Columna
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Y lo contagioso era la risa

Hace un año estábamos amontonados en toda nuestra imperfecta humanidad, fluía la saliva por los aires, el sudor, dejábamos nuestras huellas sobre las superficies de la vida callejera

Vista del interior de un bar en Madrid en marzo de 2018.
Vista del interior de un bar en Madrid en marzo de 2018.santi burgos

El señor Facebook, siempre dispuesto a manipular los sentimientos de sus usuarios, me mandó hace unos días un foto-recuerdo del pasado mayo. En él, aparezco con unos amigos, todos sujetando un mantón de Manila que vestí para leer el pregón isidril en el balcón del viejo Ayuntamiento de Madrid. Con la distorsión del tiempo y el espacio que nos ha provocado el confinamiento hubiera dicho que la foto era si no de otro siglo, al menos de otro mundo. Pero solo hace un año. Hace un año tocábamos 10 personas el mismo mantón. El pueblo soberano estaba ahí abajo, tan cerca como los paisanos de Villar del Río en Bienvenido Mr. Marshall. Algunos de ellos esperaron a que bajara después del discurso a darme dos besos y zarandearme un poco. Y así fue. Aquello parecía la verbena de un pueblo e intercambié gotículas de nariz y boca con afectuosos desconocidos. No se bailó, porque no había orquesta ni chotis ni ladrillo, pero se estuvo en un tris. Como sé pensar dos cosas a la vez, mientras leía mi discurso no dejaba de tener presente al amigo Marías, que pudiera estar en el balcón de enfrente. Lo leí deprisa, créanme, por hacerle al hombre más corto el trance. Como digo, luego bajamos a la calle, y tras los abrazos de rigor, vino el amontonamiento con los amigos. Entramos a un bar de los de barra de zinc y, por supuesto, sin lavarnos las manos tomamos unas tapas y compartimos montadito, de mi mano a tu boca. Mientras el camarero te tiraba la siguiente caña dabas un sorbo a la de tu amigo dejándole un rastro de pintalabios en el cerco, como un beso. Y nos daba la risa, hace un año. De nuestra boca ya no salían gotículas sino perdigones, una palabra más precisa para el mundo tabernario, proyectados hacia la cara de nuestros seres queridos, y nos chupábamos los dedos si en ellos quedaba un rastro del tomate peleón de las patatas bravas; luego apoyábamos las manos en la barra para auparnos y pedir otra ración. Hace un año todos apoyábamos las manos en el zinc o en el mármol, como si estuviéramos a punto de saltar al otro lado, porque cuando un vaso se queda sin cerveza siente el cliente un vacío, una desesperación, pensando en cuándo será que el camarero tenga a bien concedernos la siguiente. La cerveza, esa que rasca la garganta cuando está bien tirada, la cerveza, alegre y diurética, que obliga a un paseíllo continuo a los servicios. Las mujeres haciendo la sentadilla (para algo hacemos pilates) en una taza impregnada de gotas, y murmurando, “luego dicen, pero qué marranas pueden ser las tías”. Hace un año nos lavábamos las manos tras la micción, claro, pero como no había nada para secarlas salíamos del baño agitándolas contra el aire. Hace un año estábamos amontonados en toda nuestra imperfecta humanidad, fluía la saliva por los aires, el sudor, dejábamos nuestras huellas sobre las superficies de la vida callejera. Zascandilear era el verbo que mejor definía nuestra diversión, andábamos de un lado a otro, improvisando, tocándonos la cara más de lo que creíamos, sin necesidad de pensar en el otro o en uno mismo como un agente infeccioso. Y cuando el alcohol golpeaba nuestro cerebro y lo rendía al gregarismo nos entregábamos al abrazo propio de la exaltación espiritosa de la amistad. Volvíamos a casa infectados y flotantes, enfrentándonos de pronto al mareo existencial. Y tirándonos a la cama con un, ufff, murmurábamos, ya si eso mañana me ducho.

Un año tan solo. Ay. Creo que esta disciplina higiénica y artificiosa solo podrá mantenerse un tiempo limitado, porque la solución no está, a largo plazo, en eliminar el gregarismo ni en reducir la espontaneidad. Sería una trampa. Lo que hay que cambiar de raíz es un sistema abusivo y temerario con el medio ambiente. Para poder volver a las andadas, esas andadas nocturnas en las que lo más contagioso era la risa.

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