El islamismo político fracasa en Túnez

El partido islamista Ennahda es señalado como el principal culpable de la mala gestión y de la corrupción en el país

Partidarios del presidente tunecino, Kais Said, en las calles de Túnez el 25 de julio de 2021.
Partidarios del presidente tunecino, Kais Said, en las calles de Túnez el 25 de julio de 2021.STR (EFE)

Cuando la noche del pasado 25 de julio Kais Said, el presidente de Túnez, se arrogó plenos poderes y maniató al Parlamento, miles de eufóricos tunecinos salieron a las calles a celebrarlo. En sus cánticos y gritos, había casi tantas muestras de apoyo a Said como improperios hacia su principal adversario, Ennahda, el histórico movimiento islamista moderado de Túnez. Una dura sentencia para un partido que arrasó en las primeras elecciones libres tras la dictadura en 2011 y que aspiraba a convertirse en el partido hegemónico de la nueva Túnez democrática.

“La trayectoria de Ennahda durante esta década posrevolucionaria ha sido una decepción para todos, incluso sus propios militantes”, sostiene el periodista e investigador Aymen Harbawy. De hecho, la crisis que atraviesa el país encuentra un reflejo en el seno del movimiento, donde crecen las voces que piden una dimisión de la dirección actual, a la que culpan de los errores cometidos en los últimos años, en los que ha gobernado como socio no mayoritario en coaliciones, y que han alienado a parte de la sociedad tunecina.

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“Hay desacuerdos en la línea política, pero también sobre la gestión interna del partido hecha por su líder histórico, Rachid Ghannouchi. A menudo, no se han respetado las normas democráticas de elección de cargos”, explica un miembro de una familia histórica de Ennahda. Durante su última reunión del pasado miércoles, el Consejo de la Shura, máximo órgano de dirección, llamó a realizar un “ejercicio de autocrítica”, pero no rodaron cabezas, tal como pedía el sector crítico. “El partido está dividido en dos campos. Varios dirigentes abandonaron la reunión antes de que terminara”, comenta la analista Huda Mzioudet.

Una amplia corriente de opinión en Túnez señala a Ennahda como el principal o único culpable de la mala gestión gubernamental y de la extendida corrupción que carcome el Estado, que se ha traducido en una pérdida en el nivel de vida para el ciudadano de a pie. El partido islamista moderado lideró el primer gobierno posrevolucionario y la Asamblea Constituyente que redactó la actual ley fundamental en 2014. Entonces, su propuesta de incluir la sharía como fuente de derecho, generó una fuerte resistencia entre los sectores laicos, lo que forzó al partido a renunciar a ello. Pero la polarización entre islamistas y laicos ya no desapareció.

Si bien sus rivales laicos de Nidá Tunis ganaron las siguientes elecciones, en 2014, Ennahda pactó con ellos y ha estado presente con una mayor o menor cuota en la decena de Gobiernos que se han ido sucediendo desde la caída del dictador Zine el Abidine Ben Alí, en el primer levantamiento de la llamada primavera árabe. Aunque ha ganado tres de las seis elecciones celebradas hasta la fecha, su porcentaje de votos se ha ido reduciendo progresivamente: de los 1,5 millones de votos de 2011 pasó a los 500.000 de las legislativas de 2019.

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La diputada y exministra de Trabajo Saida Ounissi considera injusta la virulencia de las críticas: “Ciertamente, Ennahda tiene una parte de la responsabilidad en una gestión del país que no ha sido satisfactoria, pero no la tiene toda. Nosotros solo hemos liderado el Gobierno en 2012 y 2013, luego éramos socios en coaliciones amplias”. Sin embargo, algunos de estos socios, como Nidá Tunis, ahora casi han desaparecido de la escena política, por lo que ya no se les puede pedir cuentas. “La animadversión actual hacia Ennahda se explica no solo por sus errores durante la transición, sino también porque, durante décadas, se presentó al islamismo como el enemigo del Estado. Muchos crecimos con esa narrativa. Y ese poso queda”, sostiene la consultora en gobernanza Ibtissem Jouini.

“Tras la revolución, la estrategia de Ennahda pasó por pactar con las élites del antiguo régimen con el objetivo de ser aceptado como parte integrante de la clase dirigente. A cambio de ello, sacrificó sus postulados revolucionarios. Pero, a grandes rasgos, estas élites no han aceptado al movimiento”, opina Harbawy. Por ejemplo, Ennahda aceptó una ley de “reconciliación” con funcionarios corruptos de la era de Ben Alí que los críticos denunciaron como una amnistía. Al final, según Harbawy, el movimiento islamista se ha quedado solo, sin el apoyo de las élites laicas, ni el de los sectores populares que pedían cambios profundos en el sistema económico.

La experiencia de Ennahda guarda puntos en común con la de otros partidos islamistas después de las primaveras árabes. En varios países, los partidos islamistas salieron vencedores en las urnas, pero ya sea por su inexperiencia política o por los obstáculos que les pusieron los partidarios de las dictaduras derrocadas o proyectos contrarrevolucionarios, sus Gobiernos resultaron decepcionantes. “Estaban preparados para ser oposición, no para gobernar”, apunta Mzioudet. En Egipto, los Hermanos Musulmanes fueron derrocados por un golpe militar en 2013 apoyado por las masas. La caída en desgracia también acecha a los islamistas de Marruecos, donde el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) se someterá a la reválida de las legislativas el mes próximo después de dos legislaturas liderando el Gobierno. En sentido contrario, Hamás tiene posibilidades de ganar unas elecciones libres en Palestina.

A pesar de sus horas bajas, es pronto para escribir el obituario de Ennahda. “Es el único partido con presencia en todo el país. Hasta en el pueblo más pequeño tiene una oficina. Si hay un recambio de su liderazgo, podría recuperar parte de los votos perdidos”, pronostica Harbawy.

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