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APUNTES DE GEOPOLÍTICA
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

El oscuro mundo que quieren para usted Xi y Putin

Los dos líderes profundizan en la relación bilateral con una nueva reunión en Pekín. Buscan un orden mundial que niegue el valor universal de los derechos humanos y la democracia

Vladimir Putin y Xi Jinping durante una ceremonia del té en Pekín el jueves.
Vladimir Putin y Xi Jinping durante una ceremonia del té en Pekín el jueves.Mikhail Metzel (via REUTERS)
Andrea Rizzi

Este artículo es un fragmento del boletín Apuntes de Geopolítica, exclusivo para los suscriptores de EL PAÍS. Puede apuntarse aquí

La enésima reunión entre Vladímir Putin y Xi Jinping —van ya más de 40— simboliza la voluntad de ambos líderes de seguir impulsando el acercamiento entre Rusia y China en un mundo marcado por fuertes tensiones entre democracias occidentales y regímenes autoritarios orientales. Las relaciones sino-rusas serán el tema principal de esta entrega de Apuntes de Geopolítica.

La convergencia entre las dos potencias tiene como cimentos una serie de denominadores comunes: el rechazo a la primacía global de EE UU y sus aliados, la paranoia con respecto a presuntos intentos occidentales de desestabilizar sus regímenes, un anhelo a que se reconozcan esferas de influencia en sus alrededores.

Estas sintonías, sin embargo, no excluyen que haya profundas divergencias. La más obvia es que Rusia es una potencia revisionista que impugna brutalmente el orden mundial, como vemos en Ucrania, mientras China, al menos hasta ahora, es una potencia reformista, que pretende reconfigurar el orden mundial para que sea más conforme a sus intereses, pero sin producir una disrupción global que alteraría su camino a la prosperidad, muy vinculado a la estabilidad del marco económico y comercial.

Además, es necesario notar la enorme asimetría de la relación, en la que una Rusia desconectada de Occidente y débil necesita desesperadamente a China, mientras para Pekín el Kremlin es solo un socio de conveniencia.

Así, la visita es parte de un largo camino de acercamiento que, por muchas declaraciones conjuntas, no ha llegado, ni se espera que lo haga, a constituir una verdadera alianza formal. Mi compañero Guillermo Abril, corresponsal en Pekín, ha escrito una crónica que encuadra bien el marco de la visita:

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Pero discrepancias, asimetrías y suspicacias no pueden llevar a subestimar las convergencias entre ambos y sus posibilidades. La cooperación arroja avances reales. Aquí, una información de Financial Times (en inglés, solo para suscriptores) que, entre otras cosas, destaca el considerable crecimiento del comercio bilateral.

Es preciso pues fijarse bien en el orden mundial que quieren China y Rusia. Ellos han publicado varias declaraciones conjuntas que esbozan una visión común.

Aquí, una pieza en la que Guillermo Abril, Javier Cuesta y yo glosábamos una de ellas:

Pekín y Moscú sostienen querer un mundo multipolar frente a la unipolaridad que persigue Washington. Un mundo de seguridad para todos frente a alianzas (la OTAN, y bilaterales de Washington con países del indo-pacífico) que piensan solo en sí mismas. La realidad es más compleja.

La multipolaridad de la que hablan es una en la que deben desaparecer democracias y derechos humanos como valores universales. Estos, alegan, no son tales, sino que deben ser conjugados según las tradiciones y características de cada país. Es, pues, un multilateralismo que predica la soberanía absoluta del Estado y la abdicación total a todo concepto universalista. Olvídese usted de la declaración de los derechos humanos. Eso, no. Lo que sí debería ser universalista son los estándares tecnológicos, eso sí, hechos a medida de la industria china.

China, en concreto, busca ofrecer al resto del mundo un agnosticismo absoluto en cuanto a regímenes de gobierno, apostando como valor alternativo por el desarrollo. Claro, a todo el mundo le apetece el desarrollo. ¿está usted dispuesto a obtenerlo a cambio de ceder libertad? Por ejemplo, ¿renunciando a poder decir lo que piensa y al pluralismo político? ¿Compra usted el modelo chino? Elizabeth Economy ha publicado una excelente pieza sobre lo que China persigue en Foreign Affairs (en inglés).

Rusia, por su parte, reclama que haya países que, por el mero hecho de situarse en su entorno, renuncien a la libre definición de su política exterior. No pueden unirse a una alianza. Si parece que su ciudadanía lo quiere, no se confunda usted, es porque han sido engañados por manipulaciones occidentales. No como la ciudadanía rusa, que elige libremente, con información transparente, entre propuestas plurales. Pero hay más: en todo caso, al margen de alianzas, que hagan el favor los países vecinos de no convertirse en democracias exitosas. A ver si cunde el ejemplo y la ciudadanía rusa acaba pensando que lo mismo es posible y deseable en su país.

Nada de ello significa que EE UU y el modelo que ha promovido en las últimas décadas no tenga auténticos horrores en su historial. El listado es muy largo: invasiones ilegales, excesos capitalistas nauseabundos, apoyos a golpes de Estado, torturas. No falta casi de nada. Pero basta pronunciar unas pocas palabras para desconfiar con espanto de la propuesta alternativa: Tiananmen; uigures, Liu Xiaobo. O Ucrania, Navalni y Politkvoskaia.

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Sobre la firma

Andrea Rizzi
Corresponsal de asuntos globales de EL PAÍS y autor de una columna dedicada a cuestiones europeas que se publica los sábados. Anteriormente fue redactor jefe de Internacional y subdirector de Opinión del diario. Es licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).
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