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El gluten en la alimentación complementaria: cuándo y cómo introducirlo a los bebés

Las principales sociedades científicas pediátricas aconsejan iniciar la alimentación complementaria a la leche materna o de fórmula entre los cuatro y los seis meses, para satisfacer las necesidades nutricionales de los bebés y de desarrollo psicomotor y madurativo

Gluten alimentación complementaria bebés
Un bebé de cuatro meses come un trozo de pan.Sunny (Getty Images)

En los últimos años ha sido motivo de discusión entre los especialistas cuál es el mejor momento para introducir el gluten en la alimentación infantil y cuáles son las pautas a tener en cuenta. El debate y la falta de consenso entre los pediatras ha supuesto más de un quebradero de cabeza entre los progenitores, que al conversar con otros padres y madres llegan a comprobar la disparidad de criterio.

Durante años, desde el Comité de Nutrición de la ESPGHAN (siglas en inglés de European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition), en un intento de prevenir el desarrollo de la enfermedad celiaca y disminuir la posibilidad de desarrollar diabetes mellitus tipo 1 y la alergia al trigo, se recomendaba no introducir el gluten de manera precoz —antes de los cuatro meses— ni de forma tardía —después de los siete―, y hacerlo de manera gradual mientras el bebé se alimenta con leche materna. Sin embargo, el estudio Randomized Feeding Intervention in Infants at High Risk for Celiac Disease y Introduction of Gluten, HLA Status, and the Risk of Celiac Disease in Children, publicado en 2014 en The New England Journal of Medicine, argumentaba que la edad en la que se introduce el gluten en la alimentación no está asociado al desarrollo de la enfermedad celíaca y que la lactancia materna extendida hasta cualquier edad tampoco aporta protección.

La doctora Rosaura Leis, coordinadora de la unidad de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica del Hospital Clínico Universitario de Santiago, explica que tanto la Organización Mundial de la Salud como las principales sociedades científicas pediátricas “han determinado que la lactancia materna exclusiva es el alimento de elección en el niño durante sus primeros seis meses de vida”. Entre los cuatro y los seis meses, dependiendo de las características de cada niño, “es cuando se debe comenzar con la introducción de la alimentación complementaria; es decir, con la introducción del resto de alimentos diferentes a la leche materna o de fórmula, lo que incluye a los productos con gluten”, mantiene la también presidenta de la Federación Española de Nutrición y del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría.

La finalidad de incluir la alimentación complementaria es satisfacer las necesidades nutricionales del niño (especialmente en lo que respecta a hierro) y de desarrollo psicomotor y madurativo. “El no hacerlo en el momento oportuno y de la manera adecuada podría acarrearle consecuencias perjudiciales para su salud, tanto a corto como a medio y largo plazo”, sostiene esta experta.

Además, el motivo por el que también se establecen esos meses para introducir el gluten en la alimentación se debe, en opinión de la doctora Ana González de Zárate, pediatra del Hospital Universitario Infanta Sofía, a que “antes de los cuatro meses los diferentes sistemas del lactante son inmaduros para la introducción de la alimentación complementaria”. Pese a que los diferentes estudios realizados hasta la fecha indican que no existen estrategias de prevención de la enfermedad celiaca, esta experta señala que “es importante un inicio de consumo gradual con aumento paulatino en las cantidades, evitando una ingesta abundante en las primeras semanas de exposición”.

Mantener estas pautas, afirma Rosaura Leis, se debe, asimismo, “a que existen estudios que asocian la introducción precoz de esta alimentación con un mayor riesgo de destete precoz y de sobrepeso y obesidad en la infancia, especialmente si esta incorporación ocurre antes de los cuatro meses”. En cuanto a la introducción tardía de la alimentación complementaria (más allá de los seis meses del bebé), prosigue, “puede suponer un riesgo nutricional y de déficit de micronutrientes para el niño, y la pérdida de una ventana de oportunidad para la aceptación de nuevos sabores y texturas. Además, no hay evidencia científica que justifique el retraso en la introducción de alimentos potencialmente alergénicos con el fin de disminuir el riesgo de atopia”.

Por su parte, el doctor Ricardo Torres, del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca, y la doctora Josefa Barrio, del Hospital Universitario de Fuenlabrada, ambos miembros de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (SEGHNP) y del Grupo de Trabajo de la misma, dicen que pese a las recomendaciones que realiza la ESPGHAN “existen escasos datos de cuánta cantidad o qué tipo de cereal sería el adecuado”: “En ausencia de evidencia, parece razonable iniciar esta introducción de forma escalonada, evitando grandes cantidades de gluten durante las primeras semanas. El consumo de un tipo u otro de cereal depende mucho de razones culturales”.

La enfermedad celíaca, según Ana González de Zárate, “se da en individuos genéticamente predispuestos que llevan un tiempo consumiendo gluten”. Se puede manifestar en cualquier momento de la vida; por eso, continúa esta pediatra, “se debe tener un alto índice de sospecha”. En cuanto a la sensibilidad al gluten no celiaca, coloquialmente llamada intolerancia al gluten, “se presentará en individuos que consumen gluten regularmente y consideran que este no les sienta bien”, prosigue esta doctora.

Ante la sospecha de que exista la enfermedad, “la retirada de gluten de la dieta no debe ser realizada por el paciente”. “Tanto en la enfermedad celiaca como en la sensibilidad al gluten no celiaca se deben llevar a cabo unas pruebas diagnósticas necesarias para permitir un adecuado manejo y seguimiento de la enfermedad”, asegura González.

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