El matrimonio igualitario cubano y las puertas para la conquista de otros derechos en la isla

La boda de los arquitectos Abel Tablada y Ruslan Muñoz es una de las primeras celebradas en Cuba entre parejas del mismo sexo y reviste un especial simbolismo

Los arquitectos Ruslan Muñoz y Abel Tablada durante su boda civil, el 26 de octubre en la Quinta de los Molinos de La Habana.
Los arquitectos Ruslan Muñoz y Abel Tablada durante su boda civil, el 26 de octubre en la Quinta de los Molinos de La Habana.Sophie Domenech Fernández

“Ha costado mucho llegar a esto, pero lo hemos logrado gracias a una lucha colectiva y al esfuerzo de generaciones de cubanos”, dicen con cara de felicidad y alivio los arquitectos Abel Tablada (50 años) y Ruslan Muñoz (35), momentos después de estampar su firma en el documento notarial que, desde el pasado miércoles, los convierte en un matrimonio con todos los derechos legales en Cuba. Llegar a esta boda civil, una de las primeras celebradas en la isla entre dos hombres tras la aprobación hace un mes del nuevo Código de las Familias, no ha sido cosa fácil en un país que durante décadas reprimió y marginó a los homosexuales. “El pasado no se puede borrar, pero hoy es un momento de celebración y de mirar adelante, esto es un avance importante que nos motiva a seguir luchando por otros derechos que hacen falta en Cuba”, asegura Abel, y sabe muy bien de lo que habla.

En los años sesenta, su tío Benjamín pasó más de un año encerrado en los famosos campos de trabajo forzado de la Unidad Militar de Ayuda a la Producción, donde eran internados los jóvenes que no entraban dentro de lo que se consideraba “los parámetros revolucionarios”, incluidos gais y religiosos. Fue una etapa negra, retratada en un libro desgarrador escrito por la madre de Abel, la psicóloga Carolina de la Torre, que termina con la carta que envió Benjamín a una amiga antes de suicidarse: “No ha llegado nuestro tiempo y más sensato que esperar es morir”. Corría el año 1968, y Benjamín tenía 24 años.

Ruslan Muñoz y Abel Tablada, momentos antes de partir la tarta de boda después de casarse en La Habana el 26 de octubre.
Ruslan Muñoz y Abel Tablada, momentos antes de partir la tarta de boda después de casarse en La Habana el 26 de octubre.Sophie Domenech Fernández

Ni Abel ni Ruslan olvidan lo que sufrieron muchos jóvenes en aquella etapa, pero hoy quieren concentrarse en lo positivo. “Por suerte”, dicen, “hoy la realidad es bien distinta, ya no hay que esperar”. La mejor muestra de ello es que por fin en Cuba el matrimonio igualitario es un hecho y ellos han podido casarse con orgullo en un lugar tan especial como la Quinta de los Molinos, que fue villa de descanso de los capitanes generales de Cuba durante la colonia y después residencia del prócer independentista Máximo Gómez.

La ceremonia se celebra al aire libre, bajo una hermosa arboleda, en un ambiente íntimo y lleno de paz. Cuando entran los novios, suena la música de José María Vitier hecha para Fresa y chocolate, la película de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío que en 1993 sacudió a la isla por ser un canto a la tolerancia y una denuncia contra la homofobia en Cuba, y que sirvió para que el país hiciera catarsis. La emoción se apodera del momento, familiares ríen y lloran al mismo tiempo, los invitados aplauden y se percibe que no son simples aplausos, sino que cada uno de ellos encierra muchos sentimientos acumulados. Hasta el notario Rafael Roselló Manzano, de 41 años, traga saliva y confiesa que es un honor poder unir en matrimonio a una pareja como Abel y Ruslan, porque es algo que siempre había defendido y deseado. “La verdad, creí que iba a ser muy difícil escalar esta montaña”.

Cuando ambos firman los documentos, justo el día de su tercer aniversario, cierran por un momento los ojos y se besan, pareciera que en ese momento de felicidad echan la vista atrás y piensan: “Lo logramos, ya está”.

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Cada uno llegó a ese “ya está” de forma distinta. “Afortunadamente, mi experiencia no es igual a la de mi tío, pero tampoco a la de Ruslan. Nosotros somos de generaciones diferentes y hemos experimentado distintas circunstancias. No es lo mismo la Cuba que viví hace 25 años, cuando le comenté a mi papá mi orientación sexual y, a pesar de su reacción adelantada al tiempo que me quitó un gran peso de encima, sentía que para poder ser realmente yo no tenía otra opción que marcharme de mi país. La que vivió Ruslan, sin embargo, fue una etapa de mayor tolerancia”, cuenta Abel, que durante años estudió y trabajó en Bélgica (uno de los primeros países del mundo que aprobó el matrimonio igualitario) y después en Singapur (donde la relación sexual entre dos hombres es un delito tipificado en el código penal), y que hace tres años decidió volver a su país.

“Ni siquiera en Bélgica era fácil sentirte verdaderamente libre. Todavía hay muchos prejuicios en todos lados, y no digamos en Cuba, aunque la realidad hoy no es la misma”, afirma. Ruslan, a una edad más temprana, se abrió con su familia y sintió menos vergüenza que Abel en contarles su orientación sexual. “Cuando se lo dije a mis padres no se lo tomaron mal, pero al día siguiente me llevaron al psicólogo. Al salir de la consulta, la doctora les dijo: ‘No se preocupen, que el niño está bien”, cuenta, y ríen los dos.

La psicóloga a la que le llevaron era del Cenesex (Centro Nacional de Educación Sexual), la institución que dirige desde 1988 Mariela Castro —hija del exmandatario cubano Raúl Castro— y que ha jugado un importante papel en la aceptación por la oficialidad y la sociedad de la diversidad sexual y la identidad de género en la isla. “Ojalá hubiera habido un Cenesex en los años sesenta”, opina Abel.

En 63 años de revolución, por suerte para Abel y Ruslan, la sociedad cubana se ha transformado bastante y hoy es mucho más abierta en estos asuntos. La reciente aprobación por referéndum del nuevo Código de las Familias, no exento de polémica, pero reconocido como una de las legislaciones en esta materia más avanzadas a nivel internacional, concedió no solo el derecho al matrimonio igualitario, sino también a la adopción por parejas del mismo sexo, la “gestación solidaria” (sin mediación de interés económico) o la responsabilidad parental en sustitución del concepto de la patria potestad, además de otros aspectos novedosos que conceden una mayor protección a la infancia.

La campaña oficial por el sí fue omnipresente y el debate social intenso. Más allá del contenido concreto de la nueva ley, y de la esperada oposición de diversas confesiones religiosas, se llegó a una inédita confrontación política que hizo que personas que estaban a favor de los derechos concedidos por el nuevo código abogaran por votar en contra para expresar su rechazo al Gobierno. También, no pocos acusaron al poder de promover el nuevo código con el interés de dar una falsa imagen de libertad en un país con numerosos déficits democráticos. “Hay muchas cosas que cambiar en Cuba y mucho que reclamar, pero ponerse en contra de algo que hace que la sociedad avance y que es lo más positivo promovido en las últimas décadas es obstaculizar el propio camino hacia la conquista de otros derechos civiles”, considera la pareja sobre esta polémica.

Ruslan y Abel no son una pareja cualquiera. Ambos son reconocidos doctores y profesores de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Tecnológica de La Habana y activos defensores de la legalización del ejercicio independiente de la profesión de arquitectos e ingenieros en la actividad de proyecto, que hasta ahora no es posible pese a la reciente autorización de más de dos mil actividades económicas y de la aprobación de más de 5.400 nuevas pequeñas y medianas empresas privadas. Explican que muchas de ellas están dedicadas a la actividad de la construcción, pero que, “paradójicamente, el diseño arquitectónico e ingenieril, etapa imprescindible de la actividad constructiva”, no se autoriza si no es por empresas estatales.

“Es una de las muchas cosas que tienen que cambiar en Cuba”, dicen. Aseguran tener fe en que “este derecho, reconocido en cualquier parte del mundo”, también lo conseguirán alcanzar como han logrado enamorarse, ser respetados, generar empatía, poner los problemas del día a día de Cuba en un segundo plano y ser felices, luego de conocerse hace tres años por casualidad en la escalera de la facultad, unas escaleras que les cambiaron la vida.

Cae la tarde en la Quinta de los Molinos, y después de la emoción de la ceremonia bajo una luz dorada, Ruslan y Abel parten la tarta y los invitados se ponen a bailar frenéticamente al ritmo de la pegadiza música cubana. “Los molinos se mueven, hay que moverlos”, dice Ruslan, y en la arboleda de esta antigua residencia colonial se respira felicidad, que falta que hace.

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