Editorial
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Difícil parto

El coste de aplazar el plan para recuperar la economía de la UE sería enorme

Pedro Sánchez, junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, el presidente francés Emmanuel Macron y la canciller alemana Angela Merkel en la cumbre de la UE.
Pedro Sánchez, junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, el presidente francés Emmanuel Macron y la canciller alemana Angela Merkel en la cumbre de la UE.Twitter Pedro Sánchez / EFE

Tres días continuados de cumbre monográfica europea, con múltiples bloqueos, dan expresiva cuenta de las enormes dificultades para el acuerdo sobre el plan de recuperación económica de la Unión Europea (UE) orientado a combatir la fase recesiva de la pospandemia. Los obstáculos no solo aparecían como subjetivos, por las distintas tradiciones y orientaciones políticas (y de cultura económica) de los 27 Estados miembros, sino también debidos a un factor objetivo: la extraordinaria e inédita ambición del paquete financiero elaborado por la Comisión —solo comparable a la fundación de la Europa comunitaria y a la creación del euro—, y sujeta a la aprobación de los líderes nacionales.

Esa ambición está cuantificada. El tamaño del paquete estaba inicialmente establecido en 750.000 millones de euros que, al incorporarse al presupuesto septenal común, prácticamente lo duplicarían, desde el 1% del PIB europeo hasta cerca del 2%. No existen muchos precedentes de un salto así en la historia de las haciendas públicas: si acaso, en etapas de conflagración bélica. También es rupturista el modo de financiación previsto, mediante el recurso al endeudamiento mancomunado en los mercados —desiderátum federalista que influyentes socios siempre rechazaron— gestionado por un organismo comunitario, la Comisión, y la posterior amortización de los eurobonos con la recaudación de nuevos impuestos.

Por eso y por otros factores (la preeminencia de los subsidios sobre los préstamos) entraba dentro de la lógica que países satisfechos con lo que obtienen de la vida comunitaria y temerosos de adquirir más compromisos recelasen de su arquitectura y dimensión. Mirar al pasado a veces consuela, pero no afrontar un futuro lleno de dificultades para todos preludia penalidades.

Lo que desborda la lógica de la reticencia y de la búsqueda de garantías o compensaciones es la táctica negociadora del primer ministro holandés —a veces encabezando un grupo de Gobiernos halcones autodenominados frugales—, tan paralizadora como la registrada hace decenios por la británica Margaret Thatcher. Empezó discutiendo el sistema de gobernanza del plan, y proponiendo el derecho al veto de un solo Gobierno (aprobar los planes nacionales por unanimidad), lo que en principio está excluido, pues la base jurídica del proyecto concreto de recuperación es el artículo 122 del Tratado, que opera mediante el voto por mayoría cualificada.

Pero si el obstáculo parecía ser la gobernanza, una vez semiencauzado el asunto, afloró el del tamaño del paquete, y el de su reparto entre subsidios y créditos, que parecía implícitamente aceptado. Esa sorpresiva técnica negociadora conocida en Bruselas como la del corte del salchichón suele abusar de la confianza y lealtad del resto de socios. Es lo que ha estado sucediendo en esta cumbre. Adicionalmente fraguaba en ella la fragmentación por bloques de países afines, que nunca fue tan sonora.

Así que el pacto aparecía costoso, y parcialmente insatisfactorio para todos. Pero era imperativa la conciencia de que los costes del no pacto serían mucho más onerosos. Podría alcanzar a dinamitar la integridad del mercado interior europeo, del que los pequeños países que se pretenden frugales extraen los máximos beneficios, dada la estrechez de su mercado nacional propio. Hasta la tardanza en alcanzarlo sería enormemente perjudicial, para la confianza de las poblaciones más dañadas, como signo de la debilidad europea ante los mercados (en parte disipadas por las declaraciones simultáneas de Christine Lagarde), y por la eventualidad de que nuevas oleadas del coronavirus impidan otras cumbres presenciales.

En todo caso, el reemplazo de Londres por La Haya como agente paralizante de los proyectos comunes revela que el problema en la toma de decisiones de la UE no se focaliza en una u otra capital: siempre hay alguna dispuesta a desempeñar el rol de polizón (free rider). El problema es que debe eliminarse por completo el método de la unanimidad —que rige para el presupuesto— porque da pie a vetos, chantajes y compensaciones espurias. EE UU dio cumplido ejemplo de ello al relegar a mayoría absoluta el sistema de votación incluso para las cuestiones constitucionales. Hace siglo y medio.



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