Guinea

La profunda crisis que cobija al golpe de Estado de Guinea-Conakry

La corrupción, el mal gobierno, el bloqueo político y la represión dan cobertura a una asonada militar aún llena de incógnitas, pero acogida con esperanza

Un vendedor de gafas de sol pasa delante de un gran cartel donde aparece el teniente coronel Mamady Doumbouya, este 11 de septiembre en Conakry.
Un vendedor de gafas de sol pasa delante de un gran cartel donde aparece el teniente coronel Mamady Doumbouya, este 11 de septiembre en Conakry.JOHN WESSELS / AFP
Conakry (Enviado Especial) - 13 sep 2021 - 03:40 UTC

Antes del amanecer del pasado 5 de septiembre, el teniente coronel Mamady Doumbouya, comandante de las Fuerzas Especiales de Guinea-Conakry, salió al frente de unos 500 hombres de su base en Forecariah, en el interior del país. En apenas un par de horas, la columna militar integrada por camiones y blindados se plantó en la capital y llegó hasta el Palacio Presidencial de Sékhoutouréya. Allí, doblegaron a los guardias que trataron de hacerle frente tras un intenso tiroteo y capturaron al presidente del país, Alpha Condé, de 83 años. Fue un golpe rápido que dio la puntilla a un régimen de 11 años que ya daba muestras de agotamiento, esclerotizado por la corrupción, perpetuado gracias a la violencia e incapaz de mejorar la vida de sus ciudadanos. Una semana después, la vida sigue su curso.

“Estaba durmiendo y me llamó uno de mis colaboradores sobre las ocho de la mañana”, recuerda Cellou Dalein Diallo, líder de la oposición y gran rival de Condé en todas las elecciones celebradas desde 2010, “no me sorprendió por la profundidad de la crisis política, económica y social en la que estamos inmersos. Un golpe de Estado era la única alternativa posible, no había ninguna forma de cambiar un régimen ilegítimo en el que todo estaba a su servicio, los comicios amañados y la justicia instrumentalizada. Nadie dentro del país lo ha condenado, todos están contentos”, asegura Diallo, quien ha pedido a los organismos regionales que no impongan sanciones a los golpistas.

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A media mañana del domingo 5, la imagen de un Condé abatido en un sillón, descalzo, vestido con pantalones vaqueros y camisa mal abrochada y rodeado de soldados comenzó a circular por los teléfonos móviles, redes sociales y grupos de WhatsApp. Antes incluso de ir a la televisión pública, un clásico en toda asonada militar, los golpistas grabaron su primera declaración y la enviaron a través de sus móviles a periodistas y actores políticos y sociales. Conscientes de la importancia de mostrar su victoria lo antes posible se apoyaron en el medio más rápido que tenían a mano, mientras el teniente coronel Doumbouya, hablaba con los oficiales del Ejército para asegurarse de que no habría resistencia. El golpe triunfó, primero que nada, en los móviles de los guineanos. Y pronto le salieron amantes.

“El ambiente era propicio” asegura un exministro de Condé que ante la volatilidad del momento prefiere guardar el anonimato, “había una batalla feroz incluso en el interior del partido en el poder. La corrupción era totalmente escandalosa igual que la mala gestión. Guinea-Conakry ha vivido un boom minero multiplicando por cuatro de sus exportaciones minerales. Nada ha llegado al pueblo, ni en mejoras sociales ni en mejores infraestructuras. Mientras en esas zonas mineras la miseria era galopante, los que robaban se pavoneaban con arrogancia. Muchos se lo dijimos al presidente, pero ya no escuchaba”.

Las explotaciones guineanas, segundo exportador mundial de bauxita tras Australia, pero también productor de oro y cobre, están en manos sobre todo de compañías rusas y chinas, mientras que el capital turco ha desembarcado en los últimos años en sectores como el puerto, la agricultura y el transporte. Fruto de estas excelentes relaciones, el presidente Recep Tayyip Erdogan visitaba Conakry en 2016. Durante un acto público y tras sobrevolar la ciudad, Condé tuvo que escuchar de boca de su nuevo amigo turco palabras que no le gustaron. “Señor presidente, esto no es una capital”, le espetó, según relataron fuentes presentes en el encuentro. Si Conakry estaba mal, el interior del país es como un viaje al siglo XIX.

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Yacouba Barry tiene 30 años y es licenciado en Derecho Público. Vive con sus padres cerca de la Cementera, un barrio a la entrada de la ciudad. Cada mañana se levanta temprano, coge su motocicleta y baja al centro para llevar clientes de un lugar a otro. Es su medio de vida. “En un buen día puedo ganar unos 180.000 francos guineanos (unos 15 euros) de los que tengo que descontar la gasolina”, asegura mientras sortea los innumerables charcos de las agujereadas carreteras de la capital y los constantes embotellamientos. No es el único. Miles de guineanos, algunos universitarios como Barry, surfean como pueden en una economía tan atascada como la ciudad. “El Estado no empuja. En 2020 solo se ejecutó un 5% del gasto público previsto en el presupuesto”, afirma Diallo.

Pero el Rubicón de Condé fueron la violencia y la represión. En la novela Esperando el voto de las fieras del escritor marfileño Ahmadou Kourouma, el dictador de una república africana pasea junto a su invitado Koyaga por los jardines del palacio presidencial. De repente, ambos se tropiezan con unos muros coronados por alambres de púas y torretas de vigilancia en las esquinas. Ante la sorpresa de su huésped, el sátrapa le explica: “Esta es la cárcel de Saoubas donde encierro a mis amigos, mis seguidores, mis familiares y próximos”. Con los adversarios políticos las cosas son simples, se les tortura, destierra o asesina, razona el tirano. Pero, ¿cómo comportarse con los tuyos? “Es una regla universalmente conocida que no podemos ser traicionados sino por un amigo. Hay que prevenir esa traición”.

Al igual que en la novela, Alpha Condé veía complots por todas partes y llenó las cárceles de opositores, hasta 400 según las organizaciones de derechos humanos. Sin embargo, bajó la guardia con los únicos que podían derrocarle: su propio Ejército. “Después de haber hecho una reforma de las Fuerzas Armadas creyó que lo tenía controlado”, asegura una fuente diplomática. El 2 de octubre de 2018, durante el desfile militar que celebraba los 60 años de independencia incluso se vanaglorió ante los jefes de Estado que le acompañaban de esos recios soldados que marchaban con paso firme y los rostros cubiertos con pasamontañas, las Fuerzas Especiales. Al frente de ellos, marcando el paso, con sus eternas gafas de sol y el pecho a reventar de medallas destacaba la imponente figura de Mamady Doumbouya, a quien el propio Condé había confiado la tarea de dirigir esta unidad de élite.

Sobre el papel, debían defender a Guinea-Conakry de la amenaza exterior, pero para Condé eran un as en la manga. En 2020 el presidente promovió una reforma de la Constitución que le permitiría volver a presentarse a las elecciones para un tercer mandato, lo que hizo y ganó entre denuncias de fraude en octubre pasado. Las llamas de la insurrección comenzaron a propagarse. Para impedir que las manifestaciones alcanzaran el barrio de Kaloum, donde están el Palacio Presidencial, el puerto y las sedes de los principales bancos y empresas, Condé aceptó que su protegido Doumbouya trasladase a una parte de sus hombres al corazón de Conakry. Quería tener cerca a los suyos, pero en lugar de construir una prisión, como el dictador de la novela de Kourouma, optó por levantar una base militar.

El 5 de septiembre, quien fuera su protegido y orgullo para Condé se metió en el papel de Bruto, uno de los asesinos de Julio César, y asestó el golpe definitivo. Lo hizo, en primer lugar, por instinto de supervivencia. “Su nombre estaba en una lista para ser detenido”, asegura el exministro, “se había convertido en alguien peligroso para el régimen”. El aire llevaba meses cargado de electricidad, solo era cuestión de tiempo que estallara la tormenta. De momento, el depuesto presidente masca su frustración encerrado en un cuartel a la espera de que se adopte una decisión sobre su suerte: exilio o detención y juicio en el país, todas las cartas están sobre la mesa. El representante especial de la ONU para África occidental, Annadif Mahamat Saleh, visita este lunes Conakry con el encargo de lograr su liberación.

Los guineanos, mientras tanto, sueñan con una verdadera democracia y, aunque desconfiados y prudentes, saludan los primeros gestos de la junta militar, que comienza este martes encuentros con políticos, líderes religiosos, sociedad civil y empresas mineras para negociar la creación de un gobierno de unidad nacional. Abdoulaye Oumou, bloguero y destacado miembro del Frente Nacional para la Defensa de la Constitución (FNDC) que vertebró las protestas de 2020, organiza el regreso de los activistas exiliados. “Saludamos el golpe, pero queremos que el tránsito hacia un país democrático sea lo más rápido posible. Guinea-Conakry no necesita más hombres fuertes, sino instituciones fuertes”, asegura.

“Vamos a participar en la concertación y en el gobierno de unidad nacional”, remata Cellou Dalein Diallo quien ya se ve presidente del país tras las próximas elecciones, “pero no es un cheque en blanco. Los militares han prometido una vuelta al orden constitucional que no rompieron ellos, sino Alpha Condé cuando violó la Carta Magna y se presentó a un tercer mandato. De momento tienen nuestro apoyo, pero les juzgaremos por sus actos”.

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