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Cristina Rivera Garza: “Somos una persona en un idioma y otra persona en otro”

La escritora mexicana publica ‘Me llamo cuerpo que no está’, una obra de cinco volúmenes que reúne su poesía completa, producida durante casi 20 años

Cristina Rivera Garza en Ciudad de México el 22 de junio del 2023.
Cristina Rivera Garza en Ciudad de México el 22 de junio del 2023.Aggi Garduño
Elena San José

Cristina Rivera Garza (Tamaulipas, 58 años) se ha adentrado en todos los géneros literarios y de todos ellos ha salido triunfante. Ha explorado el cuento, la novela y el ensayo, pero pocos saben que su primera incursión fue en poesía, “hace miles de años”, cuando ganó un concurso que organizaba la revista mexicana Punto de partida. Aunque es su lado menos conocido, la reconocida escritora cuenta con casi 20 años de producción poética que ahora reúne en un mismo volumen bajo el título Me llamo cuerpo que no está (Random House). “Los narradores necesitamos leer poesía continuamente. Ahí hay una tensión muy importante para el proceso de escritura”, reconoce Rivera Garza, que recibe a EL PAÍS en las oficinas de la editorial.

Este compendio de cinco libros son para la narradora los “rayos x” de los textos de ficción que fue publicando simultáneamente; una especie de cara b de la cinta. Hay ciertas continuidades: cuerpos que enferman, cuerpos que desaparecen en un México que sigue matando a sus mujeres. Con el paso de los años, sin embargo, se van transformando otros aspectos de su poesía, y va incorporando nuevos elementos: versos cercenados como un miembro del cuerpo; poemas que son entradas en un blog, telegramas, tuits; definiciones de Wikipedia y diagnósticos médicos que adquieren una dimensión lírica bajo su mirada delicada.

Pero estos poemas fueron también, y ahora se da cuenta de ello, uno de sus intentos por contar la historia del feminicidio de su hermana, plasmado en su novela El invencible verano de Liliana (Random House, 2021), que le valió el premio Xavier Villaurrutia. La recién electa como nuevo miembro del Colegio Nacional aún no ha decidido qué explorará a partir de ahora, pero en su cabeza rondan todas esas chicas que, a pesar de todo, consiguieron sobrevivir.

Pregunta. Ha explorado muchos géneros antes de este. ¿Qué le ofrece la poesía que no encuentre en los demás?

Respuesta. Gran parte de lo que he estado haciendo estos años se encuentra entre los géneros, cuestionando la misma idea de género. Pero lo cierto es que este libro estará en un estante en una librería donde dice poesía. Y, una vez que pienso en eso, una de las definiciones que más me gustan viene de una autora norteamericana que se llama Lyn Hejinian, que argumentaba que la poesía es el lenguaje con el que investigamos el lenguaje. Es una definición que me abre muchos caminos, que me deja pensando muchas cosas y que no la reduce a una o dos cosas específicas, sino que la abre al mundo.

P. Una especie de viaje a los orígenes.

R. Una exploración, ciertamente. Pero, habiendo dicho eso, digamos que eso también se hace cuando estamos escribiendo novelas, ¿no? No nada más estás contando una historia. Por lo menos el tipo de narrativa que a mí me interesa es también un proceso de exploración de lo que el lenguaje es y de cómo nos interviene.

P. Hay ciertas temáticas recurrentes en todos los volúmenes, como el cuerpo, el género, la enfermedad o la violencia. ¿Qué es lo que le obsesiona de ellas?

R. Te obsesionas porque no lo puedes ver, ¿no? Regresas a cosas que están fuera de tu conciencia. Y, por eso, ver todos estos libros juntos ha sido un poco sorprendente para mí. Veo que hay cosas que he estado siguiendo como un sabueso. Y yo creo que esta cuestión de habitar un cuerpo ha sido definitivamente un enigma lo suficientemente poderoso para regresar a ello una y otra vez de formas muy distintas.

P. El título que ha elegido habla de su ausencia. ¿Cómo se piensa y se nombra aquello que no está?

R. Creo que la escritura tiene mucho que ver con esta distancia. Es una tecnología que nos ayuda a atravesar la distancia, pero para atravesarla tienes que reconocer que existe. La escritura presupone ese cuerpo que no está. Pero, claro, estos poemas también están muy atravesados por la mal llamada guerra contra el narco y con el proceso a través del cual este país se ha ido convirtiendo en una fosa común enorme, con una violencia que nos sigue atacando hoy.

P. ¿Es también la poesía un campo de batalla político?

R. Cuando estamos trabajando con el lenguaje, estamos trabajando con la historia, con toda la experiencia que viene ya cargando y que arma ese lenguaje en sí mismo. Entonces, quieras o no, estamos dirimiendo batallas propias y ajenas. A mí me gusta pensar en la poesía como un campo abierto y alerta a su presente, que se deja atravesar por tecnologías, energías, preocupaciones, conflictos.

P. Precisamente varios de sus poemas están elaborados con una máquina que mezcla textos de distintas personas. ¿Puede la tecnología hacer poesía?

R. Fíjate que yo creo que la escritura siempre ha estado cerca de la tecnología. Un lápiz y un papel son tecnología, una tecnología específica, pero lo es. Concepciones más tradicionales de la escritura nos la pintan un poco como si fuera algo que ocurre en tu cabeza y que baja y se plasma en la página, como si no hubiera mediación entre una cosa y otra. Y yo creo que la escritura no la hacemos con la cabeza, sino con el cuerpo. Me interesó mucho en su momento esto que apareció, que eran máquinas cortadoras de lenguaje que volvían visible decisiones que siempre tomamos cuando escribimos. Estamos siempre escribiendo con otros, y esos otros a veces son humanos, a veces son la tradición dentro de la que estamos escribiendo y a veces son no-humanos, como estas máquinas.

La escritora mexicana Cristina Rivera Garza.
La escritora mexicana Cristina Rivera Garza.Aggi Garduño

P. Hace una reivindicación de la escritura como práctica colectiva y utiliza un término muy interesante que es el de la imaginación pública. ¿Cómo lo explicaría?

R. Los tres primeros libros, que se publicaron con el título Los textos del yo, son poemarios que, si los lees sin esta discusión, pareciera que son confesiones, que son la verdad, la neta del planeta, sobre ti. Los quise reunir primero bajo ese título un poco como este guiño irónico. Eso que ya es una preocupación ahí, pasados los años, en La imaginación pública, el primer poema es un párrafo de un artículo que me ha impactado mucho de la teórica argentina Josefina Ludmer, en el que menciona esta cuestión. Cuando estamos escribiendo, no estamos solo expresándonos, hay un proceso de producción que va más allá. Y, si estamos utilizando este lenguaje de muchos, formamos parte de una imaginación que no puede ser individual, sino que es plural.

P. En el texto que cita de Josefina Ludmer dice que no le importa si su escritura es o no literatura, o si es o no ficción. ¿Qué le importa?

R. Parte de la argumentación de Ludmer tenía que ver con lo que ella considera que fue el siglo XX, literariamente hablando: una etapa en la que la literatura gustaba de pensarse a sí misma como un campo autónomo que tenía sus propias reglas. Y decía, bueno, no es cierto. Para empezar, la realidad no es la realidad, también está atravesada por la ficción. Esa idea me interesó mucho, y pone en cuestión cómo valoramos lo literario. A este tipo de escrituras, como las podemos medir es en su capacidad de producir presente.

P. ¿Y eso qué implica?

R. Yo diría que su capacidad de interlocución, su capacidad de afectar el medio donde aparecen.

P. En alguna ocasión ha dicho que todos los libros anteriores la habían preparado para escribir el libro sobre el feminicidio de su hermana. Ahora que ya lo ha escrito, ¿el duelo sigue siendo un motor para su escritura o siente que ha cerrado un capítulo?

R. El duelo yo creo que no cierra, especialmente cuando hay una cuestión de impunidad. La impunidad mantiene una actitud vigilante y una herida muy abierta. Pero lo que sí hace la escritura, creo, o al menos lo que me queda a mí de esta experiencia que ha sido sorpresiva y enorme, es que el duelo se transforma en algo social que se parece más a la activación de la que hablábamos, a esa capacidad de producir realidad. Yo no había pensado que este libro de poemas iba a ser el que siguiera a la publicación del libro de mi hermana, pero me ha gustado mucho el salto de uno a otro.

P. Esta recopilación abarca algo menos de 20 años de escritura, pero termina en 2015. ¿Ha vuelto a escribir poesía desde entonces?

R. Conforme he ido escribiendo libros más colindantes, la urgencia de llamarle a algo poesía ha ido disminuyendo. Sin embargo, hace un par de meses, alguien me preguntó si tenía algún poema inédito para publicar, y dije que no. Y después me quedé con eso en la cabeza. Regresé a mi casa y me puse a buscar en mi computadora, y encontré un archivo de poemas. Y pensé, wow, de dónde salió esto.

P. ¿Ha redescubierto algo en ellos después de haberlos olvidado?

R. Primero, descubrirlos así, en sí mismos, porque son muchos y algunos de ellos están escritos en inglés también. No tenía una memoria tan clara de ese proceso, y muchos de ellos corresponden a mi experiencia como migrante en Estados Unidos. Algo de lo que de manera directa he escrito muy poco en español.

P. El propio tema te pide contarlo en uno u otro idioma.

R. Uno es una persona en un idioma y otra persona en otro, ¿no? Y también hay cosas que te das permiso de hacer en un idioma y que no te das permiso de hacer en otro. Yo he vivido muchos años en Estados Unidos, pero lo que no he hecho es publicar lo que he escrito en otro idioma. Soy como una escritora bilingüe de clóset [ríe].

P. ¿Le da más pudor escribir en un segundo idioma, o contar experiencias íntimas en su lengua materna?

R. Hay una autora canadiense que se llama Anne Michaels, que tiene una novela que se llama Piezas en fuga, y ahí tiene un personaje que crece hablando alemán y termina escribiendo en inglés. Una de las cosas que él dice y que para mí fue muy revelador es la gran libertad que le daba la segunda lengua. Se centraba en poder hablar de experiencias que había vivido en otra lengua, porque las experiencias eran demasiado cercanas y dolorosas. Yo siempre había pensado, erróneamente, que la segunda lengua me limitaba. Decía, nunca voy a tener el nivel de dominio que tengo en la lengua materna. Entonces me di cuenta de que escribir no es una cuestión de dominio, sino todo lo contrario. Y con esta idea empecé a escribir mucho más en inglés.

P. Como cuando nos abrimos con un desconocido antes que con un amigo.

R. Puede ser, exactamente. Hay cosas que no puedo escribir en español porque son muy pesadas. De hecho, en el libro de Liliana, el proceso fue escribirlo en español y en inglés. En febrero salió la edición en inglés, y no lo puedo presentar como una traducción porque realmente es una versión que también es original. Esa relación emocional distinta se resuelve estéticamente también de manera distinta.

P. El mes que viene tiene la ceremonia de ingreso en el Colegio Nacional. ¿Ya tiene el discurso?

R. Esa es una de las cosas que me ha costado más trabajo, porque los discursos son como un género en sí mismo. Ya tengo un primer borrador, por eso estoy tranquila. Juan Villoro va a contestar el discurso y, bueno, vamos a ver qué pasa ahí.

P. ¿De qué va a hablar?

R. Siempre he dicho que, si te invitan a estas instituciones, te invitan por ser lo que eres, entonces voy a tratar los temas que me han obsesionado y ahora veo con más claridad. Y ofreciendo esa perspectiva como una posibilidad de ampliar la conversación.

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Elena San José
Periodista en la Redacción de México. Antes estuvo en la sección de Nacional, en Madrid. Le interesan la política y la cultura, sobre todo la literatura. Es graduada en Ciencia Política por la Universidad de Salamanca y máster en Democracia y Gobierno por la Universidad Autónoma de Madrid, con especialización en Teoría Política.

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