Los ataques rusos a la red eléctrica obligan a Ucrania a comprar por primera vez electricidad en Europa

Moscú responde desafiante que la luz no regresará hasta que Kiev reconozca la anexión ilegal de cuatro regiones ucranias

Mujeres con carros de leña este viernes en el pueblo de Shandrigolovo, en la región orienta de DonetskFoto: DIMITAR DILKOFF (AFP) | Vídeo: REUTERS

Los bombardeos rusos obligan a Ucrania a dejar de ser un país exportador de electricidad para convertirse en importador. Empujado por los ataques de Moscú a las infraestructuras energéticas y sumido en una guerra que ha entrado en su noveno mes a las puertas del invierno, el Gobierno que lidera el presidente Volodímir Zelenski ha abierto por vez primera la puerta a la compra de electricidad fuera de sus fronteras. El país llevó a cabo este jueves una prueba satisfactoria para hacer llegar suministro desde Eslovaquia, según anunció la empresa estatal Energy Company of Ukraine, responsable de esa operación, en un comunicado. “La posibilidad técnica de importar electricidad de Europa a Ucrania es otra herramienta para estabilizar el funcionamiento de nuestro sistema energético. Debemos estar listos para su implementación”, dijo el director de la compañía, Vitaliy Butenko. La iniciativa de Kiev ha sido recibida de manera desafiante y con amenazas por parte del Gobierno de Rusia, que asegura que la luz no volverá hasta que Ucrania acepte la anexión ilegal de cuatro de sus regiones que el Kremlin anunció el mes pasado.

Mientras, Kiev y otras ciudades viven en penumbra desde el atardecer en medio de los avisos de las autoridades para que se restrinja a lo esencial el consumo. Con las temperaturas en descenso, la población trata de asumir que la cotidiana calefacción central ha pasado a ser un servicio de lujo. Algunos barrios de la capital sufrieron este viernes cortes del suministro de más de cinco horas, mientras cada vez es más difícil adquirir lámparas y linternas, así como baterías para cargar los teléfonos móviles. Grupos de voluntarios llevan días fabricando en diferentes regiones del país estufas de leña con las que ayudar a afrontar el invierno a la población más desfavorecida. La puesta en escena para explicar al mundo ese apagón volvió a correr a cargo de Zelenski, cuyo equipo más próximo ya trabajaba con él en su productora de televisión antes de dar el salto a la política. Casi a oscuras y junto a los restos de uno de los drones kamikazes iraníes que Rusia emplea cada vez más en sus ataques, el presidente se dirigió a la nación en la noche del jueves.

El tono desafiante ha sido la respuesta de Moscú a la búsqueda de electricidad por parte de Ucrania más allá de sus fronteras. “El camino hacia la estabilidad del suministro de energía es diferente. Es necesario reconocer la legitimidad de las demandas de Rusia en el marco de su operación militar especial (como califica Moscú a la invasión de Ucrania), y de sus resultados, reflejados en nuestra Constitución. Y entonces la luz llegará...”, señaló el expresidente Dmitri Medvedev en su cuenta de la red social Telegram, refiriéndose a las cuatro regiones que reclaman (Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón). “La compra de energía eléctrica a Eslovaquia por el régimen de Kiev llevará a un mayor aumento de los precios de la energía tanto para los europeos como para los ucranios, y no permitirá la estabilidad deseada en la actividad del sistema eléctrico ucranio”, añadió el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso.

La respuesta no tardó en llegar por parte del entorno de Zelenski. “Fantástico. El Kremlin declaró directamente a través de Medvedev: destruiremos el sistema energético de Ucrania y aterrorizaremos a millones de personas hasta que accedan a rendirse. De hecho, es una confesión oficial de terrorismo de Estado. ¿Qué tipo de negociaciones se pueden considerar aquí? ¿Con quién?”, escribió en su perfil de Twitter el asesor presidencial Mijailo Podoliak.

Hay, sin embargo, un obstáculo que lastra esa vía de la importación de electricidad. Se trata del alto precio en los países en los que Ucrania tiene más fácil su acceso, advierte Roman Nitsovych, director de investigación del centro de análisis Dixi Group. La electricidad en Eslovaquia —y en otros países vecinos como Rumania o Hungría— llega a costar hasta el doble que en el mercado local y en la también vecina Polonia es un 30% o un 40% más cara, pero las redes interestatales en este caso no están tan preparadas, comenta este especialista.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete

Lo del jueves es solo un pequeño test, un ensayo con solo un megavatio por hora (apenas el consumo aproximado de entre 400 y 1.000 viviendas en ese tiempo, según Nitsovych), pero que explica un cambio de rumbo impuesto por la contienda. Ucrania tenía previsto hasta este verano ingresar a finales de este año 1.500 millones de euros de sus exportaciones de electricidad al mercado europeo al que ahora acude como compradora. Ya el pasado 10 de octubre, coincidiendo con el mayor de los ataques de Rusia sobre el sistema energético del país que ha invadido, el Ejecutivo de Kiev anunció el fin de sus exportaciones.

La economía de Ucrania se tambalea desde que el presidente ruso, Vladímir Putin, lanzó la invasión de su país vecino el pasado 24 de febrero. A corto plazo, Kiev ha de afrontar no solo el mantenimiento del gasto militar, sino también el que va a generar el tratar de mantener el suministro de electricidad, agua y calefacción. Algunas reparaciones sí podrán acometerse ante la llegada del invierno, pero otras, no, advierte Roman Nitsovych.

La decisión de emplear el frío como arma por parte de Moscú se ha concretado en el último mes en el bombardeo de miles de kilómetros de la red de electricidad y gas, así como la destrucción de sistema de refinerías de petróleo, de depósitos de combustible, plantas de cogeneración y cientos de calderas. Los daños se extienden a una quincena de regiones. Para poder sobrevivir, Ucrania necesita una gran cantidad de calderas móviles, generadores, sistemas de purificación de agua o estaciones de bombeo.

El ministro de Finanzas, Serhii Marchenko, estimó este viernes en la televisión pública que van a ser necesarios 38.000 millones de dólares (cantidad equivalente en euros) al año para afrontar la reconstrucción de infraestructuras, así como hacer frente al gasto social y humanitario. Como ya ha reclamado el Gobierno de Kiev en ocasiones anteriores, Marchenko espera poder contar con fondos intervenidos a Rusia en territorio ucranio.

La importación de electricidad es solo una de las soluciones planteadas para hacer frente a la crisis energética en la que se halla sumido el país, sobre todo desde que los ataques de Rusia en las últimas dos semanas hayan mermado las infraestructuras ucranias un 40%. El mayor bombardeo masivo de esas infraestructuras tuvo lugar el pasado 10 de octubre. Ese mismo día, el Gobierno que lidera el presidente Zelenski anuncio que el país dejaba inmediatamente de exportar electricidad para intentar hacer frente a la crisis energética.

“Como resultado de los ataques con cohetes y el daño a la infraestructura energética, los riesgos de un periodo de calefacción sostenible han aumentado significativamente. Como comercializadora del Gobierno, estamos buscando oportunidades y herramientas para reducir esos riesgos”, añade el director de Energy Company of Ukraine en el comunicado en el que informan de la prueba con la que han importado electricidad desde Eslovaquia.


Sigue toda la información internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Sobre la firma

Luis de Vega (Enviado Especial)

Ha trabajado como periodista y fotógrafo en más de 30 países durante 25 años. Llegó a la sección de Internacional de EL PAÍS tras reportear año y medio por Madrid y sus alrededores. Antes trabajó durante 22 años en el diario Abc, de los que ocho fue corresponsal en el norte de África. Ha sido dos veces finalista del Premio Cirilo Rodríguez.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS