Columna
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La conversión de Casado

El líder del PP tiene que dar la batalla ideológica para arrastrar a buena parte de los electores de los partidos que ocupan el espacio de la derecha y, en consecuencia, forzar a Vox y a Ciudadanos a ponerse a remolque

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, durante su discurso en el Comité Ejecutivo Nacional de su partido.
El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, durante su discurso en el Comité Ejecutivo Nacional de su partido.DAVID MUDARRA (EFE)

Dicen las crónicas que el martes, mientras los estadounidenses votaban, Pablo Casado en un discurso ante el Comité Ejecutivo Nacional del partido repitió 24 veces la palabra centro. Y es interesante que lo que algunos llaman la rectificación de Casado llegue precisamente el día en que el electorado americano levanta acta de la profunda división de un país, que vuelve regularmente a sus fantasmas históricos. Mientras en América gana la confrontación (recargada por la capacidad de disolución de la convivencia que caracteriza el liderazgo de Trump), el PP dice que abandona esta estrategia que le había alineado con Vox por el principio de que con la repetición la letra entra. Digamos 24 veces centro y ya somos centro.

¿Pero qué es el centro? ¿Cómo convertir un lugar geométrico en un concepto político? La idea de derecha tiene acumulado cierto contenido ideológico, con varias decantaciones, y lo mismo puede decirse de la idea de izquierda. Por deducción, el centro es el espacio intermedio entre ellas. Y de él se acuerdan siempre la derecha y la izquierda cuando se encuentran en dificultades. El viejo Mitterrand lo tenía claro: el centro no existe, haz el pleno de los tuyos y se te dará por añadidura. Porque en realidad el centro es pura melancolía: el sueño de la hegemonía perdida que te permitió ganar.

Si quiere el centro, Casado tiene que dar la batalla ideológica para arrastrar a buena parte de los electores de los partidos que ocupan el espacio de la derecha y, en consecuencia, forzar a Vox y a Ciudadanos a ponerse a remolque. La sociedad está ganando en complejidad y el simplismo bipartidista ha decaído porque no basta con dos voces para representarla. Por esta lógica, Pedro Sánchez ha tenido que buscar la alianza con el resto de la izquierda y formar el primer gobierno de coalición de la democracia, a pesar de que el también tuvo su fantasía centrista, intentando arrastrar a Ciudadanos a su causa. Resultado: Sánchez gobierna, Ciudadanos palidece en tierra de nadie.

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Casado ha intentado reunir al conjunto de la derecha forjando unas alianzas que le han dado una imagen de debilidad y acomplejamiento. Ahora pretende marcar distancias con sus socios con la ilusión de vaciarlos. Con los vientos que corren, en un clima creciente de crisis social y psicológica, creer que sólo repitiendo la palabra centro se conquistará el cielo tiene algo de infantilismo.

Y un riesgo añadido: que en su propia casa algún aprendiz de brujo, por ejemplo Ayuso, forje la alternativa para el despotismo postdemocrático que crece alarmante en Europa y sale reforzado de la pelea americana. Para hegemonizar el espacio de la derecha hay que tener un proyecto diferenciado. Y aportar la credibilidad que no tiene quien, de un día para otro, pasa de mirar embaucado a Abascal a girarle la cara. Reducir la política a una consigna es el grado cero de la democracia.

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