La lucha de la Gen Z en Sudáfrica, el país con mayor desigualdad del mundo
Los jóvenes buscan abrirse paso en un contexto ‘postapartheid’ marcado por altísimo paro, inequidad social y violencia


A Ayathandwa Ziqula le brilla la mirada cuando, sentado en un banco del campus Braamfontein de la Universidad del Witwatersrand de Johannesburgo, cuenta que es el primer alumno de la escuela pública secundaria en la que estudió en haber accedido a la prestigiosa institución universitaria, conocida como Wits. En ese brillo, en su contenido orgullo, vibra algo mucho más grande que este chico de 19 años. Reverbera ahí una victoria histórica sobre un pasado oscuro de colonialismo y apartheid; la esperanza de futuro de un país, de todo un continente. El sueño de brindar oportunidades y explotar el potencial del inmenso caladero de jóvenes en Sudáfrica, y en África.
“Si alguien como yo, de clase baja, consigue estudiar ciencias computacionales en la segunda mejor universidad del país, algo se está haciendo bien. No obstante, está claro que hay fallos”, dice Ziqula, rodeado de un grupo de colegas de entre 18 y 21 años. Todos ellos se inscriben dentro de la llamada generación Z, los nacidos entre mediados de la década de los noventa y 2010. La conversación se desarrolla en un inestable día de primavera austral, que alterna chaparrones violentos e instantes resplandecientes como si fuera el retrato atmosférico de esperanzas y temores del país y del continente.
Esos fallos, esos temores, pueden verse y entenderse bien por doquier en Joburg, nombre familiar de la capital económica de Sudáfrica. Por ejemplo, en el barrio chabolista de Alexandra. Esa misma mañana, un grupo de chiquillos juega al fútbol en una pequeña cancha del Alex Mall, un centro comercial situado en una colina en el extremo oriental de la barriada. Desde ahí se puede abrazar con la mirada la amplia extensión de ese empobrecido sector urbano, marcada por los reflejos de los techos de aluminio que bailan en la luz incierta.

Cuando se les pregunta, los chiquillos señalan dónde están sus casas, en distintas direcciones del horizonte de Alexandra y alrededores. Si uno se adentra en el barrio, los signos de la pobreza y la insalubridad son evidentes. Se percibe que las duras condiciones materiales y sociales abren espacio a la criminalidad.
Aquí, durante una temporada juvenil, vivió Nelson Mandela. Desde ahí, se mudó a vivir en un recinto de la Asociación Laboral Nativa Witwatersrand. Y conseguiría después estudiar derecho en la Universidad Wits, como Ziqula.

Justo a continuación de Alex, como se conoce el barrio, algún rascacielos señala que ahí está Sandton, conocida como la milla cuadrada más rica de Sudáfrica. La yuxtaposición encarna un brutal recordatorio de la injusticia social que todavía corroe al país, considerado el más desigual del mundo, de acuerdo con su coeficiente de Gini de distribución de la renta. Según datos del Banco Mundial, el 10% más rico de la población posee el 80% de la riqueza financiera.
Entre Alex y Wits, entre esos dos polos, se traza el balance del Sudáfrica postapartheid, y se perciben las esperanzas y temores sobre el futuro del país, que cristalizan en sus jóvenes.
En el conjunto del país, un 60% de la población tiene menos de 34 años, según estadísticas oficiales del país. Si se abre el espectro a África, los datos son impresionantes. Por supuesto, en un continente tan amplio hay diferentes dinámicas, pero el común denominador es un poderoso auge demográfico marcado por una inmensa bolsa de jóvenes. África tiene hoy unos 1.500 millones de habitantes. En 2050 se prevé que serán 2.500, y que un tercio de los jóvenes del mundo serán africanos, según proyecciones de la ONU.
Estos jóvenes buscan abrirse paso y tienen un alto grado de conciencia política. En varios países africanos han protagonizado recientemente importantes protestas.
“Yo quiero crear una empresa, una start-up. Aquí, en Sudáfrica, para dar empleo a la gente de aquí”, dice Ziqula, que intenta desarrollar una app que facilite a los estudiantes el uso de los minibuses de transporte interno de la Universidad. Su padre es transportista —“cobra el salario mínimo”, dice el joven—, su madre falleció.
A su lado escucha Mathapelo Moala, de 18 años. Ella también dice que quiere quedarse en Sudáfrica. Cuando se le pregunta cuál es su sueño, responde sin dudas: “Un trabajo estable”. Su respuesta no sorprende si se conocen los datos del mercado laboral. Las personas de entre 15 y 34 años conforman la mitad de la población activa, siendo casi 21 millones. En el primer trimestre de este año la tasa de paro entre ellos era del 46%, nueve puntos más que hace una década. En el barrio próspero de Fourways, puede verse la deprimente escena de desempleados de todas las edades que, divididos por aceras entre hombres y mujeres, con carteles en las manos que señalan su especialidad, esperan que alguien les contrate para el día.

Cuando se le pregunta por los problemas que más la preocupan, además del paro, Moala señala el coste de la vida, la igualdad entre hombres y mujeres y la violencia. Esta última es una plaga desbocada que aflige al país, y no por el inexistente genocidio contra los blancos que denuncia Trump y que ha usado como argumento para boicotear el G-20 celebrado en Sudáfrica y para negarse a invitar el Gobierno de Pretoria a la cumbre que tendrá que celebrarse en 2026 bajo presidencia estadounidense.
La plaga de violencia es una de criminalidad ordinaria y de feminicidios con tasas espantosas. Un estudio del Consejo de Investigación Médica Sudafricano calculó que en el periodo entre abril de 2021 y marzo de 2022 hubo unos 2.400 asesinatos de mujeres, que el centro consideró la tasa más alta del mundo.
La concienciación de los jóvenes en esta materia parece muy elevada. Al enterarse de que el periódico que le entrevista defiende decididamente en su línea editorial el avance hacia la igualdad de las mujeres, Deon Masango, otro estudiante de Wits, de 21, exhorta con voz tenue pero tremenda determinación a mantener esa línea.
En sus razonamientos, Ziqula pone especialmente el foco en la necesidad de mejorar los sistemas educativos. “Es el aspecto esencial para obtener progreso gracias a una ciudadanía cultivada y disciplinada”, dice.
“En África vemos la implicación cívica de la juventud, que se está convirtiendo en una fuerza positiva en numerosos países, contribuyendo a instituciones más sólidas y a una gobernante más receptiva”, dice Beatrice Grace Alouch Obado, profesora asociada del área de Relaciones Internacionales y Desarrollo Sostenible en IE University y de la Schiller International University.
“Kenia es un ejemplo claro. Hoy en día tenemos una constitución nueva, tenemos multipartidismo, tenemos libertad de expresión, porque la juventud ha salido a la calle y la juventud ha luchado durante décadas para lograrlo”, prosigue Alouch Obado, que participó en los trabajos del T20, el foro de ideas asociado al G20, que anteriormente fue coordinadora internacional de ENIASA, la Red Europea de Información y Acción para África Austral, una agrupación de más de 100 ONG dentro de la Unión Europea que trabaja para promover la paz, la democracia y el desarrollo sostenible en el África meridional.
“En un país vecino como Tanzania, hemos visto las elecciones recientes y hemos visto cómo la juventud, salía también a la calle para protestar contra recortes de internet y recortes de poder, a veces hasta usar el teléfono móvil, y ahí está la juventud. Entonces, ese es un punto de aliento. Lo que yo observo es que la juventud africana quiere democracia, y hay una brecha entre la demanda que tiene para la democracia y la oferta que a veces hay, y por eso sale a la calle con su actitud, con su lucha para libertad de expresión, para tener más transparencia”, comenta la experta.
Significativas movilizaciones de la Gen Z se han producido también en Madagascar, Marruecos o Botsuana.
Los chicos de Wits navegan entre varias corrientes emocionales, el orgullo, la esperanza, los miedos. Las surcan mostrando voluntad de implicarse. Cuando termina la entrevista, piden al entrevistador si se puede quedar a comer con ellos, porque ellos también tienen preguntas, sobre el G-20 que acaba de celebrarse en su ciudad y sobre el mundo. Harán varias, y buenas.
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