COLUMNA
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Apoteosis de la ignorancia

Con las realidades paralelas, regresa la prueba diabólica inquisitorial, que exige pruebas de inocencia en vez de pruebas de culpabilidad

El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen de archivo.
El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen de archivo.OLIVIER DOULIERY / AFP

Ya nos advirtió Donald Rumsfeld, el poeta de la guerra global contra el terrorismo cuando se hallaba a cargo del Pentágono. El peligro no viene de lo que sabemos, ni siquiera de lo que no sabemos, sino de las cosas desconocidas que no conocemos. Gracias a este tipo de silogismos, George W. Bush se lanzó a la guerra de Irak en 2003 en busca de unas armas de destrucción masiva que no existían, pero que bien pudieron existir. Quienes pedían las pruebas de que Sadam Hussein merecía ser derrocado y su país invadido, porque además de las peligrosas armas también se le hacía responsable de los ataques del 11-S, recibían como respuesta que eran ellos quienes debían presentar las pruebas de la inocencia del dictador iraquí.

Ahora, con Donald Trump se ha producido la apoteosis de la ignorancia como principio rector del conocimiento. No importa lo que sabemos y podemos comprobar. Lo único que importa es lo que no sabemos y no podemos comprobar. Lo demuestran sus 30.573 mentiras en cuatro años, que culminaron con la mentira más desmesurada y peligrosa sobre su inexistente victoria electoral. Es una bola que todavía cree un 70% del electorado republicano y la mayoría de sus congresistas y senadores, de forma que consideran ilegítimo al presidente Biden y obligada una revisión de las leyes electorales para limitar el derecho de voto con la excusa de un fraude masivo cuya existencia tampoco ha podido ser probada, ni en los recuentos ni en los más de 60 recursos a los tribunales.

El diagnóstico profesoral de Barack Obama es que nos encontramos ante una crisis epistemológica de proporciones épicas, puesto que nuestras sociedades son incapaces de construir un conocimiento de la realidad compartido, basado en la ciencia y en los hechos. Con la aparición de las realidades paralelas, regresa la prueba diabólica inquisitorial, que eximía a la acusación de demostrar la culpabilidad y exigía en cambio que la defensa demostrara la inocencia del reo.

En vez de dar por verdadero, aunque sea provisionalmente, solo lo que ha sido verificado, ahora, por el contrario, podemos dar por verdadero lo que solo es fruto de los prejuicios o simplemente del odio. Por ejemplo, que, mientras no se demuestra lo contrario, Trump ha ganado las elecciones o que el rey Juan Carlos estaba detrás del golpe de Estado del 23-F. Sobre esta concepción oscurantista se levantan tanto las teorías de la conspiración como el eclipse de los hechos detrás del espectáculo y de los relatos políticos.

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