Columna
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El CIS, Bárcenas, y otras corrupciones

No se adivina ninguna esperanza, sin ánimo de incurrir en el infierno dantesco, más allá del 14-F

El extesorero del PP Luis Bárcenas, a su llegada a la Audiencia Nacional, el 14 de octubre de 2016.
El extesorero del PP Luis Bárcenas, a su llegada a la Audiencia Nacional, el 14 de octubre de 2016.Alvaro Garcia / EL PAÍS

Desde hace una década, la política catalana se ha convertido en un tumor para España, y el 15 de febrero el dinosaurio seguirá ahí al despertar. Sobre los males españoles, se puede uno remitir a 1713 o a la expulsión de los judíos o a las facturas de la Contrarreforma, pero en 1978 se estableció un buen proyecto constitucional que los nacionalismos han boicoteado y que la corrupción ha debilitado, de Juan Carlos I al último. Tampoco hay que deslindar una cosa y otra: el GAL ante la barbarie de la ETA, las investiduras negociadas con los tejemanejes del pujolismo hasta el procés.... Y no va a cambiar. Aunque Sánchez fantaseara con una Mesa de efectos taumatúrgicos no ha habido signos de recomposición. Si acaso, nuevas tarifas, como los indultos, y sin garantía de nada.

En algún punto, alguien debió ver la cuadratura del círculo, seguramente Redondo, y surgió el efecto Illa. Ahora el CIS trata de apuntalar su credibilidad irrumpiendo con sondeos flash en la campaña para generar un Bandwagon Effect o Efecto Arrastre, aunque quizá mejor traducirlo Efecto Subirse al Carro, porque se trata de tentar al votante con la promesa de unirse al proyecto ganador. Paradójicamente el término surgió de la carroza de Dan Rice, un payaso circense profesional al servicio de Lincoln; y Tezanos sin duda se proponía recuperar el recurso. Difícilmente romperá el bloquismo de una sociedad fracturada.

Después de 2017, nada sugiere que pueda haber un hito que altere el tablero bajo la frustración pandémica; tampoco la confesión de Bárcenas. El PP, un actor muy secundario en el frente catalán, se financiaba de modo irregular, pero esta aluminosis estructural que Fraga admitió en los ochenta ya sacudió primero el PSOE con sus Filesas, después a CiU arrastrando al pujolismo con el pecado original de Banca Catalana, y después al PP una vez con el BOE en su poder. Resulta irónico ver a Rufián dar lecciones a los grandes partidos, como Esperanza Aguirre cuando se presentaba como embajadora de la decencia en el agujero negro de Madrid, mientras ERC acaba de fumar otra vez la pipa de la paz con JxCat, 24 horas después de arrojarse la corrupción a la cara, para volver a los pactos tácitos del oasis, léase ciénaga del 3%.

El Efecto Illa se prestaba a la fantasía ilusionante de alterar el tablero, pero pinta a que el desenlace sea un Defecto Illa: bloque indepe dominante y primer partido de la oposición desarmado al necesitar a ERC en Madrid, con la complicidad de Podemos/Podem siempre del lado del procesismo. Más allá, C’s se pincha, al Partido Popular le aguarda un calendario penal tremendo tras el ventilador de Bárcenas —nada nuevo, pero vaya cóctel de caja b, sobresueldos, adjudicaciones, mordidas, cloacas...— mientras Vox, por más que Sánchez elogie impúdicamente su sentido de Estado, tensa las costuras. No se adivina ninguna esperanza, sin ánimo de incurrir en el infierno dantesco, más allá del 14-F.

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