Opinión
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Recalibrar la mirada

Con las mascarillas obligatorias, cubierto el rostro salvo los ojos, nos hemos convertido en pura mirada. Es un momento oportuno para enfocar aquello que queremos defender

DEL HAMBRE

Este virus que ataca nuestros pulmones ha agravado la sensación de asfixia. Al calentamiento global, que ya había disparado todas las alarmas, se suman una economía necesitada de respiradores, los duelos reprimidos y los proyectos paralizados. Pienso en esto en la calle de Arimon de Barcelona, junto a un árbol singular cuyas ramas crean un espacio umbrío que alivia el bochorno. Se trata del azufaifo bicentenario que la escritora Isabel Núñez logró salvar, en 2007, ante la vorágine urbanística de esta ciudad “nerviosa”, como la calificó Enrique Vila-Matas. Su refrescante sombra, apreciada ya con cierta perspectiva covídica, es un recordatorio de que luchar por un árbol no es un capricho. Su tala indiscriminada, confirman los estudios, aumenta el riesgo de epidemias.

El gesto de Núñez me trae a la memoria a Chéjov que, como médico, bregó con el tifus o el cólera. A finales del siglo XIX, advertía de las consecuencias de destruir el medio ambiente. El médico rural Astrov, personaje de El tío Vania que trasiega mapas donde ha señalado bosques y proyectado reforestaciones, cree en el bienestar que aportan a la humanidad: “Cuando paso junto a las arboledas que he salvado del hacha, o escucho el susurro del bosque que planté con mis manos, me doy cuenta de que el clima también depende de mí, y que, si dentro de mil años, la gente es feliz, también tendré mi parte en ello”, La lucidez de Astrov está en su capacidad de pensar a largo plazo, más allá de sí mismo.

Después de pasar el confinamiento en Polonia, regresé por carretera a Barcelona. En mi viaje me topé con varios árboles con los que se había establecido una relación especial y opuesta entre sí. Cerca de Weimar, cuna del clasicismo alemán y de la Bauhaus, en una explanada rodeada de alambre de espino donde antaño hubo un hayedo, se extienden los restos del campo de Buchenwald. Cuando lo construyeron, indultaron al roble junto al cual, decían, Goethe había escrito varias obras, aunque luego le dieron un uso macabro con los presos. De él solo queda el tocón. Después, en la Borgoña, vi el paisaje de Issy-l'Évêque, refugio fallido de Némirovsky, donde escribió Suite francesa y su biografía de Chéjov. La imaginé: Irène, 38 años, sentada sobre un jersey en el bosque, su lugar preferido para escribir. La estrella amarilla en la ropa. En el bolso, una naranja y un tomo de Anna Karénina.

Con las mascarillas obligatorias, cubierto el rostro salvo los ojos, nos hemos convertido en pura mirada. Es un momento oportuno para recalibrarla. Para enfocar aquello que queremos defender, a veces tan insignificante —en apariencia— como la sombra de un árbol.

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