La UE celebra el giro de Erdogan hacia el diálogo pero mantiene la amenaza de sanciones

Los ministros de Exteriores de la Unión, que se reúnen este lunes en Bruselas, piden pruebas a Turquía sobre su voluntad de resolver los conflictos con Grecia, Chipre y Francia

El Alto Representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell, comparece junto al ministro turco de Exteriores, Mevlut Cavusoglu, el pasado jueves en Bruselas.
El Alto Representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell, comparece junto al ministro turco de Exteriores, Mevlut Cavusoglu, el pasado jueves en Bruselas.STEPHANIE LECOCQ (EFE)

La Unión Europea ha acogido con tanto entusiasmo como desconfianza el repentino giro de Turquía hacia una solución dialogada en los conflictos geoestratégicos que durante 2020 la llevaron a chocar con Francia, Grecia o Chipre. Los ministros de Exteriores de la UE, que se reúnen este lunes en Bruselas, tienen previsto reclamar al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, pruebas fehacientes de que su nueva actitud tendrá continuidad en el tiempo y, sobre todo, de que llevará a una desescalada de la enorme tensión acumulada en los últimos meses en el Mediterráneo oriental, donde llegó a rozarse el choque armado entre naves turcas y europeas.

“Ningún socio ha planteado hasta ahora que se frene el procedimiento para imponer nuevas sanciones a Turquía”, señala una fuente comunitaria en vísperas de la reunión del consejo de ministros de Exteriores de la UE. La misma fuente subraya que para despejar definitivamente la tensión entre la UE y Turquía “necesitamos pasos muy claros y positivos por parte de Ankara”.

Bruselas, sin embargo, se muestra satisfecha por el cambio de talante en el gobierno turco, anunciado por el propio Erdogan a comienzos de año y confirmado la semana pasada por su ministro de Exteriores, Mevlüt Çavusoglu durante una visita a la capital comunitaria.

El segundo paso de Erdogan, más significativo aún, se producirá este mismo lunes en Estambul con la puesta en marcha de nuevo de unas “conversaciones exploratorias” entre Turquía y Grecia para intentar resolver las discrepancias sobre la demarcación de aguas territoriales que han provocado los recientes choques a cuenta de prospecciones gasísticas en zonas disputadas. Se trata de la primera reunión sobre ese conflicto desde 2016.

Y la tercera señal de buena voluntad podría llegar con el reinicio también del proceso de reconciliación sobre Chipre auspicado por Naciones Unidas y en el que participan las autoridades de las dos partes de la isla (la turco-chipriota y la grecochipriota) además de Turquía, Grecia y Reino Unido.

El cambio de Erdogan parece avalar el éxito de la vía de entendimiento con Ankara alimentada por los gobiernos de Angela Merkel y de Pedro Sánchez frente la mano dura reclamada por Francia, Grecia y Chipre. El giro de Erdogan coincide también con el relevo en la Casa Blanca que anticipa una administración estadounidense mucho más exigente que la de Donald Trump con el respeto al orden internacional.

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Aun así, ni siquiera las capitales europeas más proclives al diálogo con Erdogan se fían todavía del todo. “Hemos visto un giro de 180 grados de Turquía en relación con Grecia, Chipre y otros asuntos pero ya ha sucedido otras veces y no ha cuajado”, avisa una fuente europea. “Habrá que comprobar si la nueva situación es sostenible y, mientras tanto, el marco de sanciones seguirá vigente”.

La ampliación de las sanciones fue acordada en la cumbre europea del pasado mes de diciembre como castigo por lo que el Consejo Europeo calificó como “actividades unilaterales y provocadoras de Turquía en el Mediterráneo oriental”. El Consejo acusó también a Turquía de poner en marcha “una escalada en su retórica contra la UE, sus Estados miembros y los líderes europeos”.

El choque llegó a ser frontal en 2020. Francia retiró su embajador en Ankara después de que Erdogan sugiriese que el presidente francés, Emmanuel Macron, debería someterse a un “chequeo mental”. Pero ambos mandatarios han recuperado el contacto, al menos epistolar, a raíz del contagio de covid-19 del francés y de las felicitaciones de fin de año. Y las aguas del Mediterráneo oriental, aunque no calmadas del todo, parecen más tranquilas que durante 2020.

Los contactos se han intensificado en el arranque de año para intentar consolidar el nuevo clima de entendimiento. El ministro alemán de Exteriores, Heiko Maas, visitó Ankara la semana pasada con las negociaciones de este lunes entre Turquía y Grecia como punto principal de su agenda. Unos días antes, el titular turco de Exteriores visitaba Madrid y era recibido tanto por su homóloga, Arancha González-Laya, como por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El ministro turco completaba en Bruselas su gira de presunta reconciliación con la UE. El pasado jueves y viernes, Çavusoglu se reunió con las principales autoridades de la UE y con el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, en lo que se interpreta como el primer paso en una estrategia de reconciliación de Erdogan con sus aliados y socios occidentales.

Tras el encuentro de Cavusoglu con el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, fuentes europeas expresaron “la importancia de mantener la desescalada de tensión en el Mediterráneo” y “el deseo de mantener una relación positiva con Turquía”. El Alto Representante de Política exterior de la UE, Josep Borrell, también calificó su encuentro con el ministro turco como “cordial y franco” y reiteró que para para Europa “es de interés estratégico mantener unas relaciones mutuamente beneficiosas con Turquía”.

Pero los puntos de fricción son muy numerosos y en cualquier momento podrían volver a saltar las chispas. Aparte de los conflictos con Grecia y Chipre, la beligerancia turca en Libia, Siria o el Cáucaso inquieta a los socios europeos, sobre todo, a Francia. Y la UE expresa una y otra vez su preocupación por la situación de los derechos humanos y libertades en un país que en 2005 inicio las negociaciones para ingresar en el club comunitario pero que ahora parece más alejado que nunca.

La relación entre Bruselas y Ankara en el último lustro ha pasado a ser casi puramente financiera. Ambas partes cerraron un acuerdo en 2015 por el que Turquía se comprometía a frenar el éxodo sirio hacia Europa a cambio de 6.000 millones de euros para mantener en su territorio a cuatro millones de refugiados. El pasado mes de diciembre se concedieron los últimos 780 millones de euros de esa partida, lo que podría llevar a Ankara a reclamar nuevas concesiones presupuestarias, sobre todo, después de que las ayudas otorgadas para financiar la preparación al ingreso en la UE se han ido recortando a la vista de la falta de reformas (hasta 168 millones en 2020 desde 500 millones anuales de media) y podrían desaparecer dadas las escasas posibilidades de que el país llegue a integrarse mientras Erdogan esté en el poder.

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