Viaje a la Polonia de la homofobia

Krasnik es uno de los más de cien municipios del país autodenominados “zonas libres de ideología LGTB”, una iniciativa auspiciada por el Gobierno para la que los derechos de los homosexuales son una amenaza

Cezary Nieradko, del colectivo LGTB, frente a un cartel del municipio de Krasnik, una de las ciudades polacas autodenominadas "libres de ideología LGTB" el pasado 31 de octubre.
Cezary Nieradko, del colectivo LGTB, frente a un cartel del municipio de Krasnik, una de las ciudades polacas autodenominadas "libres de ideología LGTB" el pasado 31 de octubre.María Hervás

Cezary Nieradko posa para la foto. Los puños cerrados, la cabeza erguida, el gesto serio. Alguna vez mira hacia la carretera, y lo hace desconfiado, como si sintiera vergüenza de que algún conductor le pudiera reconocer frente al cartel de la entrada del pueblo. En letras grandes se lee: Krasnik. Una localidad de unos 34.000 habitantes al sureste de Polonia, en una de las regiones más pobres del país. Desde hace más de un año, este es uno de los municipios polacos autoproclamados como “zonas libres de ideología LGTB”. Aquí la homosexualidad no está prohibida, pero pocos se atreven a salir del armario por miedo a represalias, a que les peguen o a que los excluyan. Nieradko, de 21 años, no tiene problemas en decir que le gustan los hombres, aunque lleva años sufriendo las consecuencias de ser gay en este ambiente opresivo que se vive en un país que está dentro de la Unión Europea. Él solo sueña con acabar de una vez sus estudios de secundaria para irse lejos de Krasnik. Y del país. “A un lugar donde pueda besar a mi pareja en la calle sin temor a que me den una paliza”.

Más de un centenar de localidades de Polonia han firmado en el último año una declaración contra la “ideología LGTB”, en una cruzada contra la libertad sexual auspiciada por el Gobierno ultraconservador de Ley y Justicia y apoyada por gran parte de la Iglesia católica. Se trata de una declaración no vinculante, pero cargada de valor simbólico que defiende a ultranza el peso de la familia heterosexual y que ve como una amenaza para la sociedad tradicional el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como la posibilidad de que puedan tener hijos.

La proliferación de estas “zonas libres de ideología LGTB”, cuyo lema recuerda demasiado a las “zonas libres de judíos” de los nazis en la Polonia ocupada, ha convertido a este país en el más hostil de la UE para el colectivo LGTB, según la ONG por los derechos de la comunidad homosexual ILGA. También ha generado una oleada de rechazo internacional que va desde el corazón de la UE (la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha llegado a definirlas como “zonas sin humanidad”) hasta el otro lado del Atlántico (el presidente electo de EE UU, Joe Biden, tuiteó en septiembre que estas zonas “no tenían lugar en la UE ni en ningún otro sitio del mundo”). Hartos de que la sexta economía del club comunitario incumpla las normas y valores de la UE, Bruselas retiró en julio una ayuda económica a seis de estos municipios que representan la cara más homófoba de Polonia.

Pero todas estas advertencias parecen quedar muy lejos en Krasnik, un municipio marcado por las heridas del pasado y obsesionado por salvaguardar su identidad cultural. “Krasnik fue una zona muy castigada por las dos guerras mundiales, durante la Segunda Guerra Mundial perdimos a la mitad de la población, que era judía. Luego vivimos la represión soviética. Sus habitantes lucharon heroicamente por el derecho a practicar su religión. Todo esto nos ha marcado como sociedad, por eso no queremos perder la libertad y los valores que son importantes para nosotros”, explica Tomas Saj, de 52 años. Él fue uno de los concejales que en mayo de 2019 votó en amplia mayoría a favor de la declaración. “La ideología LGTB es una ideología de extrema izquierda, neomarxista, que quiere imponer una nueva revolución cultural”, añade desde uno de los despachos de la casa de la cultura del pueblo, uno de los pocos lugares abiertos un sábado por la mañana en plena pandemia.

No piensa así Pawel Kurek, un concejal del partido liberal Moderna que votó en contra de lo que él define como “una aberración contra los derechos de las personas”. El ambiente está tan enrarecido y polarizado entre los concejales de diferentes formaciones que hay que evitar a toda costa que la entrevista de uno coincida con la del otro en el mismo lugar. “Esta declaración solo nos ha traído más pérdidas económicas y ha hundido la imagen de Krasnik”, sostiene este profesor de Informática que ahora tiene miedo a perder su trabajo por involucrarse a favor de los homosexuales.

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Pérdida de ayudas europeas

Krasnik depende en gran parte de los fondos europeos para salir adelante. En los últimos dos años ha recibido unos siete millones de euros de la UE. El pasado septiembre, la ministra de Asuntos Exteriores noruega advirtió a las autoridades locales que si seguían autodenominándose “zonas libres de ideología LGTB”, el país nórdico no les concedería una ayuda económica para un programa de desarrollo rural que oscila entre los tres y los diez millones de euros.

Días después de esa advertencia, el pleno del consejo municipal, de mayoría conservadora, volvió a votar a favor de seguir siendo una zona libre de LGTB. El alcalde de la localidad, de la centroderechista Plataforma Cívica, el principal partido en la oposición del país, rechazó entrevistarse personalmente con este periódico, pero a través de un correo electrónico explica que todavía Noruega no ha tomado una decisión y que él está intentando explicarles que el Ayuntamiento de Krasnik trata a todos los habitantes por igual. “Todo eso es mentira, nos sentimos desprotegidos. Cuando yo le conté a la psicóloga de mi instituto que era gay, me dijo que la había decepcionado. Cuando mi profesora particular de Química se enteró de mi condición sexual, me echó de su casa. Es difícil ser un homosexual valiente aquí”, explica Cezary Nieradko. “Es una ciudad de la que todos huyen”.

Manifestación a favor del colectivo LGTB, en Varsovia el 30 de agosto.
Manifestación a favor del colectivo LGTB, en Varsovia el 30 de agosto. Getty

Varsovia queda a dos horas y media en coche de Krasnik. Desde allí trabajan las principales asociaciones del colectivo LGTB que han visto cómo en los últimos años ha crecido el activismo en defensa de los derechos de las personas homosexuales, bisexuales, transgénero e intersexuales. Ola Kaczorek, de 29 años, es la copresidenta de la asociación El Amor No Excluye. “No somos una ideología, eso es la propaganda que se ha inventado el PiS para ganar todas las elecciones del último año”.

Los sondeos muestran más tolerancia

El presidente polaco, Andrzej Duda, llegó a decir este verano durante su campaña para la reelección que la “ideología LGTB” es peor que el comunismo. En el país eslavo, la orientación sexual se ha convertido en un arma política. Hace un mes, el vice primer ministro y líder del PiS, Jaroslaw Kaczynski, declaró en un semanario conservador que “Polonia podría convertirse en un desierto católico” si se permitía una “ideología LGTB desenfrenada”. Según la reconocida socióloga de género Malgorzata Fuszara, la sociedad polaca está avanzando en la tolerancia hacia este colectivo, pero la maquinaria política del Gobierno ha polarizado el debate.

Las encuestas de los últimos años revelan que, efectivamente, el número de polacos que se declaran abiertamente homófobos ha bajado del 41% al 24% en casi las dos últimas décadas. El apoyo a las uniones civiles entre parejas del mismo sexo ha crecido un 8% entre 2017 y 2019, hasta alcanzar una aceptación del 60%, según un sondeo de IPSOS. Muy lentamente, la tolerancia se abre paso, como demuestra el resultado de las elecciones al Parlamento Europeo del año pasado, donde el tercer partido más votado fue Primavera, liderado por Robert Biedron, exalcalde de Słupsk, ciudad de unos 100.000 habitantes, el primer regidor abiertamente homosexual que ha tenido Polonia.

Pero Biedron ve con mucha preocupación lo que sucede en localidades como Krasnik. “Es un infierno vivir en sitios así. Lo digo por experiencia. Todavía nos queda tanto por avanzar…”, comenta el ahora europarlamentario. “Los partidos políticos en mi país siguen siendo muy conservadores, no tenemos un Zapatero que se atreva a luchar por los derechos de los homosexuales”, critica. Uno de los regidores que levantó la voz a favor de la comunidad LGTB fue el alcalde de Varsovia, Rafal Trzaskowski, de Plataforma Cívica. Trzaskowski firmó una declaración en apoyo a este colectivo en febrero de 2019, que recogía, entre muchas iniciativas, la inclusión de temas relacionados con la comunidad LGTB en las escuelas para promover la tolerancia desde la infancia. Esto destapó la caja de los truenos.

El PiS no tardó en acusar al alcalde de promover contenidos que sexualizan a los niños. Idea que secundaron los principales representantes de la Iglesia católica. Como contraofensiva, la organización ultraconservadora legal Ordo Iuris redactó una carta en defensa de los derechos de la familia. “La idea de explicar a los más pequeños que dos hombres pueden casarse puede originarles un caos mental que les afecta en su subconsciente. Tenemos que proteger a los niños de esa ideología”, afirma Rafal Dorosinski, de Ordo Iuris. Mientras, desde Krasnik, Cezary Nieradko se pregunta: “¿Cómo yo con mi pareja puedo ser una amenaza para una familia polaca?”.

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