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Nadia: las lecciones

Nada de buscar desquites, sino “mirar hacia delante”, como reclamó ella misma, elegante, al minuto del revés

La ministra española de Economía, Nadia Calviño, durante una reunión del Comité de Asuntos Económicos y Monetarios celebrada en el Parlamento Europeo en Bruselas (Bélgica), el pasado martes.
La ministra española de Economía, Nadia Calviño, durante una reunión del Comité de Asuntos Económicos y Monetarios celebrada en el Parlamento Europeo en Bruselas (Bélgica), el pasado martes.STEPHANIE LECOCQ / EFE

El intento de los españoles y de los demás europeos más europeístas de colocar a la candidata de perfil más adecuado, la vicepresidenta Nadia Calviño, como líder del Eurogrupo —los ministros económicos de la zona euro— fue fallido. Pero no añadamos insensateces al contratiempo. Nada de buscar desquites, sino “mirar hacia delante”, como reclamó ella misma, elegante, al minuto del revés. Nada de politiquerías, como el retruécano del PP culpando del fracaso a un fiasco del Gobierno español, cuando fue el resultado de la mayoría relativa contraria de ministros del PPE. Nada de jeremiadas.

La candidatura de Nadia no ha sido estéril. Con ella hemos aprendido lecciones de cosas útiles. Como estas:

Hay que acabar con el secretismo del Eurogrupo, por vías institucionales, si conviene empezando por acuerdos prácticos. Es insólito que los ciudadanos desconozcan el destino del voto que han delegado en sus ministros para una decisión tan clave como la presidencia del consejo de ministros más influyente de la Unión. La arquitectura institucional de este consejo es monstruosa. Está formalizado en el tratado (artículo 137 del TFUE y Protocolo 14). Pero como un ente que mantiene reuniones ¡de “carácter informal”!

Hay que acabar con la brutal desigualdad de género. De los 19 ministros solo una es mujer, Nadia Calviño. Este déficit tiene que ver con la pléyade de pequeños países, y además de la última ampliación (orientales y bálticos): en un conjunto mayor suele ser más fácil pactar cremalleras de género, salvo si la tradición igualitaria y la profundidad democrática corrigen —sucede, como excepción, en algunos países escandinavos— la inercia.

Hay que acabar con la excesiva sobrerrepresentación de los Estados menos poblados y de economía menos relevante: esta ha sido en este caso de cuatro a uno (países que suponen el 20% del PIB europeo han impuesto su candidato a quienes ostentan el 80%). En otras instituciones va mejor. Como en el Consejo normal y en el Consejo Europeo. Es frecuente ahí el voto por mayoría cualificada. Cuando votan una propuesta de la Comisión, esa mayoría cualificada debe cumplir dos condiciones: mayoría de Estados (el 55% de ellos debe votar a favor, 15 de 27) y de ciudadanos, deben representar al menos el 65% de la población total. Y una minoría de bloqueo solo se fragua con cuatro Gobiernos que representen el 35% de la población europea.

Es más democrático.

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