Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El bien también hace el mal

Puede que tengas razón, pero la pierdes cuando quieres jugar solo bajo tus reglas y tus trampas

Un hombre mira la obra del artista Christian Guemy en homenaje a los miembros de 'Charlie Hebdo' asesinados por los hermanos Kouachi en 2015, en París el pasado 2 de septiembre de 2020.
Un hombre mira la obra del artista Christian Guemy en homenaje a los miembros de 'Charlie Hebdo' asesinados por los hermanos Kouachi en 2015, en París el pasado 2 de septiembre de 2020.Michel Euler (AP)

Es una lástima que en España apenas tenga seguimiento el juicio contra los participantes en el crimen brutal contra la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo Deberíamos reflexionar sobre nuestra desconexión del mundo a través de la obsesión por nuestro país propio. Esta semana me molesté en detectar el momento en el que se daba en un noticiario televisivo la primera información internacional. Minuto 34. Y el repaso se extendió a lo largo de tan solo tres minutos. Por ese camino no vamos bien. Una de las frustraciones españolas es que carecemos cada vez más de perspectiva, andamos con la cabeza baja, fija la mirada en nuestros propios pies e incluso ombligos. Pero el juicio en París tiene una relevancia notable, sobre todo para constatar, como lo han hecho algunas de las víctimas supervivientes del atentado, la derrota de la causa noble de la libertad de expresión. Los asesinos habrían logrado su objetivo si al final de este proceso más y más gente sigue convencida de que la ofensa a los sentimientos propios es inadmisible en un Estado democrático. El debate es de envergadura y no se presta a soluciones facilonas.

A menudo surgen voces que se preguntan si la libertad de expresión está limitada en nuestro tiempo. En mi opinión, la gran diferencia con otros tiempos es que hoy en día los transgresores, los malditos y los satíricos pretenden ser atrevidos y enfrentarse a las opiniones dominantes, pero sin renunciar a hacerse ricos y populares. A la gente le sorprende que grandes empresas y subvenciones gubernativas excluyan los discursos problemáticos de sus nóminas, pero esto ha sido siempre así. La primera tarea de quien se enfrenta a los valores impuestos es asumir el coste de la independencia personal. Quien se burla de lo sagrado es un ventajista si encima pretende ganarse el aplauso general y engordar su cuenta corriente. Es precisamente su insistencia en elegir el camino difícil la que le ganará el respeto. A los caricaturistas del Charlie los tenemos que alabar porque fueron valientes, porque fueron irreverentes y porque contribuían a estirar las gomas que limitan el ring donde se disputa la vida en democracia. Abandonarlos ahora al apabullante discurso infame del “ellos se lo buscaron” da pena y delata el mal estado de salud de nuestro instinto de defensa de la libertad.

Todo esto se inscribe en un ambiente de censura impuesta en nombre de las buenas causas. Como represento al bien tengo derecho a exigir que se silencie todo aquello que me contradice. De esa estúpida actitud surgen los liderazgos más ramplones del populismo, al menos aparentan atreverse a pelear contra esa consigna. Cederles ese honroso lugar de bocazas, inmorales e incendiarios es cederles el lugar que antes ocupaban los talentos más rupturistas y visionarios. No es fácil aceptar la contradicción esencial de la democracia, que consiste en dejar expresarse a la disidencia, el mal gusto, la falta de delicadeza, la vulgaridad y hasta la mentira. Es precisamente ese el reto de la inteligencia libre, que no le tiene miedo a enfrentarse a nada. El puritanismo, que por desgracia ha invadido a cierta izquierda sin madurez para afrontar un mundo hostil, es la renuncia a jugar al juego de la libertad sin ir montado en el caballito de la pureza. Puede que tengas razón, pero la pierdes cuando quieres jugar solo bajo tus reglas y tus trampas. Dios salve a la blasfemia.

Inicia sesión para seguir leyendo

Sólo con tener una cuenta ya puedes leer este artículo, es gratis

Gracias por leer EL PAÍS

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción