Columna
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Vacunando el futuro

El milagro de las vacunas anticovid debe inspirar la lucha contra las demás enfermedades que afligen al mundo

Personal sanitario realiza las primeras vacunaciones de la vacuna AstraZeneca a farmacéuticos y fisioterapeutas en Girona, este miércoles.
Personal sanitario realiza las primeras vacunaciones de la vacuna AstraZeneca a farmacéuticos y fisioterapeutas en Girona, este miércoles.David Borrat (EFE)

Una de las principales lecciones que podemos extraer de esta pandemia trágica y cansina es que hay que vacunar el futuro. Desarrollar hasta su comercialización media docena de vacunas anticovid en apenas un año supone un hito científico sin precedentes. En eso está todo el mundo de acuerdo. Pero un corolario de este éxito es que, a partir de ahora, no podremos achacar a la incompetencia científica ni a la insuficiencia industrial la falta de remedios contra los virus emergentes que habrán de venir, ni contra las enfermedades desatendidas como la tuberculosis que hacen sufrir a los países en desarrollo desde hace décadas.

Ahora que todo el mundo conoce de primera mano el poder de la ciencia para aliviar el sufrimiento humano, la gente se preguntará: ¿y por qué esos tipos no resuelven la malaria, la tuberculosis o el sida? ¿Por qué solo se movilizan cuando una epidemia mortal afecta a Occidente? Watson, siga la pista del dinero. Sin financiación no hay ciencia.

El campo entero del desarrollo de vacunas se va a ver revolucionado por la aparición estelar de las nuevas técnicas, en particular el ARN mensajero (mRNA en sus siglas universales), que ha batido la marca de velocidad con los productos de Pfizer y Moderna. Esta tecnología es el fruto de 30 años de investigación básica, ciertamente, pero su despliegue deslumbrante en 2020 habría sido imposible sin una inyección de dinero público bastante abultada para nuestros estándares, aunque ahora es obvio que esa inyección ha sido una inversión excelente. Debida en gran parte, por cierto, a Donald Trump, el caudillo mundial del negacionismo, que puso 10.000 millones de dólares (8.000 millones de euros) en el empeño. Esta es una paradoja que deberían examinar los politólogos y los psicólogos. Pero esa es otra historia.

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El mayor inconveniente de estas vacunas de última generación es su mantenimiento, que el caso de Pfizer exige una ultracongelación a -70º que dificulta o imposibilita su distribución a los países pobres, pero las farmacéuticas ya están investigando en versiones que soporten unas temperaturas más terrenales. La propia vacuna de Moderna ha relajado esa condición a -20º, que es lo que alcanza el congelador de casa, y pronto veremos variantes que aguanten a los vulgares 4º de la clásica nevera de dominguero, o que puedan inyectarse en una sola dosis, o administrarse con un simple aerosol nasal. “Todas estas cualidades pueden ser valiosas en el desarrollo de vacunas para otras enfermedades”, dice Gavin Yamey, profesor de salud global de la Universidad de Duke, en una pieza editorial del BMJ, una publicación médica de impacto.

Es el dinero el que ha permitido el milagro al distribuir el riesgo financiero, solapar las tres fases de los ensayos y permitir la manufactura “a riesgo” (empezar a fabricar antes de la aprobación regulatoria). A ver quién se atreve a hacer eso sin un colchón de dinero público que lo respalde. Según algunos modelos matemáticos, incluso un esfuerzo financiero mundial tan modesto como mil millones de dólares adicionales al año para el desarrollo de vacunas facilitaría mucho la lucha contra la malaria, la hepatitis C y las diarreas infecciosas que afligen al mundo. Los Gobiernos deben repasar sus cuentas.

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