Los servicios de rescate de Marruecos recuperan el cuerpo sin vida del pequeño Rayan

Rayan cayó el martes en un agujero de 32 metros de profundidad mientras acompañaba a su padre

Miembros del servicio de emergencias introducían, el sábado, el cuerpo del niño Rayan en una ambulancia tras sacarlo del pozo.Foto: FADEL SENNA (AFP) | Vídeo: EPV
Francisco Peregil
Egrán (Marruecos) -

Rayan, el niño marroquí de cinco años que cayó en un pozo de 32 metros de profundidad el pasado martes fue rescatado sin vida este sábado a las 21.33. En la casa del pequeño, los hombres se abrazaban llorando y cuatro niños comían en silencio un bocadillo, sentados en el mismo terraplén por donde hace una semana jugaban al fútbol con el niño cuyo rescate ha tenido en vilo a todo Marruecos.

Rayan salió muerto del pozo donde estuvo atrapado cuatro días. Varias ambulancias y coches de bomberos salieron del pozo por la carretera con las sirenas puestas, lo que hacía albergar la esperanza entre mucha gente. La confusión era total. “Está vivo, está vivo. Eso es seguro”, comentaba un conocido de la familia. Cientos de jóvenes gritaron “Ala es grande” mientras las ambulancias salían con las sirenas puestas. Las montañas rifeñas que rodean la pequeña aldea de Egrán, donde habita su familia se llenaron de gritos de “Alá es grande” y de silbidos.

Pero enseguida llegó a los medios de comunicación el mensaje de las autoridades en el que se confirmaba su muerte. Varios adultos lloraban frente al teléfono, hablando con otros familiares. Driss Ajurram, tío paterno del niño, de 41 años, ofrecía a un periodista que acababa de conocer una cama para pasar la noche en la casa de Rayan.

Los periodistas iban recogiendo sus bártulos mientras algunos medios locales informaban de que el rey Mohamed VI había hablado con los padres del niño. Poco a poco, todo el ruido que ha rodeado la casa de Rayan se fue apagando. El ruido de las máquinas, de los jóvenes que vinieron de todas las ciudades del país para presenciar un milagro.

Antes de la triste noticia, Ajorram contaba cómo se enteró la familia de que el niño, al que no encontraban, estaba en el fondo del pozo. “Primero empezamos a buscarlo por toda la aldea, por todas partes. Después, en las aldeas que están cerca de aquí. Y a las tres horas cogimos un teléfono con una cuerda, le pusimos el vídeo y lo bajamos al pozo. Y vimos que estaba ahí. Decía: ‘¡Sacadme de aquí!’ Serían las cinco de la tarde en ese momento”.

Todo el país vivió este sábado pendiente de lo que pasa en esta comarca situada a cinco horas y media en coche de la capital. De repente, a las 17.18 empezaron a oírse gritos de “Alá es grande, Alá es grande”. Antes ya se habían oído aplausos. Parecía que los socorristas iban a sacar al niño de un momento a otro.

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Los aplausos y los vítores comenzaban a hacerse más sonoros a partir de las cinco y media. Pero aún no había ninguna noticia cierta sobre el estado del niño. El padre, Jalid, y la madre, se encontraban al pie del pozo, junto a una ambulancia. Otros familiares como Munir Ajorra, de 38 años, aguardaban en la casa de Rayan. “Llevamos sin dormir cuatro días, desde que nos enteramos de que se había caído”.

La casa de Rayan está justo encima de ese pozo donde cayó el martes, alrededor de las dos de la tarde, cuando se encontraba con su padre. Cientos de hombres, la mayoría de entre 20 y 30 años, se agolpaban este sábado por la tarde alrededor de la casa. Ahí mismo, está el pozo donde cayó y ahí se llevó una ambulancia al mediodía del sábado, esperando sacar al niño.

Munir contó que Jalid Ajorram, el padre de Rayan, estaba intentando sacar agua de ese agujero que llevaba seco unos 10 años. “Jalid traía el agua con una manguera desde la casa de su padre”, contaba Ajorram. Un amigo añadía que muchos en la zona viven de la siembra del hachís. “Pero eso apenas da para sobrevivir”, añadía. “Unos pocos también recogen aceitunas, pero esta zona es muy pobre”, añadía.

Abdul Harschis, de 74 años, abuelo materno de Rayan, también esperaba noticias en su casa, a unos 30 metros de la del pequeño. La ropa, recién lavada, tendida en unos cordeles en el patio. “Aquí vivimos al día, sin apenas nada que llevarnos a la boca”, comentaba el anciano.

De vez en cuando llegaban desconocidos que saludaban a la familia y se sentaban en el suelo, en cualquier parte del cerro a esperar el milagro.

Mohamed Elm Hassane, un vecino de Chauen, de 32 años, había pasado la noche sin dormir en Tamorot. Y como todo el mundo, tenía su opinión: “Ha habido chicos que se presentaron voluntarios para sacar a Rayan, pero no los dejaron. Tal vez, si los hubiesen dejado, Rayan ya estaría afuera”. Otros jóvenes llegaron desde Fez, Rabat, Casablanca...

Integrantes de los equipos de rescate en el pozo excavado.
Integrantes de los equipos de rescate en el pozo excavado.FADEL SENNA (AFP)

La noche caía y algunos grupos de jóvenes comenzaban a encender hogueras. Una de ellas estaba formada por niños de la aldea, amigos de Rayan. “Echo mucho de menos a mi amigo”, decía Tarek, de 12 años. Al rato llegó Bader, de ocho años, hermano de Rayan. Un adulto desconocido de los que vino a presenciar el rescate lo abrazó y Báder sonrió. Todo el mundo miraba hacia él y el niño apenas parecía consciente de todo lo que estaba pasando.

La noche cubrió todas las montañas y de pronto se vieron más estrellas en el cielo que luces en los montes. La casa de Rayan parecía el mejor punto para observar el plan de socorro. Los gendarmes seguían plantados en doble fila a la salida del pozo.

Todo eso se fue diluyendo después. Y abajo, justo debajo de la casa quedará la enorme brecha que hicieron los servicios de rescate junto al pozo para sacar al niño. Una franja blanca de más de 10 metros de ancho en medio de un terraplén rojizo. A partir de ahora, los padres de Rayan, su hermano Bader, de ocho años, su hermana Lubna, de 13, y todos los vecinos de esta pequeña aldea rifeña de Egrán, tendrán que convivir con esa enorme brecha en la tierra. Y con la misma miseria y falta de expectativas. Cuando todo el mundo se haya ido seguirá la misma sequía que llevó al padre de Rayan a abrir el pozo. Y la enorme brecha en la montaña.

La aldea de Egrán (Ighrane, en francés), está a menos de dos horas en coche de las ciudades turísticas de Chauen y Tetuán. Esas son las dos únicas ciudades que visitó Rayan en sus cinco años y 11 meses de vida, según comentaba su primo Munir.

Rayan había comenzado a ir este año al colegio de Egrán. Y su pasatiempo preferido era jugar a la pelota en la casa y con el teléfono. El martes quiso acompañar al padre hacia el pozo. Y el padre dijo que cuando se dio cuenta, lo había perdido de vista.

Se lo tragó un pozo donde solo se asoman los pobres.

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Sobre la firma

Francisco Peregil

Es corresponsal para el Magreb desde 2015, con sede en Rabat. Antes ejerció desde Buenos Aires durante tres años como corresponsal para Sudamérica. Comenzó en EL PAÍS en 1989, después de trabajar varios meses en 'El Mundo'. Es autor de las novelas 'Era tan bella', –mención especial del jurado del Premio Nadal en 2000– y 'Manuela'.

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