos entusiasmó. Un famoso arquitecto, Stefano Boeri, proyectó unos pabellones en forma de prímula, la flor que anuncia la primavera, en los que nos imaginamos una campaña de vacunaciones en masa que iba a progresar al paso glorioso de una epopeya de resurgimiento. Pero la escasez de vacunas disponibles y los numerosos errores organizativos a nivel europeo y local han transformado la promesa de la palingenesia colectiva en una prolongación de la agonía individual. Nada de prímulas. Ha vuelto el invierno de nuestro descontento.

En este clima de depresión, la investidura de Mario Draghi como presidente del Consejo de Ministros, apoyado por una amplísima coalición de partidos que hasta ayer eran rivales, ha reavivado sin duda el optimismo de la inteligencia, pero no el de la voluntad. Se temió que ceder el poder político al expresidente del BCE significara el regreso de aquella nefasta expectativa del “hombre providencial” (como dijo Benito Mussolini) que tantas veces, en el pasado e incluso en tiempos recientes, ha seducido a los italianos con la peligrosa idea de que la inextricable complejidad de la realidad podía resolverse con la llegada de un “salvador de la patria”, capaz de eliminar los problemas con un solo gesto brusco y viril. Mi opinión es que, en este caso, ese temor es infundado. Por actitud, historia e identidad, Draghi no se parece en nada al hombre providencial, por más que se le llame enfáticamente “salvador de Europa y del euro”. Afortunadamente, Draghi es el hombre competente, el hombre del saber hacer, dotado de autoridad para tratar, juzgar y resolver asuntos concretos, especialmente de carácter económico. Así lo demuestra el estilo que ha mostrado en sus primeros días: un discurso ante el Parlamento sobrio, preciso, denso, que sonó como ese proyecto de país que aguardamos en vano desde hace años; un equipo ministerial que, si no ha cumplido la promesa de un Gobierno de los “mejores”, sí es el mejor Gobierno posible dadas las circunstancias; sin proclamas, sin anuncios rimbombantes y con trabajo serio entre bastidores.

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Pero todo esto no es suficiente para levantarnos la moral, postrada por esta pandemia que no acaba. Todavía estamos en vilo, entre la esperanza y el desaliento (según un sondeo reciente, el 45% de los italianos dice estar dispuesto a afrontar con seriedad y valentía otro confinamiento total pero, por otra parte, ese es el mismo porcentaje de audiencia que han obtenido las cuatro veladas televisivas del Festival de San Remo, la eterna distracción nacional-popular de nuestro resignado país). Frente al enésimo fracaso de Europa y la ineptitud demostrada por gran parte de la clase política, no basta una fuerte inyección de competencia. Hace falta un relato. A ser posible, sobrio, preciso y veraz. Para salir del estado depresivo actual, los italianos, los europeos, necesitamos ese relato, un canto coral que nos levante el ánimo y nos dé el coraje para estar a la altura de nuestro destino común.

Antonio Scurati es escritor.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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