Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Dónde reside el mal

La democracia es buena, la violencia es mala, la violencia contra la democracia es particularmente mala, y Trump es responsable de ella

Los partidarios del presidente Donald Trump escalan el muro oeste del Capitolio de los Estados Unidos.
Los partidarios del presidente Donald Trump escalan el muro oeste del Capitolio de los Estados Unidos.Jose Luis Magana (AP)

La democracia es buena (o, al menos, mejor que las alternativas conocidas). La violencia es mala. Y la violencia contra la democracia es particularmente mala.

¿Quién está en desacuerdo con esas afirmaciones? Poca gente, imagino. Habrá peros, excepciones, pero por regla general el párrafo anterior describe una posición de consenso.

Entonces, ¿por qué una mayoría de los votantes republicanos no considera adecuada la censura, la destitución, de Donald Trump tras la invasión del Capitolio de la pasada semana animada por él y los suyos? ¿Acaso niegan la democracia? ¿Abrazan la violencia como método ideal de resolución de conflictos? ¿Millones de estadounidenses?

En este punto, la división partidista ya no está definida por un reconocimiento de opiniones distintas en un espectro. No. Aquí no hay desacuerdo en lo esencialmente malo (violencia, autoritarismo) o bueno (democracia, no violencia). Lo que hay es una atribución cruzada de qué bando representa lo bueno, y qué bando encarna lo malo. Si hay millones de votantes reticentes a condenar a Trump es porque creen real, genuinamente que la alternativa (el Gobierno de Biden) es, será, peor. Que la violencia y el autoritarismo llegarán de ese otro lado.

Podría parecer que esto hace las cosas más fáciles: solo hay que convencer con hechos. Pero ni siquiera un ataque violento a la sede de la soberanía del pueblo lo ha logrado. Al menos no por ahora: en el debate de la Cámara de Representantes, muchos congresistas republicanos defendieron que la censura presidencial sólo llevaría a “más división”.

Pero si la división está basada en una percepción antagónica de dónde está el bien y el mal, y si voces reconocidas de uno de los dos lados modifican su posición al respecto, admitiendo que el mal habita en su lado, eso no producirá más división. Al contrario: es probablemente la única vía de vuelta al consenso. El acuerdo, el reencuentro sin peros, sin cinismos, sobre qué y dónde reside el mal. Algo como lo que ha hecho la representante (republicana, conservadora) Liz Cheney, al decir que “el Presidente pudo intervenir y no lo hizo” y que “nunca ha habido una traición más grande por parte de un presidente a su puesto y su juramento a la Constitución”. En otras palabras: la democracia es buena, la violencia es mala, la violencia contra la democracia es particularmente mala, y Trump es responsable de ella. Ya está. @jorgegalindo

Inicia sesión para seguir leyendo

Sólo con tener una cuenta ya puedes leer este artículo, es gratis

Gracias por leer EL PAÍS

Sobre la firma

Jorge Galindo

Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS